Trigesimosegundo golpe — La maleta de ida

18 agosto, 2017.0 Comentarios.#relato

Invertí treinta y dos minutos en preparar una maleta con lo esencial: la lista de música y los programas de radio. Después de eso, uno ya puede hacer frente a los gayumbos y a los calcetines, siempre de sobra, no sea que el fin del mundo nos pille sin muda limpia. A ver si no hemos aprendido nada de las madres de nuestra generación. En otro plano de importancia van las camisetas y las rebequitas, que aquí cogen polvo, pero en el norte refresca y uno se dirige a los quince grados acostumbrado a los treinta y tantos. Un neceser, un par de zapatillas, comida —no hay que tirar nada— y paciencia, que aún hay que acabar la jornada laboral para emprender las cuatro horas de coche. Miré la estantería con nostalgia, como si los libros ya no fueran míos, haciendo ademán de echar algún poemario a la maleta, pero no me quise engañar. Ya no hay tiempo para eso.

Salí del curro más tarde de lo previsto, zumbando a la gasolinera ya pasadas las siete de la tarde. Odio los surtidores de prepago: nunca sé cuánto echar. Temo pasarme y perder dinero e inundar la pista de gasolina o quedarme corto y tener que parar dos veces. Lo dejamos en cuarenta y cinco, sí. Gracias. Y póngame también una Coca-Cola de ésas, a ver si es verdad que despejan. Y una grande de agua. Hasta luego, adiós. Bueno, ¡al lío!

Tengo ya bien cronometrados los viajes: dos de «Nadie sabe nada»; el primero se pasa volado y el segundo cuesta algo más, pero ése es el truco: así se generan más ganas de escuchar música a todo volumen. Tengo una lista ad hoc llamada «Subidón» que viene muy bien para romperse la garganta y rasgarse la camisa, como Camarón. Lo digo en uno de mis temas: «Yo ya lo siento, pero confieso que mis mejores conciertos los he hecho en el coche mientras iba conduciendo». Al rato, cuando las canciones ya no se chillan, sino que se tararea únicamente algún estribillo, es momento de buscar un refrigerio. Un cafelito y una tortilla, si puede ser. Ahí va eso, jefe, muchas gracias. Saltitos y paseos, estiramientos al lado del coche, y adentro de nuevo, que ya sólo quedan cien kilómetros.

Para la recta final enchufo a los «Todopoderosos», y los dejo a medias para quedarme con ganas de más. Sus voces me van meciendo mientras la la noche se espesa. El tráfico fue fluido y apenas me acompañaban algunos camiones en ruta. Además del Golf de turno que siempre adelanta a toda leche. No habrán tenido un viaje en coche en el que un Golf no les haya pasado a doscientos. Fíjense a partir de ahora, ya verán. El paisaje se iba oscureciendo y refrescando. Invernando, si se me permite. Cada vez más lejos del gentío y apenas un grupo de ojos rojos y blanquecinos son testigos de tu existencia. O la de tu matrícula. Los últimos kilómetros son los más pesados, como los del ciclista a punto de coronar el puerto, pero cuando la meta ya se ve, es cuestión de dejarse llevar hasta abandonar el coche en algún hueco, darle unas palmadas para agradecerle que se ha portado como un campeón y matar el cansancio y el sueño de golpe, con un precioso cuchillo de doble sonrisa. ¡Buenas noches, ya estoy aquí!

Golpes: Semana #32
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