Josef apretó su carita contra la ventanilla del bus. Allí estaba, el mar. Se lo había imaginado diferente, más grande y azul, pero ahora que lo observaba desde la carretera con sus propios ojos le pareció una franja pequeña y verdosa, poca chicha si lo comparaba con el cielo.

–¿Dónde están los delfines, mamá? –ella le había prometido que iban a ver cientos en el viaje.

–Allá a lo lejos. Nos están aguardando para cuando montemos en el barco –a Josef le sorprendió que su madre le hablara con tanta ternura, como si por una vez su impaciencia no la sacara de quicio. La verdad es que sí que tenía muchísimas ganas de llegar y de subirse a aquella especie de casa gigante con el morro de punta, capaz de flotar en el agua.

Cuando por fin pisaron la playa de la que saldrían, era casi de noche y la embarcación se asemejaba más a una pizza alargada, carbonizada de arriba abajo. Por la cara que puso su madre, ella también se esperaba otra cosa.

Le dejó un rato jugando solo en la arena mientras ella discutía con los hombres de las pistolas. A Josef no le daban miedo porque de donde ellos venían todos los hombres llevaban pistolas. Algún día él tendría una.

Al final su madre volvió a por él con un plástico naranja en la mano con forma de chaleco. Le venía súper grande, pero su madre se lo apretó muy fuerte y consiguió que más o menos se le ajustara a la cintura.

La playa estaba llena de personas que se iban de viaje como ellos, sin mochila ni nada. Josef pensó que habría varios turnos. ¡Qué equivocado estaba! Uno a uno fueron montando todos ahí dentro, bien apretaditos.

El mar mecía con fuerza. Y Josef, sentado en brazos de su madre, se batía en duelo contra sus cinco años para seguir despierto.

–¡Mamá! –le susurró en el oído.

–¿Qué mi amor?

–Está muy oscuro. No voy a poder jugar a contar los delfines.

Su madre le besó en la frente a modo de disculpa y le apretó contra ella. Ahora Josef podía escuchar sus latidos por más que el motor rugiera y rugiera para asustarle, y en pocos minutos, el ruido, las voces, las olas… Todo se apagó.

El agua lo desperezó de golpe y le sumergió un rato largo, hasta que el chaleco pudo sacarle a flote. Estaba fría, muy fría y le picaba en los ojos. No veía nada, a su madre tampoco. Al principio se oían algunas voces lejanas pidiendo ayuda. Luego, solo la suya llamando una y otra vez a su mamá entre el romper de las olas.

El amanecer no secó sus lágrimas. Allá donde alcanzaban sus ojos había mar y mar y mar. Así pasaron unas cuantas horas. A veces se tumbaba de espaldas; otras, apoyaba la cabeza en el hombro del chaleco y lo rodeaba con sus brazos. Entonces, como de repente, una aleta gris comenzó a nadar en su dirección. Josef no podía creerlo. ¡Un delfín! Era tal y como se lo había imaginado, pero mucho más veloz. Ojalá su madre estuviera con él para verlo. Ojalá hubiera sido así. De ese modo ella podría haberle dicho que se estuviera muy quieto, que aquel delfín se parecía más a un tiburón.

Al mismo tiempo, a lo lejos, un helicóptero de la guardia costera comunicaba por radio que acababa de encontrar un superviviente de la patera que había naufragado la noche anterior.

La pregunta es, si el helicóptero estaba a 30 metros del niño y el tiburón nadaba hacia él a 12 km/h a una distancia de 1.000 metros, ¿conseguiría salvarse Josef? Razone su respuesta.

 

 

 

Golpes: Semana #31

Comentarios (4)

  • Sol . 6 Agosto, 2017 . Responder

    Cómo nos has llevado al huerto en dos giros… esto no se hace Fisherwoman. Exigimos satisfacción, tiramos el guante hasta la segunda parte. No soy de ciencias y siempre esos problemas de ‘un tren sale de… a tantos kms’ me han puesto de los nervios. Pero esta vez quiero que ese helicóptero le dé una nueva vida a Josef.

    • (Autor) fisherwoman . 7 Agosto, 2017 . Responder

      Tú eliges el final, Sol. El que tú quieras 😉

  • Sam . 6 Agosto, 2017 . Responder

    Cabe la posibilidad de que un tiburón del tamaño de un delfín no sea predador de humanos. Cabe la posibilidad de que el helicóptero de la guardia costera no esté preparado para un rescate en alta mar. Demasiadas variables.

    • (Autor) fisherwoman . 7 Agosto, 2017 . Responder

      Caben mil posibilidades y mil variables. Incluso cabe la posibilidad de que, aún siendo rescatado, nadie pueda salvar a Josef de la vida que le espera. O igual sí. Gracias por leer y comentar 🙂

 

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