Rufus orbita alrededor y a ras de la realidad con resignación.

Sabe, ha oído, que la realidad se puede modelar, pero por mucho que Rufus intenta modelarla no lo logra. No parece ni siquiera que sea su realidad, sino una realidad ajena que en algún momento alguien le asignó. Y yo no puedo hablar mucho más de la realidad de Rufus porque mi cometido aquí no es ser tan aburrido como la realidad de Rufus.

Pero sucede que Rufus es observador. Puede estar horas mirando un cuadro e incluso horas mirando al techo pensando en las horas que ha pasado observando un cuadro. Esa observación concienzuda de Rufus, y el posterior análisis de esa observación, le ha hecho percatarse de que la órbita que le mantiene pegado a la realidad se distancia de la realidad a razón de unos milímetros por vuelta.

Recuerda algo que haya estado haciendo en un punto determinado de una vuelta concreta y lo compara con un hecho similar de la vuelta inmediatamente posterior y con la siguiente… Claro que son diferentes por el hecho de no compartir exactamente los mismos detalles, pero ve una pauta: todo parece tener menos sentido cada vez.

Por ejemplo: Rufus sacude la mano de alguien que acaba de conocer y dice “Rufus, encantado” o algo parecido; una vuelta más y Rufus sacude la mano de alguien que ya conoce y dice “Rufus, encantado” o algo parecido; una vuelta más y Rufus sacude la mano de alguien y dice “amapolas, destornilladores” o algo parecido; una vuelta más y Rufus sacude el pie de algún ser remotamente humano y dice “el silencio está lleno de ojos” o algo parecido.

Rufus decide ir al doctor y contarle lo que sucede. El doctor, el mismo de siempre pero tan diferente al mismo de siempre, le receta un medicamento para abrir el apetito, argumentando que si gana un poco de peso probablemente pueda estabilizar la órbita y dejar de alejarse.

Pero Rufus no quiere dejar de alejarse y no piensa tomarse el medicamento. A Rufus le gusta más este médico con cabeza de pato y con la habilidad de flotar en el aire que el médico mustio y malhumorado de vueltas anteriores. A Rufus le gusta este no saber. A Rufus le emociona la idea de alejarse y alejarse y llevarse todo, absolutamente todo con él, y seguir yendo al trabajo todas las mañanas hasta que el trabajo no sea el trabajo y las mañanas no sean las mañanas.

¿Y entonces qué pasará? Rufus no lo sabe, pero tampoco le preocupa demasiado.

Golpes: Semana #30
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