Trigésimo golpe — Mi pequeña capa de invisibilidad

4 Agosto, 2017.0 Comentarios.#relato

Ustedes verán si creen o no, como cuando leen a Tolkien, pero la magia existe. Yo la he sentido, y no sólo es la ciencia que está por descubrir, que también, a veces no tiene explicación humana posible. He encontrado algo mágico que me permite lo que siempre soñé de niño, cuando de camino al colegio decidía qué superpoder era el mejor de todos y, por tanto, el que le debería pedir a Dios que me otorgase. Verán, yo era un joven confundido: por un lado leía cómics y por otro iba a un colegio de curas, así que no me lo tengan muy en cuenta. Tengo, digo, algo fantástico, como el Anillo Único del pezuñas de Frodo o la capa de invisibilidad de Harry el gafotas. Cuando lo llevo puesto nadie me ve, aunque estén apenas a centímetros. Lo he probado varias veces. Pongo caras horribles, gestos de asco y desdén pero nadie me ve. A veces hablo y sonrío, pero tampoco sirve. Todos quedan hipnotizados mirando mi quimérico tótem. Y lo he probado en el mejor de los escenarios. En el que siempre quise ser invisible —sin contar los vestuarios de las chicas, las comidas familiares o las fiestas de desconocidos—: en una boda.

Ustedes verán si me creen o no, pero cuando llegué, todo el mundo me vio. Me hablaron, me estrecharon la mano, me besaron las mejillas, me hicieron bromas estúpidas. Todos eran conscientes de que yo estaba allí. En la ceremonia, es verdad, me dejaron de ver, pero no porque fuera invisible ya, sino porque me alejé para ocultar que mientras ellos gimoteaban a mí me salía una risita nerviosa. No puedo evitarlo en las bodas. Hay quien llora y hay a quien le da la risa floja. Ah, ¿que no? ¿Que soy sólo yo? ¡Vaya! El caso es que me parece todo tan atávico, tan medieval, tar artificial y tan innecesario, que no puedo evitarlo. La ceremonia fue, para más inri, más emotiva de lo habitual y allí estaba todo el mundo con el moco tendido. A veces pienso en coger el cuchillo de la tarta y pincharme para ver si aún tengo sangre en las venas. Pero no es eso: en realidad soy un llorón. Soy lo menos parecido a John Wayne. Lloro con películas estúpidas, con conversaciones inventadas… pero en las bodas —me van a tener que perdonar— no me sale. Total, que desfilaron los novios y sus plañideros, el arroz y las fotos y empezamos a zampar. Ahí ya me hubiera gustado evaporarme con las bromitas de la comida. Y no por las bromas, de la cuales soy firme defensor, sino porque creo que hay que establecer una cierta confianza antes de ejecutarlas. Pero bueno, mastiqué lo que quise e intenté no darles la satisfacción de mostrarme ofendido. Pasaron los platos y más tarde llegó un viento fuerte y frío que pareció traer de vuelta por arte de magia —ustedes verán si creen en ella o no— mi preciado tótem, el cual me permitió escapar durante el resto de la velada. Nadie volvió a dirigirme la palabra. Deambulé por el recinto sin pudor, relajado, en un mundo misterioso, sacando sonrisas de tanto en tanto y hasta echando pequeñas siestas mientras esperaba que todo terminara de una vez. Vi pasar gente a mi lado, a veces tan cerca que pensé que querían decirme algo. Pero nadie reparó en mí, todos se quedaban mirando fijamente a mi tótem mágico. No importaba lo que les dijera o los gestos de burla que les lanzara. ¡Había dominado, por fin, el arte de la invisibilidad!

Ustedes verán si me creen o no, pero algún día puedo dejarles mi tótem para que hagan la prueba. Nadie reparará en ustedes si llevan en los brazos a ese pequeño duendecito mágico que parece venido de otro planeta. Nadie los mirará ni tan sólo por una fracción de segundo si en los brazos tienen a mi bebé sonriente.

Créanme.

Golpes: Semana #30
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