Trigesimotercer golpe — La maleta de vuelta

18 agosto, 2017.0 Comentarios.#relato

Las maletas de vuelta huelen a derrota. Son tres y varias bolsas, una cesta bien surtida y las ganas medidas de volver con la frente marchita, pero a casa. Es agosto, aunque nunca se sabe con los puentes: la entrada a Madrid se puede complicar. Primero repostamos y damos un buen cepillado de cristales al coche. ¿Qué tal? Deme una Coca-Cola Zero de ésas que parece que engañan a la siesta y una grande de agua. Gracias, que tenga un buen día.

Un par de autoestopistas con cara de comerse el mundo y aún con granos en la cara nos piden asilo. Vamos a tope ahí con un bebé y más equipaje que una barriada gitana, compadre. Que la espera sea breve, otra vez será. Arrancamos y el sol nos castiga en la espalda como a jornaleros en plena faena. El tráfico es fluido y vamos ganando grados y perdiendo paz progresivamente. A ratos un águila muestra su perfecta acrobacia cerca de tierra y uno quiere echar a volar. Los coches vienen y van. No recuerdo ningún Golf, aunque seguro que lo hubo, pero si un Ferrari rojo, adelantándonos casi tan majestuoso como el águila. Al rato, la pequeña despierta y toca parar. En la cafetería, la camarera tenía más bien pinta de puerta de discoteca que de camarera. Contaba los minutos para que los clientes se fueran y así poder salir a dar unas chupadas al cigarro. Pasa una hora casi en un recóndito lugar de campos planos y amarillos, paisaje familiar y añorado a la vez que deprimente. Llegan y se van grupos, los vemos correr, charlar y comer. Esperamos nuestro turno.

Quedan 115. El túnel oscuro parece augurar la bienvenida a la gran ciudad. La neblina que vive encima de su cielo, los coches que no pisan el carril derecho, la M50, la M40, y la M30 a Badajoz. El túnel, el Calderón y la mano al pecho, el mítico grafiti que reza «Te quiero, chimichurri». El cementerio, el polideportivo y nuestra calle. Bienvenidas a casa. Sí, este desierto es todo vuestro. Gracias por volver.

Después del trajín cuesta conciliar el sueño. Casi era la una cuando creí dormirme y a las dos menos cuarto creí soñar que afinaba una guitarra, pero no era un sueño. Abajo, un gitano y sus dos palmeros buscaban la nota para dar un recital nocturno. Pronto empiezan los acordes y los cantes. Yo trato de apreciar la belleza de aquello, pero sólo pienso en quemar, destrozar, desmontar, pintar o rociar con algún producto el banco de abajo para que mañana no vuelvan a tocar. Cierro las ventanas y los ojos tratando de que el odio no sea el estado natural de esta ciudad. En el norte hubiera bajado a dar palmas. Claro que en el norte no pasan estas cosas.

Golpes: Semana #33
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