Duodécimo golpe — Frutas y verduras

23 marzo, 2017.0 Comentarios.#no ficción #relato

El gigantón servía cerveza en su jarra y hablaba serenamente. En sus manos aquella litrona no era más que un pequeño botellín de Mahou. Observaba su vasto puño entre la sorpresa y el miedo, suplicando en silencio por no sentir nunca un puñetazo de aquel monolito robusto. Fumaba sin parar, convirtiendo la atmósfera del salón en una niebla densa y blanquecina; sonaba de fondo We Get Along de Sharon Jones y sus Dap-Kings. Él es un conversador excelente, no cabe duda. No hay lugar para silencios incómodos cuando está en la mesa, se tercie el tema que se tercie. Se servía, digo, de aquélla, su tercera litrona, recordando tiempos pasados.

—Con el euro —dijo severamente— se fue todo a la mierda.

Hablaba, ya lo he dicho, con serenidad. Con una tranquilidad que pocos pueden mantener después de la ingesta de tres litros de cerveza y una cuarta enfriándose a la espera de desembocar en esa garganta caudalosa. Hijo de cocineros —un malagueño ducho en pescados y una cubana experta en carnes—, y espabilado para los asuntos monetarios, se encargaba desde niño de las listas de la compra, que no eran listas al uso del resto de los mortales, de ésas de pan, leche, huevos y un filete. No, no; allí había ecuaciones lógicas de segundo y tercer grado, con condicionantes como aspecto, cantidad, precio, aroma y otras variables que hacían de aquel niño —y cuesta trabajo imaginar al gigantón empequeñecido— un experto en materias primas y mercados.

—Mil pesetas o mil doscientas, a lo sumo, me daban a mí para hacer la compra. Aún no me explico cómo me encargaban aquella tarea a mí, ahora que lo pienso, porque tenía que decidir muchas cosas. Si quedaban pocos boquerones, pues había que comprar sardinas, pero claro, sólo si las sardinas eran grandes, si no, no. Y los tomates, en el punto exacto de madurez si no eran para cocinar, y acelgas de tal o cual clase. Bueno, a lo que voy, que con mil pesetas volvía yo con dos bolsas bien llenas de comida, que las traía a duras penas, y, si sobraba dinero, me decían: «Toma. Ciento ochenta pesetas. Dale ochenta a tu hermano». Que, claro está, aquel negocio no me parecía del todo justo habida cuenta de que mi hermano no había hecho nada, pero bueno, yo me callaba por el bienestar familiar.

Su lengua fluía ligera; no se trabucaba ni patinaba lo más mínimo. Si yo llevara tres litros de cerveza en el cuerpo —pensaba— estaría bailando sardanas encima de la mesa. Se levantó, pausado, a por su cuarta litrona mientras seguía narrando su historia. Sonaba Moneytalks de AC/DC.

—A lo que voy, que estoy curtido en esto de la compra, llevo haciendo la compra desde antes del onanismo. Y te digo, con toda seguridad, que todo se fue a la mierda con el euro. Ahí se fueron al garete los mercados de Madrid. En Madrid, antes, se compraba bien. Al que no tenía buen género le caían tortas por todos los lados. «Pero cómo, ¿estas son las judías que traes tú?». ¡Bah! Los paisanos les tiraban las judías a los verduleros. Con todas las de la ley. Porque en cualquier lado tenían calidad. Y te estoy hablando de El Soto, que era un puto pueblo, una población perdida de Madrid a tropecientos kilómetros del mar, y había unas señoras sardinas que te saludaban y todo. Y mero, y buena carnes y unas verduras de flipar. Pero cuando llegó el euro plantaron un Carrefour allí, en medio de la nada, y ya está. A partir de ahí, Carrefoures para dar y tomar. A vender malos productos de a saber dónde por dos pesetas. O por los euros que fueran.

Hizo una pausa para chupar su cigarro amarillento. Me hizo recordar el mercado del barrio. Me sonaba ese aire de competencia y producto fresco, aunque yo iba de acompañante y me fijaba en cualquier tontería antes que en los productos. Por aquel entonces mi preocupación a la hora de comer era sentar mi culo en la silla y esperar el plato caliente. Pero recuerdo el mero y los tomates. Recuerdo el bullicio del mercado y a la gente evaluando los productos, comentando, hablando de precios. Ahora, cuando voy al Mercadona, veo una turba siniestra echando cosas al carro, en una especie de procesión triste y resignada. El gigantón espiró el humo y continuó su sainete.

—¿Y qué pasa? ¿Que ya no hay productos de calidad? Claro que hay, pero se van fuera. Se van al restaurante del chef alemán, a no se qué restaurante de cuatro estrellas Michelín en Suiza, y aquí, ¿qué comemos? Pues lo que traen de Marruecos, que lo traen sin madurar y en fin, que tiene calidad inferior. Por eso tiene el precio que tiene. Que sí, que si lo buscas, en Madrid, lo encuentras, pero lo pagas. Antes estaba en cualquier parte, ahora hay que rebuscar y sacar la billetera. Pero vamos, yo a muchos niños les daba un tomate de los que trae el Víctor en Vicálvaro, porque mi Víctor sólo trabaja calidad, eso es así, ahora claro, pagas por un tomate euro veinticinco. Pero a muchos niños les daba yo un tomate de ésos, con un chorrito de aceite y unos cristalitos de sal y les decía: «Toma. Come eso y después me cuentas». Un tomate de esos es, mira, como dice la canción —señaló la pantalla, donde se veía la carátula del álbum homónimo de Boston—, «more than a feeling».

Me atreví a decir esta boca es mía.

—Pues pasa como con los cubatas. Que la gente pide garrafón. En los garitos donde te ponen garrafón uno debería estar perfectamente legitimado a tirarle el vaso a la cara al camarero. ¡Zas! Se les iba a acabar la tontería de envenenar a la gente. Como antes se hacía con las frutas y las verduras. Hombre, que nos dan patatas que no se las comen ni los cerdos. Pero, ¿qué pasa? Que la gente prefiere pienso compuesto barato a comida. Al menos aquí, en el barrio. Si es que la gente no tiene ni un duro. Esa madre que antes peleaba en el mercado por calidad ahora es abuela y se va a la frutería del paquistaní porque es barata. Y el precio de la calidad se dispara, porque nadie la compra.

—Ya, claro, pero a esa mujer le recortan la pensión, y vete tú a saber, si es que muchas abuelas tienen que mantener a sus nietos —dijo elocuentemente la prometida del gigantón—.

—Es una tristeza. En Alemania, lo que venden es todo de Murcia. Origen «Spanien», pone. Y es normal, que allí no tienen huerta, pero que pagan por un tomate lo que nosotros por un kilo y les llegan las cosas verdes porque están lejos. Pero que tengamos que comer verduras importadas aquí… ¡por favor! Pero claro, si no hay demanda, no hay oferta.

Sonaba Something So de Atmosphere y el gigantón ya apuraba su última jarra de cerveza. Se hacía tarde y ya hacía rato que era la hora de irse a dormir, pero aquellos cuatro locos, que tenían problemas mucho más importantes de los que hablar, pues había bodas y bebés a la vista, problemas laborales, parientes enfermos y vocaciones perdidas, seguían debatiendo sobre los productos que nos llevamos a la boca. Y es que somos, literalmente, lo que comemos, y, cuando nos dan mierda, mierda es lo que hablamos.

 

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