En el comedor, todos observaban la escena con curiosidad y temor, extasiados por la oportunidad de poner algo de color al papel blanco de sus vidas, angustiados por si al final no fueran más que páginas negras, convertidos en el castigo ejemplar de alguna patrulla que también ansiara cambiar el curso predecible de las cosas.

Kiara, que nunca quiso ser el centro de atención, de repente se vio acorralada por cientos de ojos que no sabían nada de ella salvo su ropa verde, que para ellos en verdad decía mucho, exactamente, todo lo que debían saber sobre Kiara. Y ella, sabedora a su vez de tener a tanto público pendiente de cada uno de sus gestos, sacó la cara que menos conocía de sí misma.

–¿Qué? –su voz resonó con fuerza y con un ligero tono de aspereza, como si aquel tipo estuviera intentando ligársela y ella solo quisiera quitárselo de lo encima.   

–Acaban de traer más comida de la cocina –dijo él lo suficientemente alto para que todos lo oyeran. Kiara se dio la vuelta poco a poco y se acercó de nuevo a la barra, intentando que su corazón desbocado no se escuchara más que sus pasos. Al llegar, apoyó la bandeja en los raíles y levantó su plato con firmeza, con ganas de poner fin a aquella función cuanto antes.

 –Acércate más y escúchame bien porque solo lo diré una vez. ¿Sabes dónde está la biblioteca municipal? –ella asintió. –Phil tenía allí un escondite donde guardaba parte de su mercancía. Esta noche voy a pasarme a ver si hay algo que merezca la pena. Si te quieres venir, estás invitada. Pero ponte otra ropa o llamarás demasiado la atención.

–¿Has terminado? –le inquirió Kiara.

–Sí

–Pues escúchame bien tú ahora –Kiara cogió el cuchillo de su bandeja y lo clavó en el expositor donde él tenía apoyada la mano, entre su dedo índice y corazón. –No juegues conmigo. No tengo nada que perder.

–Ni yo. Por cierto, soy Jeff. Encantado de conocerte…

–Kiara –y tras escuchar su nombre, él se fue y desapareció sin más.

Lo de conseguir ropa fue bastante fácil. Kiara se coló en un bar por la parte de atrás y esperó en los baños hasta que apareció una metahumana de su misma complexión. En apenas un instante, la rodeó por la espalda y le partió el cuello, sin ningún atisbo de duda, sin ningún remordimiento.

El vestido, de bandas, apenas cubría su cuerpo y dejaba entrever los años de entrenamiento. Kiara escondió su mono dentro de la cisterna. Después, colocó el cuerpo de la mujer encima del retrete, cerró la puerta con pestillo y trepó por ella para salir. En cuanto entró en el bar, entendió por qué los metahumanos siempre iban prácticamente desnudos. Sexo. Todo quedaba al acceso de cualquiera en segundos, una y otra vez. En la granja había oído hablar de aquel ocio libertino, pero no era nada comparado con la realidad, más cercana a las orgías premonitorias de El Bosco.

La escena, lejos de asquearla, le produjo bastante morbo y durante un rato fue una más, su piel, sus pechos, su clítoris, por fin transformados en objeto de deseo.

Al salir ya comenzaba a caer la noche en la ciudad. Kiara se imaginó caminando por aquellas calles, quizá con alguien de la mano, despreocupada, como todos los que se cruzaban a su paso. Olía a ellos y eso le daba aún más seguridad, le hacía sentirse bien. Ni siquiera se molestó en esconderse cuando llegó a la biblioteca. Al contrario, se acomodó en las escaleras de la entrada y disfrutó del atardecer que incendiaba las nubes, de la brisa que rozaba sus hombros y le ponía la piel de gallina.

Y entonces sí, cuando el sol se decidió a abandonarla, se levantó dispuesta a vivir y a morir, por ese orden. La puerta estaba sospechosamente abierta, aunque tenía sentido si aquel era el lugar donde Phil guardaba sus cosas.

Dentro no había ningún tipo de luz y sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. El edificio, además de abandonado, estaba vacío. En la granja hacía ya mucho que los libros dejaron de existir y, aún antes que ellos, los escritores.

A tientas, Kiara recorrió el espacio diáfano sin éxito. En la planta superior tampoco había ni rastro de Jeff ni de cualquier objeto. Entonces se acordó de la manía de Phil de dejarle las cosas en el falso techo del vestuario y probó a subirse encima de la única silla que encontró, hasta que una lámina se desencajó con facilidad. Enseguida palpó varias mochilas pesadas que, a falta de un compañero que las recogiera, fue tirando cuidadosamente al suelo.

Justo cuando tenía la última en las manos, Kiara notó la presencia de alguien a su lado. Como un acto reflejo, le lanzó la mochila con todas sus fuerzas, pero ya era demasiado tarde. Jeff volcó la silla con el pie y ella se precipitó contra el suelo de cabeza, quedando inconsciente.

Minutos después, él se fue y la dejó allí, a pesar de que saber que, si no llegaba a su casa en una hora, lanzarían la orden de buscarla. Y matarla.

Golpes: Semana #22

Comentarios (3)

  • Javier Oliva . 5 junio, 2017 . Responder

    Aquí otro enganchado a las andanzas de Kiara… ¿¿Hay que esperar una semana para saber más?? Muchas gracias y enhorabuena

  • (Autor) fisherwoman . 5 junio, 2017 . Responder

    1 semana, 7 días, 168 horas, 10.080 minutos, 604.800 segundos… jajaja
    Muchas gracias, Javier!! A ver si el final no te decepciona

  • Sol . 8 junio, 2017 . Responder

    Cada vez más humana tu replicante, nos tienes pendientes de la siguiente entrega.

 

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