Trigesimoctavo golpe — Pulp Dream

24 septiembre, 2017.4 Comentarios.#relato

Empleé la mañana del sábado en acudir a una vieja librería, buscando algún ejemplar raro para mi colección. Encontré lo que parecían ser bocetos de algún estudiante, folios plastificados sin etiqueta que había colado allí, no sé si por descuido o por una promoción antisistema. No eran más que garabatos mal hechos pero aplaudí su intento. Había allí un par de monjas que debatían si ir a cenar a Las Vegas o no esa misma noche. Para serles franco, la librería tenía una parte de mercadillo donde la gente compraba carne y verduras y otra en donde se podía comprar ropa. Mi amigo Fernando encontró un ejemplar raro de Leopoldo María Panero, de segunda mano, donde uno podía ver fotos y garabatos a mano entre las páginas de la anterior dueña. En una de las páginas en blanco del principio había escrito: «Me ha gustado mucho, el escritor parece muy majete». Tal peripecia me cautivó sobremanera y quise llevarme el libro en el acto, más intrigado por lo que hubiera escrito la anterior dueña que por el libro, una edición de poco valor de «Sombra», de la que ya tenía una copia en casa. Alguien que leyendo ese libro encuentra al autor «majete», tiene un alma que merece la pena conocer.

Le comenté a Fernando que era impensable que él y Alberto se hubieran perdido el regreso de Los Héroes del Silencio a los escenarios, con pitorreo. Sucedió la noche anterior, cuando actuaron por sorpresa en una tasca del barrio, que años atrás fue una bodega donde comprábamos gusanitos y patatas fritas —lo que dábamos en llamar «pienso compuesto»— en los tiempos de instituto. Ellos dos eran los grandes admiradores de la banda en nuestro círculo. De hecho, Alberto, al que tenía en el teléfono para relatarle lo ocurrido, copió la técnica Bunburiana para ser la solemne voz del grupo del insti en su día. Ellos dos, digo, se perdieron la vuelta de los Héroes y yo bravuconeaba delante de uno y del otro mientras ojeaba más ejemplares de libros raros. En realidad se la perdió todo el mundo, a excepción de cuatro viejos que jugaban al tute mientras tocaban, el dueño del bar, la camarera y mi amigo Rober y yo; que, dicho sea de paso, nunca fuimos grandes admiradores, pero supimos disfrutar de lo lindo viviendo aquel momento histórico de manera privada. Allí estaban, frente a nosotros, flamantes y envejecidos, tocando para ocho personas sin más parafernalia que una máquina de tabaco amarillenta. Al ser los únicas dos cuerpos que estaban en espíritu con ellos, nos ganamos una foto que yo enseñaba orgulloso a Fernando, mientras ojeaba alguna prenda deportiva, dudando entre comprar el pantalón de Boca Juniors o el de River Plate.

Aquella tarde tenía que trabajar. Verán, yo por aquel entonces era investigador privado y teníamos que aclarar un asunto de prostitución en lo que sobre el papel era un lujoso hotel de la capital. Mi compañero, el teniente Sagarno, llegó antes que yo y me dijo que no me iba a creer nada de lo que allí acontecía.

—¿Qué cojones quieres decir, Sagarno?

—Tú ve a recepción y mira quién es el encargado. Y escúchame bien: eso es lo más normal que vas a ver.

Fui malhumorado por sus malditos enigmas y llegué a recepción mientras sacaba la libreta, por lo que no vi hasta el último momento que, en aquel hotel que tenía la iluminación de un tren antiguo, el trajeado recepcionista era Karim Benzema.

Me preguntó qué deseaba y saqué la placa en aquel instante, desentendiéndome del plan. Éste consistía en adentrarse de incógnito y sacar información antes que la identificación, pero ver allí a tal sujeto trabajando con tal naturalidad me hizo perder los papeles y entré como un elefante en una cacharrería.

—Inspector Peláez. Ya pueden ir guardando las putas y las drogas antes de que las vea. La llave maestra del hotel. Rapidito, monsieur.

Benzema me dio la llave maestra temblando, pero intuí que pulsó algún botón por debajo de la mesa. El teniente y yo llegamos a la planta VIP, donde supuestamente tenían montado todo el tinglado. Abrimos la primera habitación y una puta vestida de época con una serpiente enorme a hombros cabalgaba a un directivo del Real Madrid. Yo entré enseñando la placa y la nueve, aprovechando que ya había mandado el plan a la mierda hacía unos minutos.

—¿Qué coño pasa aquí? —dije envalentonado.

El directivo me miró con ojos de cordero y me invitó a sustituirlo, arguyendo que la señora lo tenía retenido contra su voluntad y le iba a dar un ataque. Yo me quedé blanco, sin embargo, y a juzgar por sus ojos brillantes, el teniente parecía dispuesto a aceptar el encargo y lo dejé allí a la suerte de la serpiente —el reptil— y la víbora.

En la segunda puerta, se abrió ante mí un infinito salón de iluminación amarillenta, como la de una foto de época retocada, elegantísimo, donde cenaban a ritmo de swing la crème de la crème de la corrupción política y futbolera del país. Por suerte, y escarmentado con la habitación anterior, entré con más cautela y pude salir por donde había entrado sin crear mayor alarma que la de un tipo vestido con gabardina intentándose colar en una fiesta de etiqueta.

Llegué a la última puerta sin saber muy bien qué estaba haciendo y ante mí se dispuso un harén, mientras la madame me invitaba a elegir compañía para esa noche. Saqué la placa y la reglamentaria, ciscándome en todo y pidiendo responsabilidades. La madame se ofreció a explicármelo todo en privado en su despacho, con aire tranquilizador. Accedí a regañadientes, intentando no montar más escándalo del que ya había montado, pero deseando liarme a tiros. Me invitó educadamente a tomar asiento en una cama vestida de granate con barrotes de oro y me pidió clemencia. Negué varias veces diciendo que servía a la ley y me levanté amenazador. Por fin sentí que iba a empezar la acción. Ella acabó por soltar lagrimones de rodillas pero no me ablandé. Sin emgargo, la madame era una mujer de recursos y sacó provecho de su postura y su posición: se acercó poco a poco a mi bragueta. A los pocos minutos yacíamos en la cama granate en lo que fue el mejor polvo de mis años de servicio.

En mi informe alegué que no había encontrado nada sospechoso en el hotel.

Golpes: Semana #38
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Comentarios (4)

  • fisherwoman . 24 septiembre, 2017 . Responder

    De héroes del silencio a orgía madridista con la créme brûlée de la sociedad como protagonistas. Surrealista e irreverente, me ha encantado!

    • (Autor) Johan Cladheart . 24 septiembre, 2017 . Responder

      Muchas gracias. El cerebro a veces se me llena de basura y hay que hacer limpieza. 😉

  • Aletheia . 26 septiembre, 2017 . Responder

    ¿Escritura automática? Que caos tan bien contado 😉

    • (Autor) Johan Cladheart . 26 septiembre, 2017 . Responder

      Pues bien podría haberlo sido. Más bien la reinterpretación de un sueño de buena mañana antes de que se fuera de la mente por completo. Gracias infinitas.

 

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