Las primeras luces del día entran por la ventana. Kiara se entretiene contando las manchas del techo, las esqueléticas grietas que rompen los gruesos tabiques. Es curioso ver cómo se retuercen de un lado a otro. ¿Sabrán dónde quieren llegar?

A veces eso la ayuda. Concentrarse en cosas pequeñas que puede controlar, no como su vida.  La realidad no le pertenece, ella es un simple peón que avanza donde le empujan con lo puesto: un mono verde y una chapa con su número de serie, 11.9.1.20.1. Ni siquiera puede levantarse de la cama y tirarse por la ventana gracias a un chip que le pusieron en la cabeza. Eso y las mutaciones genéticas fueron las únicas mejoras que los metahumanos introdujeron en su cuerpo. Lo demás sigue igual. También el bebé. La pastilla no ha funcionado.

-Buenos días, Kiara -una pantalla transparente surge de la nada y termina de iluminar la poca oscuridad del cuarto. –En 20 minutos te esperan en el comedor. Recuerda llevar tu ropa de entrenamiento.

Kiara permanece tumbada a pesar del mensaje. Sus manos agarran las sábanas y se preparan para la sacudida. 5, 4, 3, 2, 1. Una descarga eléctrica hace temblar su cuerpo.

-Kiara, tienes que levantarte. Ya conoces las normas –claro que lo hace, por eso cierra los ojos con fuerza y espera la siguiente. Los espasmos toman sus brazos y piernas, que golpean con fuerza el colchón sobre el que se apoyan.

-Kiara, es el último aviso. Si no te incorporas, procederemos a paralizarte hasta que llegue una unidad de obediencia y te arreste.

Como puede, Kiara se levanta y camina hacia el baño con la ayuda de las paredes. La nariz le sangra y también las encías, pero ni rastro en sus braguitas.

                                                                             

Todas las células viven en granjas, inmensos núcleos urbanos donde se preparan para cumplir con su misión. A primera hora de la mañana, inundan las calzadas y se apresuran en llegar a sus destinos, rápidas y silenciosas, cada una con el color que las identifica. El rojo para los donantes de órganos, el amarillo para los sujetos de experimentos, el azul para trabajadores de mantenimiento y limpieza, el verde para las reproductoras. Pueden ir pasando de un color a otro hasta llegar al rojo, el color que marca el final. A veces el amarillo también, aunque de una forma lenta y dolorosa.

Como el resto, Kiara también se dirige donde la esperan, en la cafetería de una antigua universidad. Allí, todas las nodrizas en fila van pasando con sus bandejas, mientras otras células les sirven la comida.

-No ha funcionado –susurra Kiara cuando se para a recoger su plato.

-¿Estás segura? –él le responde sin mirarla.

-Sí.

-Tengo otra cosa para ti.

-¿Cuándo?

-Vuelve al vestuario cuando empiece el entrenamiento.

Después del parto, en cuanto la cicatriz de la cesárea lo permite, las nodrizas entrenan cada día para recuperar la forma física y poder volver a quedarse embarazadas más rápido.

El gimnasio no es muy grande pero está bien aprovechado. Hay varias filas de máquinas, muy juntas entre sí, y cada una tiene una gran pantalla donde el entrenador virtual marca el ritmo de la sesión de ejercicios. Normalmente, grita sin parar para que las chicas no dejen de moverse.

En cuanto se sube a la cinta de correr, Kiara finge una caída y le pide permiso al suyo para ir a la enfermería. Los pasillos del pabellón deportivo son estrechos y oscuros, sin ventanas, a diferencia de los de la facultad. La mayoría de las luces parpadea intermitentemente. De repente, una puerta se abre a su paso y un brazo la empuja hacia dentro de una especie cuartucho.

-Shhhhhh, no grites. Soy yo.

-¿Estás loco?

-Sabía que vendrías por aquí.

-Me has dado un susto de muerte. Bueno, ¿qué es lo que tienes? Tu maldita pastilla no funcionó así que hoy no pienso pagarte –el sexo es la única moneda que Kiara tiene a su alcance.

-Ya verás cómo sí. Mira esto.

Phil le entrega un adhesivo cuadrado.

-¿Qué es?

-Es una especie de alarma de hace mil años. Creo que la ponían en libros o algo así para que la gente no pudiera llevárselos de las tiendas.

-¿Libros?

-Es igual. Tú solo pégatela en la cabeza justo donde tienes la cicatriz.

-¿Para qué?

-¡Hazlo!

Kiara no nota nada.

-¿A qué estás jugando? Si pudiera te juro que te mataría.

-¿Por qué no lo intentas?

Las manos le tiemblan, temerosas de recibir una nueva descarga, pero se lanzan con ganas al cuello de Phil y, milagrosamente, no ocurre nada, ni siquiera cuando él se desmaya por la falta de oxígeno.

El chip no funciona. Y faltan 7 días antes de su próximo reconocimiento médico. 7 días.

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #20

Comentarios (3)

  • Sol . 24 mayo, 2017 . Responder

    Sigo siguiéndote, ya empatizo con kiara…

    • (Autor) fisherwoman . 28 mayo, 2017 . Responder

      Gracias Sol! Acabo de publicar la siguiente parte, creo que la longitud se me está yendo de las manos! Una pena que no pudieras ir ayer a la quedada, me hubiera encantado conocerte 🙂

      • Sol . 29 mayo, 2017 . Responder

        Si necesita más partes, leeremos, sin duda. Permaneceremos mientras a la espera. Sí, me hubiera encantado conoceros -confieso que a algun@s en especial- en fin, a ver si hay otra oportunidad y los astros se alinean, confío.

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com