Cuadragesimoctavo golpe — Menudo jardín

3 diciembre, 2017.0 Comentarios

Zarandeando las ramas del árbol de la ciencia, vi, al fondo, el descuidado árbol de la vida que una vez ocupó mi tiempo. Tenía que aferrarme a él, aunque la desidia me suplicaba que siguiera a lo mío. Mas esta noche no había vuelta atrás.

Emprendí el camino y encontré unos ojos azules en los que perderme, volví al traqueteo del vagón, al cajero con olor a orines y a las cañas de Mahou. A los colegas de antaño, al «¡cómo hemos cambiado!» también, pero ante todo al «vamos a ello».

El bullicio, los minis, el humo, los bombos que retumban en el pecho y las cajas en la nuca, los versos. Los putos versos que me marcaron para siempre. Las chicas a las que mirar de reojo (con el ojo izquierdo, que, como dice Manu, es el que nunca se casó), los gritos y la música.

Por un momento me dejé llevar.

Si me preguntan ahora, a pesar del dolor de garganta y el pitido en los oídos, del calor y del frío y del olor a tabaco, de las horas en las que escribo esto, a pesar de todo y de volverme a encontrar los mismos ojos azules en el viaje de vuelta —y dejarlos ir—, ahora que vuelvo a examinar las hojas del árbol de la ciencia, les diré que vivan, por fútil que sea.

Dios no nos quitó la manzana para ponernos a prueba. Lo hizo para salvarnos. Eso si es que hay un Dios o si es que vive dentro de cada uno de nosotros. Pero ahí ya me meto en un jardín que no conviene pisar.

Al menos no de este lado del árbol.

Golpes: Semana #48

 

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