Después de ver a Phil, Kiara se quitó la pegatina por precaución. No podía arriesgarse a estar ilocalizable durante tantos minutos, y tampoco tenía ni idea de cómo actuar sin que el miedo gobernase su vida. La pregunta era ¿volvería a funcionar?

En la sala de lactancia nadie habla. Una ventana ilumina la estancia con la poca luz que consigue traspasar las nubes pero, más que intimidad, lo impregna todo de un color bucólico, la oscuridad de la rutina. Una a una, las mujeres se sientan en los sillones y esperan a que las entreguen un niño cualquiera, desde los 6 meses hasta los 3 años. Se sacan el pecho, como el militar que desenfunda su arma, y dejan que el instinto del pequeño haga el resto. No les dicen si fue el que salió de su vientre, aunque hace mucho que eso dejó de importarlas. En el fondo nunca fue suyo, ni siquiera durante la gestación.

Kiara mira al bebé que succiona su pecho y se imagina a una piraña.

-No me dejas pensar, maldita sea –le dice mirándole fijamente.

Sabe que no tiene la culpa, pero él y el embrión que va tomando forma dentro de su vientre son los que sustentan la vida de sus opresores. Ella misma es una de las piezas más importantes de la cadena. Y ahora que está fuera de su control, ¿qué puede hacer ella? ¿Escapar? ¿Tener al bebé? ¿Criarle?

¿Qué vida podría ser esa? No había visto más mundo que la granja, una ciudad semiderruida que parecía no tener fin. Una cárcel de tamaño desproporcionado. Ni siquiera sabía a qué distancia estaba la población más cercana, ni cómo vivían los robots y los metahumanos. Es cierto que les veían pasear por sus calles, llenar cada bar y restaurante. La granja era su gran atracción, casi como un parque temático, el lugar al que acudían a comprar un corazón, unos ojos de otro color, una piel sin arrugas. Pero siempre estaban de paso, nunca se quedaban más de lo necesario en aquella cloaca atestada de ratas.

Para ellos, los humanos eran eso. Seres egoístas y delincuentes; asesinos de facto, a sangre fría o por indiferencia; la razón por la que la Tierra iba a dejar de existir mucho antes de tiempo; escoria que respiraba demasiado oxígeno. Pero aun así les mantenían con vida. Para sobrevivir, eternamente, a cualquier precio. Todo estaba justificado. Convertirles en esclavos, experimentar con ellos, torturarles, negarles la vida y la muerte.

Entonces, Kiara lo comprendió. Los robots tenían razón, siempre la tuvieron. Humanos y metahumanos compartían la misma naturaleza. Y el mundo estaría mucho mejor sin ellos.

Al día siguiente, en el comedor, Phil no estaba. Solo su compañero. A pesar del riesgo, Kiara se colocó disimuladamente la pegatina y se quedó la última en la fila para poder hablar con él sin levantar sospechas.

–Parece que te han dado plantón –la mirada del hombre bastó para darle una respuesta. –¿Cómo ha sido?

–Un dron, justo antes de entrar en el edificio.

–¿No le detuvieron para interrogarle?

–No.

–Verás, es que… Phil me debe una cosa. Y creo que está en alguno de los edificios en los que trabajabais últimamente.

–¿Te refieres al almacén de la editorial que estábamos vaciando?

–Puede ser.

–Nos han prohibido el acceso.

–¿Pero llegasteis a sacarlo todo?

–La mayor parte, sí –de repente, se detuvo. –Mira, yo no soy como Phil, no trafico con cosas. ¿Y cómo coño llevas tanto tiempo hablando conmigo sin haber recibido una descarga?

Kiara se asustó, el tipo estaba a punto de delatarla. Su cuerpo comenzó a temblar sin control.

–No digas nada, por favor. Estoy embarazada, Phil me estaba ayudando a abortar. Ellos no lo saben aún, por eso no me han trasladado al hospital. No sé cómo, pero el chip debe notarlo de algún modo y ha dejado de funcionar. Será mejor que me vaya.

Cogió su bandeja a toda prisa y se dirigió hacia las mesas.

–¡Espera! –gritó. Kiara se paró en seco en mitad del comedor abarrotado. Las cucharas dejaron de tintinear en los platos. Los vasos quedaron expectantes en las mesas. Y todos, absolutamente todos, dirigieron sus miradas lentamente a la escuálida mujer del mono verde, que se iba haciendo más y más pequeña por momentos.

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #21

Comentarios (2)

  • Sol . 1 junio, 2017 . Responder

    “… y tampoco tenía ni idea de cómo actuar sin que el miedo gobernase su vida” Interesantísima reflexión: miedo a no tener miedo. Esta vez con un final más límite, esperamos la siguiente entrega.

  • (Autor) fisherwoman . 1 junio, 2017 . Responder

    Gracias Sol! Por seguir la historia cada semana y comentar 🙂

 

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