Cuadragesimocuarto golpe — El día de los muertos

5 noviembre, 2017.3 Comentarios.#relato

Era la víspera del día de los muertos, lo que los antiguos llaman de Todos los Santos y los modernos Halloween. Otro día más en la oficina. Llegué antes de lo habitual, no recuerdo bien por qué, y apenas había tres personas en la planta. Me senté, abrí el correo y me puse a la tarea, como un autómata programado para el deber. Sabía que el día siguiente era festivo, pero no mucho más. Los años de autónomo borraron completamente los días rojos del calendario, así que por mí ya podía ser la Hispanidad, la Cataluñidad, la patrona de la procrastinación o el mismísimo San Pito Pato. Amén a todo por un día libre. Quiero decir que hasta que no empezó a entrar por la puerta un tripulante de una nave de Star Trek, Igor, el del jovencito Frankestein, un mariachi fantasmagórico de México, el bicho de alfileres en la cabeza de Hellraiser y otros muñecos que me sonaban vagamente pero que no atinaba a encuadrar, no supe que era la víspera del día de los muertos, día en que los antiguos honraban a sus muertos en fríos cementerios y los modernos se visten de esqueletos. Por un momento temí la posibilidad de que alguien me pusiera una máscara o me pintara la cara. Por suerte, no era el único vestido de paisano. Lo de los disfraces no va conmigo, qué le vamos a hacer, pero admitiré que ver reunidos a Igor y a Pinhead en una sala delante de un ordenador hablando de sus cosas tenía su gracia.

En fin, las horas pasaban como todas las horas y la luz se marchaba a otro hemisferio lentamente. Recogí mis bártulos y salí pitando, adiós, hasta el jueves, que disfrutéis, hasta luego, venga, chao. Allí dejé algunos muñecos disfrazados y otros sin disfrazar delante de sus pantallas. Salí a la calle y el frío me devolvió la memoria: me había dejado el abrigo arriba. Volví a subir las tres plantas y a colocar el dedo en el lector para volver a entrar, mientras por un momento mi cerebro se preguntaba si ya era jueves. Los cerebros están sobrevalorados. Al fondo, dos muñecos se hacían fotos con sus disfraces, uno pretendía ser degollado por el otro, que, por amor al arte y a la verosimilitud, se había ataviado con uno de los cuchillos de la cocina. La estampa era buena. Sonreí en su dirección esperando alguna reacción, pero estaban a lo suyo. El fotógrafo anunció la cuenta atrás; tres, dos, uno, sonreíd, flash. El degollado soltó un grito sordo que hizo que se me helara la sangre. Qué buena actuación, pensé. Algunos acudieron rápidamente a ver la foto en el móvil, por costumbre, sin reparar en el charco de sangre que se estaba formando en el suelo. Me quedé paralizado. El cerebro me decía que todo era un juego, que la sangre sería salsa barbacoa de la nevera y que, por amor al arte y por verosimilitud, estaban haciendo un vídeo escalofriante. Pero los cerebros están sobrevalorados. Podía escuchar mis latidos, frenéticos, y tenía la piel de gallina. La luz se detuvo. Algunas risas pararon, otras pasaron a ser nerviosas y se prolongaron algo más. El poseedor del cuchillo, maquillado y vestido de negro, levantó el arma de plata y escarlata y gritó: «¡El día de los putos muertos!». Vi cómo el mundo se paraba entero por una fracción de tiempo que mi retina captó como una foto de larga exposición. Justo después el mundo se agitó otra vez. Todos corrieron instintivamente hacia donde pudieron. El de negro sostenía el cuchillo con las dos manos en lo alto y gritaba de pura emoción. Yo no había alcanzado mi abrigo, pero corrí a la puerta. La empujé con todas mis fuerzas y salí a la escalera. Pensé en quedarme en el rellano o en el baño de la planta de abajo, que estaba en obras. Me costaba respirar y sentía mucho calor, pero no pude detenerme. Llegué al control de seguridad y simulé tranquilidad. Imagino que pensé que así podría declarar que no había visto nada. Me temblaba la mano pero conseguí acercar la tarjeta al lector. El guardia de seguridad me despidió cortésmente. Intenté corresponder, pero no tenía saliva en la boca. Moví los labios, pero no emití sonido alguno. Volví a acelerar el paso. Crucé casi sin mirar, pero tuve suerte. Ya en la otra acera, me dio tiempo a ver las sombras que se formaban en mi planta, una de ellas con un cuchillo en la mano, persiguiendo al resto de sombras. Empecé a sudar. El resto de peatones continuaban su camino impasibles. Quise gritar, pero tampoco pude. Apenas pude abrir la boca. Debí de caer a plomo al suelo. Recuerdo haber soñado que entraba en un pasillo y mi fallecido abuelo me recibía amablemente. Me dije que si estaba viendo eso debía de estar muerto ya. Ese pensamiento me aterró profundamente y me hizo despertar. Unos pocos peatones se habían congregado para ver qué pasaba conmigo. Cuando vieron que volvía en mí, me preguntaron por mi estado. Yo sólo acerté a señalar mi oficina, pero no había ninguna sombra ya. Sólo sillas vacías. Imaginé el suelo lleno de sangre y los cadáveres de mis compañeros tendidos con rostros de pánico. Imaginé que la sombra negra volvía a por mí, si es que no se había ocupado ya del vigilante de seguridad.

—Mi abrigo —acerté a decir—. Tengo que volver a por mi abrigo.

Golpes: Semana #44
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Comentarios (3)

  • fisherwoman . 7 noviembre, 2017 . Responder

    Jajaja, buenísimo. Muy intrigante el protagonista, más preocupado por recuperar su abrigo que por salvar a sus compañeros

    • (Autor) Johan Cladheart . 7 noviembre, 2017 . Responder

      Mis compañeros no abrigan. 🙂

  • (Autor) Johan Cladheart . 7 noviembre, 2017 . Responder

    Mis compañeros no abrigan. 🙂

 

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