“…Pero estábamos tristes: 

debías regresar continuamente al punto de partida

y el nuestro era un encuentro de dos seres

que huyen

por una misma calle a mediodía

fingiendo caminar con lentitud.”

Enrique Lihn

Aquella mañana, poco antes de las 12:00, H se encontraba sentado a los pies de su cama, leyendo un wassap que ella le había escrito desde otro país al que había ido a trabajar esa semana. Después de leerlo, miró fugazmente al armario y luego movió pesadamente sus pies, uno detrás de otro, hasta llegar a tumbarse en el pequeño sofá que hay en su habitación de Lavapiés. Yo vi como lo hizo, como movido por la inercia del propio movimiento. Últimamente sentía, con demasiada frecuencia, esa especie de energía que lo empujaba. La sensación de no tener la menor capacidad de decisión sobre sus movimientos o sobre las cosas que hacía. Le atraía y le aterraba profundamente la posibilidad de quedarse quieto para siempre, no más gestos, ni intentos. Pensaba que dejar de generar ideas y situaciones imaginarias con todo que le rodeaba podría ser una liberación para él o un principio de muerte. Cuando volvió a centrar su atención en lo que estaba haciendo en ese momento, H se descubrió mirando a través de la ventana,  a la fachada del edificio de enfrente de color rosa desgastado, en la que el paso de los diferentes climas a lo largo del tiempo habían dibujado unas líneas casi rectas que se derramaban hacia el asfalto. Pensó que, como esta, todas las señales en las que el tiempo se nos aparece dibujan una dirección. El inicio de un viaje en el que estaría inscrito su fin. Aunque no alcancemos a reconocerlas puede que estas formas nos anticipen cuando sobrevendrá el final de las cosas que nos importan. ¿Cuántas veces nos habrá avisado nuestra piel de algo inminente, que no estábamos a la altura de afrontar en ese momento, por falta de valor, o por exceso de amor? Siguiendo este hilo de reflexiones, H se preguntó si el exceso de amor deviene siempre en fragilidad extrema, en cobardía. ¿O lo que provoca esa cobardía, ese miedo, es no sentirse amado al mismo nivel que al que uno ama? Para intentar apartar esos pensamientos poco clarificantes y perturbadores de su mente viró de nuevo hacia su idea sobre las marcas del tiempo y pensó que el verdadero misterio ha de radicar en las manifestaciones que se nos revelan en forma de espiral y que negarían la linealidad del tiempo, porque es imposible saber hacia donde van, cual es su principio o si tienen un final. Fantaseo con la idea de eternidad, con las cosas que duran para siempre y deseo con toda su fuerza, que en el fondo era salvaje pero últimamente escaseaba,  que los vínculos más profundos y las conexiones más puras perduraran para siempre en forma de energía telepática y sensible. Y deseo, también, que esta energía atravesara la distancia, y que no necesitara el contacto ni ningún tipo de esfuerzo para ser invocada. Que simplemente estuviera allí, fluyendo constantemente, como la sangre y el aire.  Justo en ese momento, percibí que H,  se sintió profundamente solo y vi como abrazó uno de los cojines que tenía a mano. Sus dos ojos negros, hasta entonces muy abiertos y humedecidos, fueron cerrándose poco a poco. Estuvo a punto, verdaderamente cerca,  de quedarse dormido pero el sueño no llegó a manifestarse.  Si que llegaron, en cambio, algunas imágenes desde algún lugar remoto: los muebles de una casa que, en un primer instante, no pudo identificar. Eran muebles baratos, estropeados y mordidos por el tiempo, del color de la madera que no se usa y que tampoco se define. Las imágenes le evocaron chalets de veraneo en los que nunca estuvo, imaginarios, por tanto,  en los que todo era provisional y cuyos azulejos podían ser pisados sin consecuencias desagradables por los pies de los niños llenos de arenilla húmeda de la playa. Pero al cabo de un tiempo, descubrió que no se trataba de eso. No era un lugar imaginario. Esos muebles pertenecían, en realidad, a un lugar extraño y familiar para él: H había vivido en esa casa hace unos meses. La casa estaba llena de agujeros, en Polikastro, un pequeño pueblo en medio del páramo, al norte de Grecia. Lentamente, como sin verlo venir, se fue apoderando de él una sensación de angustia profunda, un vacío total. Le costó respirar un poco pero no abrió los ojos. Aguantó porque las imágenes le estaban revelando algo nuevo relacionado con lo que supuso para él ese viaje. Una angustia conectada con el hecho de estar demasiado lejos de alguien a quien necesitaba más de lo que nunca había necesitado nadie y, a la vez, una sensación de ser movido por el tiempo sin poder decidir, como esta misma mañana, demasiado lejos de si mismo también, sin poder hacerse cargo de la película que fue a filmar a Grecia y  viviendo en esa casa tan llena de agujeros. Conecto a un nivel tan profundo con esa sensación de angustia que, primero, se dio cuenta de que, como un destino fatal de tragedia griega, los peores miedos que tuvo en el viaje lo habían acompañado hasta aquí y se estaban haciendo realidad lentamente; luego, dejó de percibirse en el tiempo, más tarde, olvidó el lugar en el que se encontraba  y, por último, descubrió con un miedo atroz que no recordaba su nombre, quién era, ni donde estaba. Aquí ni yo ni nadie, en el páramo, en ninguna parte.

Una semana más tarde ella había vuelto de su viaje y H la esperaba sentado en un banco del parque, ocupando sus pensamientos en cómo había escrito a lo largo de su vida. Escribía mal. Siempre le había costado mucho expresarse mediante la escritura. Todavía hoy cometía faltas de ortografía y las leyes de la gramática y la sintaxis eran desordenadas una y otra vez por su mente hasta devolverlas al puro caos previo al lenguaje. Le costaba demasiado esfuerzo concentrarse en un texto a lo largo del tiempo. Durante muchos años, esto fue un objetivo casi imposible de alcanzar para él. A pesar de esto, últimamente, la inercia le llevaba a escribir más que nunca y a rodearse de palabras y silencio.   Seguía estando profundamente triste en ese territorio pero menos que con la música y el cine, que apenas le consolaban porque o bien le hacían sentir con demasiada intensidad o todo lo contrario. Mientras continuaba esperándola, H recordó que cuando era pequeño imitaba el modo en que sus compañeros de clase cogían el bolígrafo para escribir: uno lo abrazaba con el pulgar, otro presionaba fuerte con el indice y el anular, había, también, quien cogía el bolígrafo desde un punto muy elevado, y un largo etc. Además, H  imitaba  la forma de la letra y su dirección y siempre fracasaba en sus tentativas. Los resultados no eran tan armoniosos como las caligrafías de sus compañeros… No se definía, no comprendía como sus compañeros, con tan poco experiencia en la vida como él, no hacían lo mismo y, al contrario, eran fieles a un estilo, inquebrantablemente , como si fuera innato en ellos cuando para él lo natural era ver e imitar. Pensó en que ahora, a sus  33 años, todavía  no sabía como coger el bolígrafo, hacia donde iban las letras que escribía, ni si se intuía alguna dirección en el relato de su vida, ni cual era su tono. En consecuencia, le era imposible saber quién era él, el tal H, en realidad. ¿ Y cómo se relaciona con los otros ese otro desconocido que soy yo?-Pensaba H- Los otros, el mundo, que desde hacía un tiempo se había encarnado en ella. La mente de H tenía muy claro que eso no era sano para ninguno de ellos dos, y que ella no quería eso en su vida, pero él no conseguía salir de ahí.  Se preguntó cómo se podía desenvolver en el amor sin tener la menor idea de quién era él en realidad. Volvió a sentir esa angustia profunda que venía desde la casa llena de agujeros, esa sensación de vacío absoluto que le paralizaba. Y volvió a reconocer que la seguía necesitando igual que entonces, que desde algún lugar oscuro la espiral misteriosa del tiempo le decía que todavía les separaban miles de kilómetros, que nunca había vuelto de su viaje y, que su alma de cineasta nonato seguía vagando en una región desconocida entre el Caucaso y los Balcanes. Pero en ese momento, una revelación luminosa le tranquilizó un poco devolviéndole al mismo planeta de las palomas y de las cosas sencillas: no sabía como desenvolverse en el amor, eso era cierto,  pero también lo era que que amaba profundamente. Eso era lo único en lo que no le cabía la menor duda a uno de los gallegos, me refiero a él, a H, más perdidos de la historia de la humanidad. Lo cual ya es mucho afirmar. No dudar en algo. ¡Bien, se dijo H! Y recordó una frase del poeta Chileno Diego Maquieira,  que decía que el mayor mal de nuestro tiempo es la duda. Entonces vio sin dudas otro aspecto de su relación: No conseguía librarse del deseo de. El deseo de que todo fuera memorable en sus encuentros. No terminaba de dar en la tecla que le permitiese estar tranquilo y ser el mismo. ¿Quién?… Y créanme cuando les digo que H intentaba incansablemente dejar de ser tan frágil como un segundo, y de sentir tan profundo como un niño frente a Dios.

Y entonces, pocos, muy pocos días después,  llegó la mañana más triste, más madura, y más tierna de la vida de H:

Acababan de despedirse para siempre como amantes. H, caminaba por las calles de Madrid con el gesto más triste entre los tristes, hasta el punto de que los desconocidos en la calle comentaban  a su paso, -fíjate que cara más triste-¡pero que tio más triste, por favor!  —–-Nunca había visto cosa igual…etc-. Ante el clamor del pueblo, H se detuvo  para observar su reflejo en un escaparate y sintió que acababa de consumir heroína en su boca abierta,  se vio tan desubicado que dejó de reconocer el cielo que pisaban sus ojos rojos ni quién movía sus suelas empupiladas y miró el humo que le entraba por la boca de la chimenea de la casa de sus abuelos en Galicia ante la que, mágicamente, se encontraba.

Si, nuestro apreciado H, había viajo de Madrid a Galicia en una nube muy oscura, muy oscura, muy oscura.

Días después, y un poco más sereno, H, Miró al cielo desde la finca de sus abuelos en Galicia. El cielo, Algo tan usual y desbordante al mismo tiempo. Lo hipnotizó el horizonte y la grandiosidad de las cosas sencillas. Era el final definitivo, se decía cada mañana,  todo había pasado igual que esas nubes gigantes a las que miraba.  H, pensó entonces y, al hacerlo esbozo una sonrisa, que nunca se había sentido tan vivo como en los últimos meses. Recordó sus primeras conversaciones por teléfono y toda esa tensión efervescente, esa alegría sexual y salvaje que le hizo profundamente feliz. Pensó que llevaba toda la vida deseando vivir eso, concretamente esto, se decía, con todas sus fases desmesuradas, sus despedidas y reencuentros tan sumamente intensos. Tanto que la palabra intensidad se quedaba  desmesuradamente corta. Y si, ahora veía que eso traía consecuencias como todo el mundo dice todo el rato. Cuidado con los sentimientos exaltados, con querer llegar demasiado lejos antes de tiempo, etc… Pero bien, aquí estoy, -pensó H-, con el pecho descubierto al viento de octubre, enfrentando un sufrimiento desmesurado, como todo lo demás. ¡Y que se caiga la cordillera de los andes y que se inunde la mítica finca del perú porque sigo aquí respirando, naciendo de nuevo!  H, siguió mirando al cielo y vio como las nubes blanquísimas seguían avanzando como la vida que avanza en los boleros, y él allí sentado en la silla y, tan solo, se sintió, de pronto, parte de un todo. Un todo en el que también estaba ella y la historia tan exuberante que habían vivido juntos. Imaginó que esa historia alimentaría a los cuerpos que vibran todavía sin consciencia, a la corteza de los árboles viejos a los que ella pegó y pegará su oído para escuchar el sonido que generan las misteriosas espirales del tiempo, alimentaría, también, a los fantasmas de sus muertos que los observaron y guiaron en sueños hasta llegar hasta hoy aquí ahora para algo, a los hijos que ya nunca tendrían juntos pero cuyos nombres existirían para siempre en su imaginación.  ¡Imagino que también nos alimentará ti y  a mi! -se dijo H- aunque no nos veamos, esa energía se meterá en nuestros ojos negros con los que miraremos a nuestros amantes del futuro. Lo que fuimos tu y yo, -siguió diciéndose H-, será la obra que hicimos juntos, sencilla y majestuosa, inolvidable, una catedral laica y secreta que construimos en nombre del amor. Nuestra historia será semilla.  -Pensó H-

Y las nubes siguieron avanzando por los aires y el viento llegó por fin al horizonte. Igual, exactamente igual que ayer y hace cien años.

Golpes: Semana #44

Comentarios (7)

  • Yoka Viguera . 5 noviembre, 2017 . Responder

    Yo no he estado a la altura de las circunstancias…lo lamento.Es un texto que rebosa sensibilidad y es buenísimo,sigue escribiendo.

  • Manuel Dominguez Viguera . 7 noviembre, 2017 . Responder

    He leido tu relato y me ha parecido interesentisimo.Revela alta sensibilidad y muy buen estilo literario..Te envio un texto de Mario Beneditte que se titula “NO TE RINDAS”,y que me parece apropiado.
    “No te rindas,por favor,no cedas
    aunque el frio queme
    aunque el miedo muerda
    aunque el sol se ponga y se calle el viento
    aun hay fuego en tu alma
    aun hay vida en tus sueños…

    “Porque existe el vino y el amor es cierto
    porque no hay herida que no cure el tiempo,
    abrir las puertas,quitar los cerrojos
    abandonar las murallas que te protegieron….”

    Tu abuelo de Galicia,nacido cordobés….

    • (Autor) Hector Dominguez . 11 noviembre, 2017 . Responder

      Estoy haciendo pruebas con “52 golpes”,para comentarios.Te envie uno,poniendo nombre,direccion electronica,pagina http://www.y no me sale a destinatario.Queda ahí,eso si.¿Como se envian?.Tuve que mandartelo por Facebook,pero no se aun si te llegó.Un abrazo.

  • Manuel Dominguez Viguera . 7 noviembre, 2017 . Responder

    DE T QUERIDO ABUELO

  • Manuel Dominguez Viguera . 8 noviembre, 2017 . Responder

    He lei tu relato y me ha parecido interesantísimo.Revela alta sensibilidad y buen estilo literario.Te envio un texto de Mario Benedetti que se titula “NO TE RINDAS ” y que me parece apropiado.
    ” No te rindas,por favor,no cedas
    aunque el frio queme
    aunque el miedo muerda
    aunque el sol se ponga y se calle el viento
    aun hay fuego en tu alma
    aun hay vida en tus sueños……
    Porque existe el vino y el amor es cierto
    porque no hay herida que no cure el tiempo
    abrir las puertas,quitar los cerrojos
    abandonar las murallas que te protegieron….”

    Tu abuelo de Galicia,nacido cordobés…..

  • (Autor) Hector Dominguez . 11 noviembre, 2017 . Responder

    Intriduzci de nuevo comentario,en pruebas

  • (Autor) Hector Dominguez . 11 noviembre, 2017 . Responder

    Voy a repetir el comentario que te envie hace dias.

    “He leido tu relato y me ha parecido interesantísimo.Revela alta sensibilidad y muy buen estilo literario.Te envio un texto de Mario Benedetti que se titula ” No te rindas” y que me parece apropiado.

    ” No te rindas,por favor,no cedas
    aunque el frio queme,
    aunque el miedo muerda,
    aunque el sol se ponga y se calle el viento
    aún hay fuego en tu alma
    aun hay vida en tus sueños….
    Porque existe el vino y el amor es cierto
    porque no hay herida que no cure el viento
    abrir puertas,quitar los cerrojos
    abandonar las murallas que te protegieron..”

    Tu abuelo de Galicia,nacido cordobés.

 

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