Trigesimonoveno golpe — Devuélveme el cuchillo

1 octubre, 2017.0 Comentarios.#relato

Había siluetas negras en cada ventana con luz de la barriada. Todos los bloques que rodeaban la antigua plaza, que ahora es un aparcamiento, habían vuelto a la vida en plena madrugada para asistir al espectáculo. Dos tipos ebrios discutían a grito pelado abajo y también picaron mi curiosidad. El menos borracho de los dos sostenía algo en la mano derecha y amenaza al otro con emprenderla a golpes si no se iba, pero el otro estaba como una cuba y con los nervios a flor de piel. «¡Devuélveme el cuchillo!» gritaba, patinando con las consonantes. Entonces lo vi, cuando una de las farolas escupió luz sobre el objeto que sostenía el menos ebrio de los dos; y aquello no era un cuchillo, era una maldita espada corta. Un jamonero ancho como un machete. Dos borrachos un jueves de madrugada peleando por un arma blanca: ¿qué podía salir mal? El menos ebrio de los dos espetaba al otro que se fuera, y el otro se moría por recuperar el cuchillo y entrar con él al bar para liarse, imagino yo, a repartir estopa al personal. El tipo ebrio era puro nervio. Estaba deseando pelearse. En mi opinión, más bien estaba deseando que lo masacrasen. Creo que buscaba recibir una buena paliza y redimirse de algo. Su aliento emitía más culpabilidad que güisqui. «¡Maricones, voy a ir para allá!», decía señalando a los que miraban el espectáculo desde el bar. Dos abuelos, sordos o distraídos, se acercaban poco a poco a la pareja por la acera en su paseo nocturno. Era como ver a un par de ratones ciegos dirigirse a la gatera con parsimonia. Por suerte, el tipo menos ebrio obtuvo una victoria temporal y el otro hizo ademán de marcharse, aunque su verdadera estrategia era dar la vuelta a mi bloque y atacar por el otro flanco, como si estuviera jugando al rescate. Me dirigí a la ventana del cuarto para seguir sus pasos. Antes de volver, paró en un banco a coger el aire. Tiró su móvil al suelo. Se levantó la camisa y peluda barriga quedó al aire, se subió los pantalones, se le cayó el tabaco, gritó, se golpeó con los puños en la cara, volvió a gritar. Insultaba todo el tiempo. En un momento dado, dijo algo de estar solo. Pateó una papelera que salió volando al medio de la carretera. Al cabo, un coche la esquivó y el tipo ebrio intentó increpar al conductor, a ver si había suerte y se llevaba la paliza que estaba pidiendo. No podía echar más números a la tómbola. Se dio cabezazos contra el banco y volvió a la carga. «¿Vais a llamar a la policía, chivatas de mierda? ¡Pues que vengan, me la van a chupar los policías!», dijo mientras se agarraba el paquete. Volvió a por el cuchillo sin suerte. Por un segundo suplicó por él como un niño pequeño. «Dámelo ya», con un gimoteo al final de tono infantil, derrotado. Nada funcionó. Cuando llegó la policía él siguió golpeando farolas y vociferando. Era la última oportunidad de que alguien lo castigara. El coche patrulla esperó un momento, pero acabó por dar la vuelta en el aparcamiento. Nada que no hubiera pasado antes: simularon no haber visto nada.

El cuchillo volvió al bar, aunque ya les digo yo que ese cuchillo no era de cocina. La voz del tipo ebrio se fue apagando con los minutos y después se evaporó, quién sabe cómo y en qué alcantarilla. Milagrosamente, la única víctima fue la papelera. Ya lo dice la gente mayor, con buena razón: «Demasiadas pocas cosas pasan, hijo».

Golpes: Semana #39
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