Vamos a oir el mar en los mensajes de audio de mi teléfono.
Aunque sea unos segundos. Déjame huir del ascensor que, todos los días,
nos acumula en una pequeña isla de Groenlandia. Al menos me queda eso. Jamás
pensé en el olmo que movía sus ramas, todos los días, junto a mi ventana del
primer piso. Simplemente, nunca lo quise tanto, como hoy. Sólo tenía que
levantar la vista de la mesa, del ordenador, de los quehaceres de la empresa. Y
ahí estaba. Jamás pensé en oír sus hojas, en sacarle una foto, en defenderlo a capa
y espada. Hoy su hueco parece una lápida de adoquines y cemento; y en su lugar
han puesto un parquímetro.

Golpes: Semana #41

 

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