Los metahumanos y los robots ocupan calles y bares, indistinguibles unos de otros, apurando los últimos días de la Tierra. Podrían ser cien años, incluso mil, pero todos saben que el final está cerca.

Kiara camina despacio, al ritmo de la multitud, bajo la luz estridente de los neones. Un mal paso, cualquier atisbo de duda y será descubierta. Ella, como el resto de los humanos aún con vida, nació en cautividad al servicio de la ciencia. La célula 11.9.1.20.1, genéticamente perfecta, engendrada solo para fecundar. A sus 26 años, ya había dado a luz tres veces. Un niño que vivió hasta el día que su corazón pudo ser trasplantado a un adulto. Dos niñas que terminarán siendo el hígado y el páncreas de dos alcohólicas. Hagan lo que hagan, los metahumanos nunca mueren. Si tienen dinero para pagar la operación, tienen la inmortalidad asegurada.

Todo empezó hace 1300 años, en el S XXI, cuando la ética quedó supeditada a la supervivencia. Los experimentos con células madre se normalizaron para superar cualquier tipo de enfermedad, cientos de niños nacieron con la misión de curar a sus hermanos y, al mismo tiempo, los primeros robots con inteligencia artificial comenzaron a funcionar con un éxito rotundo. Ya entonces, muchas voces vaticinaron lo que ocurrió en poco menos de 100 años: ellos, los robots, se convirtieron en una raza superior y llegaron a la conclusión de que el mundo estaría mejor sin humanos.

El ataque no se hizo esperar. Las máquinas de las fábricas dejaron de funcionar. Un avión impactó contra el suelo, sus pasajeros convertidos en pólvora, y después otro, y otro. Internet se cayó para no volver a levantarse, las comunicaciones se cortaron súbitamente y los satélites quedaron a merced de la gravedad. La gente salió en masa a la calle, inconscientes de la muerte que les esperaba. Era imposible distinguir a los drones camuflados, camaleones del cielo, asesinos certeros e implacables. En un instante, la vida dejó de ser vida.

Uno solo podía esconderse hasta que alguien llegara para salvarlo, como en las películas. Pero no sería Estados Unidos el que acudiría a su rescate, sino un país que llevaba años jugando a ser dios, con unos principios morales muy diferentes al resto. La India. Ni siquiera experimentaron con animales. ¿Para qué? Con la promesa de mejorar de casta, tenían más voluntarios de los que necesitaban. Y a cada uno de ellos se les integró una placa base en el cerebro. Muchos murieron hasta que hubo un superviviente. El primer metahumano.

A pesar de conservar la apariencia humana, su forma de pensar cambió radicalmente. Un ordenador controlaba cada impulso neuronal y le dotaba de una velocidad supersónica. Era capaz de procesar cientos de pensamientos a la vez y de tomar las mejores decisiones. También podía conectarse con cualquier máquina, activarla e incluso hacerla funcionar a su antojo. Solo los robots con inteligencia artificial parecían ajenos a su influjo.

Con la sublevación, el gobierno de la India ordenó operar a toda la población. No calcularon los riesgos, no pensaron que la solución también podría volverse en su contra. Cuando los robots y metahumanos midieron sus fuerzas, enseguida entendieron que juntos sumaban más. Eran los humanos los que restaban, era la superpoblación mundial la que terminaría por agotar los recursos naturales de la Tierra. La solución era muy simple: reducir su número al mínimo. Los más valiosos serían convertidos. El resto, ejecutado, salvo una cifra insignificante que se usaría como mano de obra, el germen de las actuales granjas de cultivo. De Kiara.

Aquel fue el fin de la edad contemporánea y el principio de la era artificial. La era en que los humanos pasaron a ser meros esclavos, las ratas del laboratorio.

Kiara es totalmente consciente de que otra célula ha germinado en su interior. Puede que tenga una o dos semanas antes de que la descubran. Al llegar a la altura de su edificio, se abre paso entre la multitud y desaparece. Sabe que la vigilan, siempre lo hacen. La noche llena de oscuridad cualquier anhelo de esperanza. Con la luz de una vela, recorre el pasillo hasta la cocina y saca la pastilla que ha conseguido en el mercado negro. Solo espera que, si no es capaz de matar al embrión, acabe con ella.

CONTINUARÁ

Golpes: Semana #19

Comentarios (3)

  • Sol . 15 mayo, 2017 . Responder

    Me gusta, muy original tu Replicante, deseando leer el segundo 😉

    • (Autor) fisherwoman . 16 mayo, 2017 . Responder

      ¡Gracias, Sol! A ver si no te decepciona la segunda parte

  • Javier Oliva . 2 junio, 2017 . Responder

    Me ha gustado mucho. Muy buena idea la de que los metahumanos “nacieran” en la India. Seguiré leyendo la parte II y la III

 

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