Según el día, era morena, rubia o pelirroja, con unos ojos grandes y verdes, de gata, la nariz chata y los labios carnosos. El pelo le caía sobre los hombros con timidez, como si sintiera el privilegio de poder tocar su piel tocada por las curvas. Era imposible no mirarla, no fijarse en ella, en su manera de caminar, en los pequeños hoyuelos que cortaban su rostro al sonreír.

Era inteligente, fuerte, segura, valiente. Gustaba a todos, de cualquier forma. Callada y cuando las palabras se agolpaban en su boca y salían arremolinadas como en uno de esos temporales que te atrapan y de los que no te puedes escapar. Ella arrollaba, te atropellaba de tal modo que ya no podías recuperarte. No necesitaba encanto, pero tenía más que ninguna. Y su risa, su risa era de otro planeta. Peculiarmente única.

Julia siempre quiso ser así. Otra. Se pasaba horas y horas imaginándose aquel retrato sin cuadro, que iba sumando nuevos rasgos conforme conocía a alguna mujer especial, de mayor valor que ella a su juicio. Y nunca fue, sin embargo, quien quería ser. No dedicó ni un minuto a intentarlo.

Golpes: Semana #37

Comentarios (3)

  • Johan Cladheart . 18 septiembre, 2017 . Responder

    Conozco unas cuantas Julias y unos cuantos Julios. Igual yo también lo he sido.

    • (Autor) fisherwoman . 21 septiembre, 2017 . Responder

      Pues no sabía que era algo extensivo al mundo masculino. Gracias por leer y comentar 🙂

  • Sol . 22 septiembre, 2017 . Responder

    Me encanta la ironía del título frente al texto, muy bien traído. Gracias.

 

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