Aquel verano apareció el mismo titular en el periódico casi cada día. “Muere un hombre ahogado en Valencia”. “Fin de semana negro en las playas españolas”. “Rastrean el pantano de San Juan para buscar el cuerpo de la mujer desaparecida”.

Cuánto sinsentido, pensaba Mariola. Las historias se repetían una y otra vez. Parecían un calco. Personas que se bañaban haciendo caso omiso a la bandera roja. Padres que perdían de vista a sus hijos un segundo. Adultos que se creían excelentes nadadores e iban a su rescate. Y al final, alguno (o varios) no volvían a la orilla.

En esas estaba, repasando todas las noticias que había leído sobre ahogamientos para intentar recordar algo que le ayudara a volver a la playa, a ella y al hombre que sostenía a duras penas, cuando de repente se acordó de lo que pasó en una playa de Florida. Allí una familia entera estuvo a punto de ahogarse y lo habrían hecho de no ser por las 80 personas que hicieron una cadena humana para llegar hasta ellos y salvarles.

Entonces lo vio muy claro. Si se hubiera quedado en la playa, si no le hubiera salido de las entrañas aquel heroico arrebato, la reseña que poblaría los diarios al día siguiente sería bien distinta. Aquel hombre se habría salvado con la ayuda de muchos desconocidos, Mariola incluida. Pero no pudo estarse quieta, no. Cómo iba a hacerlo. Se echó al agua sin pensar. Y la solución, la buena, se le ocurrió después, cuando ya nadie podía escucharla.

Golpes: Semana #36

Comentarios (2)

  • Sol . 14 septiembre, 2017 . Responder

    🙁 A veces nos lanzamos sin prever la distancia de la orilla de cada problema ahogándose, ¿no?

  • Aletheia . 15 septiembre, 2017 . Responder

    ese instante de conciencia ante la propia estupidez, con fin menos dramático pero sí ridículo, me suena.. 🙂

 

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