Una película lo cambió todo. La historia de Ana y Julián podría haber acabado de muchas formas, o no haber acabado nunca, pero la tarde estival del 16 de julio los dos decidieron ir al cine a la sesión de las 22:15, justo 19 horas después de haberse conocido. Iban a ver “La Guerra del Planeta de los Simios” en los Princesa, pero aquel día y no otro reponían “Pulp Fiction” en la sala 3 y no tuvieron ninguna duda, tampoco en elegir los asientos centrales de la fila ocho. Por eso, porque todo fue así, la historia de Ana y Julián ocurrió tal y como la cuento ahora.

Sus miradas se encontraron varias veces en un bar de la calle Pez y terminaron de memorizarse bajo la escasa luz de una farola, entre la niebla levantada por el humo de sus cigarros. A ella le gustó su nariz respingona, a él sus pecas dispersas con tanta aleatoriedad. No necesitaron más para acabar en la cama del otro, pero sí para llenar de conversación todos los silencios que vinieron después.

Hacía demasiado calor para vestirse y se quedaron en la cama, desnudos, hablando a quemarropa. De haber llegado a los treinta y tantos con una maleta llena de expectativas imposibles de cumplir. De sus miedos estúpidos, como cuando Ana iba al dentista y le angustiaba la idea de tener algo en la nariz, y de los reales, los que acompañaban a Julián cada vez que veía a su madre e ignoraba si sería su hijo o un sobrino o un completo desconocido.

Hablaron de sus anteriores parejas y de la vida que iba y venía delante de ellos servida en platos de sushi, de esos que se mueven en una cinta hasta tu mesa y cuando llegan ya no sabes si los quieres coger.

Palabra a palabra, se vaciaron el uno en el otro como grifos abiertos que alguien olvidó cerrar años atrás y empezaron a imaginar sus prendas mezcladas en el cubo de la ropa sucia, las paredes repletas de estanterías y las estanterías repletas de libros, la nevera saciada con imanes de mil sitios y cientos de fotos de los dos, el retrato de su vida con fondo de acero inoxidable.

Se durmieron un rato y se despertaron con tanta hambre que volvieron a comerse una vez más. Y ya sí, con la luz del mediodía colándose por los recovecos de la persiana, decidieron levantarse y hacer planes para los siguientes 50 años.

Esa misma tarde, apremiados por el tiempo perdido, comenzaron a tachar cosas de la lista y esperaron a que cayera el sol en el Templo de Debod. Y aquí, con Madrid a sus pies, con los colores del otoño pintando el cielo en plena canícula, Ana y Julián podrían haber escrito un punto y seguido a su historia que de seguro habría cambiado el final. Pero el temor a que acabara la magia les empujó a seguir caminando hasta sus asientos centrales en la fila 8 de la sala 3.

La película duró exactamente 160 minutos y disfrutaron todos y cada uno de ellos, incluso los de los créditos. Ahora, echando la vista atrás, no puedo evitar pensar qué habría pasado si se los hubieran saltado o si hubieran salido por la parte de atrás.

Sea como fuere no lo hicieron y, de la mano, mientras sentían el tacto de sus palmas por primera vez, llegaron al pasadizo de la plaza de los Cubos en el momento exacto en que una pareja empezaba a discutir. Él, con sus gritos, la tenía acorralada contra la pared. Ella, entre lágrimas, intentaba escapar de su jaula.

Ana no dudó ni un segundo en acercarse. Julián tampoco vaciló en tirar de ella hacia el lado contrario, en acelerar el paso en busca de otro lugar idílico, ajeno a la realidad que se había cruzado en su camino.

Sin saber por qué, Ana se dejó arrastrar. Y cuando Julián quiso darse cuenta, ella ya había cogido un taxi y se perdía entre los coches.

La película había terminado.

 

Golpes: Semana #39

Comentarios (2)

  • Johan Cladheart . 3 octubre, 2017 . Responder

    Efecto conseguido.

  • Sol . 6 octubre, 2017 . Responder

    Escena definitiva.

 

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