Hay heridas que nunca se cierran. Otras ni siquiera sabes que existen hasta que un día las descubres. Bien profundas.

-No, no, no. El abuelo Jaime luchó con los nacionales porque fue lo que le tocó, pero no era un facha. Nunca lo ha sido –dijo Marta con convicción.

-¿Estás segura de eso? –Carla la rebatió al momento–. Acuérdate que en casa de la abuela había un cuadro de Franco que parecía un altar. ¿Cómo vas a tener eso en el salón de tu casa si no eres un facha?

-Pues sería cosa de la abuela, que tenía pasta.

Las dos hermanas siguieron discutiendo con un vino en la mano. Yo callaba y escuchaba porque no tenía mucho que decir. Más bien nada. No sabía por qué bando se habían jugado la vida mis abuelos en la Guerra Civil. Ni me lo habían contado, ni yo había preguntado. Pero eso no era lo peor. Tampoco era capaz de recordar sus nombres, ni dibujar sus rostros, ni tan siquiera un esbozo de sus rasgos. Nada. Para mí, eran dos completos desconocidos. Apenas sí existían.

Esta era la poca información que tenía sobre ellos:

De mi abuelo paterno, que había tenido un bar en Valladolid y que se murió de cáncer cuando mi padre era joven.

De mi abuelo materno, que había trabajado en Tarancón y que había muerto de otro cáncer mucho antes de que yo naciera y de que mis padres se conocieran.

En total, 51 palabras. 51 palabras que ya no me dejarían dormir.

Golpes: Semana #40

Comentarios (1)

  • Sol . 17 octubre, 2017 . Responder

    Qué misterio a veces arrastramos de esas otras vidas de sangre que nos precedieron…

 

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