–¿Dónde vas si no son ni las 10?

–A la ciudad. Se van a enterar los cuatro tontos estos de qué pie cojeamos en el pueblo. Es que me hierve la sangre. ¡Me hierve la sangre! ¿Pero quién coño se creen que son? ¿Eh, Carmencita? ¿¡Quién!?

–Pero a ti qué más te da, déjales.

–¡Que se han declarado independientes! ¡Independientes de Villarrobledo de la Justicia! Y van a crear su propio pueblo para una calle de mierda. Esos lo que quieren es dejarnos sin el paseo de los robles y por ahí sí que no, Carmencita. Por ahí, no. Ya verás. La voy a liar pero bien.

–Pues ale, tanta paz lleves como descanso dejas. Y ya que vas, te pasas por donde la Elo y compras un kilo de carne para guisar. Jugosita y sin mucho gordo, ¿eh? A ver si por lo menos sale algo bueno de todo esto.

–Carmencita, no tengo tiempo para

–¡Uy! Claro que lo tienes. Y date prisa que, si no, hoy no comemos.

Joaquín se fue refunfuñando, con su camisa de cuadros metida por dentro de los vaqueros, el cinturón bien apretado y sus náuticos al frente de cada paso. Era una especie de uniforme que compartía en secreto con sus camaradas como cuando hicieron la mili. Qué tiempos. Joaquín los recordaba con tanto cariño. Pero no era momento de ponerse melancólico, sino de volver a intentar salvar su patria y todo aquello por lo que creía. Encendió el motor de su jeep y se puso en marcha.

Santísima Trinidad, la ciudad más cercana, quedaba a unos 60 km, todo carretera. Aunque Joaquín se habría recorrido hasta 600 km si hubiera hecho falta. Lo tenía todo pensado. Iba a empapelar cada casa del pueblo con la bandera y el escudo de Villarrobledo. Y pobre del que no le dejara. Porque si había que utilizar la fuerza, la iba a utilizar. No le habían dejado otra.

Sabía que en el polígono industrial antes de que empezara la ciudad había un chino que también estampaba camisetas y cosas así y directamente se acercó allí a preguntar, a ver si no le salía la broma independentista por un ojo de la cara.

–H-o-l-a –Joaquín hablaba español balleno a cualquier extranjero para que pudieran entenderle. –¿V-e-s  e-s-t-a  b-a-n-d-e-r-a? P-u-e-s  l-a  q-u-i-e-r-o  i-m-p-r-i-m-i-r  p-o-r  l-o  m-e-n-o-s  c-i-e-n  v-e-c-e-s.

–A mí dime los metros –al parecer el chino era de segunda generación, cosa que a Joaquín le dio igual.

–N-o  s-é,  ¿v-e-i-n-t-e? E-s-p-e-r-a, e-s-p-e-r-a. M-e-j-o-r  c-u-a-r-e-n-t-a. –y se rio con una carcajada triunfal. –¿C-u-á-n-t-o  t-a-r-d-a-s  e-n  h-a-c-e-r-l-o?

–Tres horas

–¡T-r-e-s  h-o-r-a-s!  J-o-d-e-r –Joaquín midió el futuro cabreo de Carmencita sin su carne y lo comparó con la importancia de su misión. Naturalmente, ganó esta última, aunque aquello le supusiera el divorcio. ¡Maldita independencia!

Cerró el trató con el chino y salió a hacer llamadas. Primero al Juli, luego al gordo, después al vinagres y así hasta el último. En esto tenían que estar todos juntos. Quedó con ellos en la plaza del pueblo cuatro horas más tarde y empezó a imaginarse el revuelo que se iba a montar. La madre que lo parió. Igual hasta venía la tele y todo.

Para matar el resto de tiempo, y en vista de que ya no iba a haber guisado en casa, se metió en un bar y se dio un buen homenaje. La última hora se la pasó en el coche, echándose la siesta. A las cuatro de la tarde, cuarenta metros de bandera llenaban el maletero de su 4×4.

Joaquín estaba empalmado de felicidad. Todo iba según lo previsto. Y entonces, surgió la primera complicación. Más bien, una retahíla de ellas. Un retortijón y otro y otro. Se cagaba. Se cagaba vivo. Y no le quedó otra que desviarse y parar en mitad del campo para dar salida a aquel apretón. Cuando terminó, apareció el segundo contratiempo. No tenía papel. Valoró la opción de subirse los pantalones sin más, pero no quiso arriesgarse a que sus amigos se dieran cuenta y le empezaran a llamar el cacas. Eso nunca. Así que, por más repulsión que le diera, decidió utilizar lo que tenía más a mano para limpiarse el culo: el retal con las banderas.

Venga, Joaquín, tranquilo. Si solo lo vas a saber tú. Hay de sobra. Qué más da si al final son 39 metros.

Su voz interior trataba de tranquilizarle por cada pasada de tejido sintético que acariciaba suavemente sus nalgas. Por fin terminó y abrió la guantera para buscar su navaja. Ni rastro de ella. Joder, joder, joder, joder. ¿Y ahora qué coño hago? No me voy a llevar cuarenta metros con el escudo del lugar que me ha visto nacer y hacerme hombre manchados con mi propia mierda.

Trató de romper el trozo sin ningún éxito. Para que luego digan que las cosas made in china son de mala calidad. No podía llevar la bandera así. No podía volver sin bandera. No tuvo más remedio.

Cogió el bidón de gasolina de emergencia (ese sí que estaba), roció bien la tela, la metió en el maletero y la prendió fuego. El coche explotó a los 10 minutos.

A ver qué historia me invento yo ahora para echarles el muerto a los independentistas.

Golpes: Semana #41

Comentarios (6)

  • Javier Oliva . 15 octubre, 2017 . Responder

    Ja ja ja… Buenísimo, Fisherwoman, me he partido de la risa…

  • (Autor) fisherwoman . 16 octubre, 2017 . Responder

    Gracias, Javier! Un poco de humor para tiempos convulsos

  • Sol . 17 octubre, 2017 . Responder

    Qué bueno, qué redondo! Ojalá también en la realidad acabara con risas, ‘malos tiempos para la lírica’, gracias por sacar un humor tan ‘inteligentemente independiente’!

    • (Autor) fisherwoman . 23 octubre, 2017 . Responder

      Muchas gracias Sol. Sí, ojalá se resolvieran las cosas con humor, nos iría mejor

  • Johan Cladheart . 18 octubre, 2017 . Responder

    ¡Grandérrimo! Muy fino, sí señora. Y aterrador también, a su manera.

    • (Autor) fisherwoman . 23 octubre, 2017 . Responder

      Jajaj, gracias! Creo que la realidad es aún más aterradora

 

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