Trigesimocuarto golpe — Soldado retirado

29 agosto, 2017.0 Comentarios.#relato

Para un soldado retirado el campo de batalla es un espectáculo extraño. Volver al terreno donde libró mil y una batallas desprovisto de uniforme y de misión. Pulular por allí viendo lo que hacen los nuevos reclutas, que a menudo no siguen los protocolos o pecan de inexperiencia. La insolencia no les cabe en la cara a esos cabrones. Será que ya no recuerdo mis primeros días, pero quiero pensar que yo sabía luchar de otra manera. No lo sé. Habría que preguntarles a los abuelos que entonces eran soldados retirados, pero los pocos que quedan dicen no recordar nada.

Nunca pude dormir la noche previa. Contaba las horas para oír el repicar de las campanas, las fanfarrias y las trompetas que anunciaban oficialmente que había una nueva misión. Las palabras a las tropas, siempre tan vanas y estúpidas, siempre escritas por quien no empuña el fusil. Después, el recuerdo a los compañeros y el pistoletazo de salida. A veces, la mismísima reina nos dedicaba unas palabras, aunque lo normal es que callara y contemplara el espectáculo con ojos fríos. Galana y circunspecta, guardaba las formas que luego perdía en los cuarteles de algunos reclutas. Todos obsesionados con salir de caza después de la misión, como si la vida se redujese al más mínimo sentido: matar y follar. Y, mientras eso llegara, tener a mano un cigarro y una botella.

Hoy observo la lucha desde mi seguro puesto de control y recuerdo que un día la anarquía fue mi bandera, aunque llevara bordada otra en el uniforme. Supongo que uno se cansa de todo, incluso de no tener jaulas. El tiempo pertenece a quien es capaz de cogerlo por los cuernos. Y yo ya no puedo. No quiero. Me conformo con verlo pasar y que no me roce demasiado. El tiempo a veces duele más que las balas. Sé de la soledad que se esconde tras las risas de los camaradas. Sé de la mentira de la celebración. Sé la angustia que vive en los burdeles. Sé que la euforia del triunfo no es más que una vía de escape efímera.

No es nostalgia. Daría un pie por no volver a aquello. Al hedor del orín en las esquinas, al tabaco que aplaca los nervios, al alcohol que apacigua el pulso y que hace que las prioridades den un vuelco. La vigilancia y el aguante, las jornadas interminables y la recompensa de seguir vivo al día siguiente y, quién sabe, tal vez haber pasado la noche lejos de la fría cama del cuartel.

Hoy repican las campanas y las dulzainas anuncian a la reina, que mira desde el balcón con mirada fría. Un tipo a su lado dice las palabras que pretenden animar a las tropas y se oye el disparo que inicia la batalla. Sálvese quien pueda: las fiestas han dado comienzo de nuevo.

Golpes: Semana #34
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