-¿Estás bien, mamá?

-Sí, sí, no te preocupes.

Aun así se quedó en la cama, a oscuras. Su madre hacía esas cosas, despertarse un día con la sensación de que se estaba muriendo y no levantarse en una semana. Luego se le pasaba. No es que se encontrara mejor, pero de repente necesitaba quitarse el peso de las sábanas y las mantas de encima.

Aquella vez era diferente. Realmente parecía que se estaba muriendo. La piel opiácea, los huesos pidiendo paso. La quietud del que se va y lo deja todo en regla para no tener que volver.

Mara tenía 14 años, no sabía bien qué hacer. ¿Llamar a una ambulancia?, ¿decírselo a su padre? Al final bajó al súper a hacer la compra.

-¿Todo bien, Mara?- la cajera la conocía de verla tantas veces sola por la tienda. Se llamaba Pilar. Al principio, cuando no sabía bien dónde estaban las cosas y andaba siempre deambulando por los pasillos, ella le ayudaba, incluso le decía lo que tenía que comprar.

-Todo bien, gracias- se lo dijo sin mirarla a la cara, concentrada en meter la comida en las bolsas muy rápido para no hacer esperar a la gente.

-¿Y tu madre?

-En casa, estaba cansada.

-Hay que ver qué suerte tiene contigo. Dile que se cuide de mi parte- Mara le sonrió y se marchó antes de que Pilar pensara que algo no iba bien.

Esa noche hizo pizza para cenar y le guardó un trozo a su madre. No lo quiso. Bueno, ya se lo comería ella para el desayuno. Cuando su madre estaba así, aprovechaba para ver la tele hasta tarde y meterse en la cama sin lavarse los dientes. A veces entraba en su habitación sin hacer ruido para darle un beso de buenas noches. Odiaba tener que hacerlo, llevar el miedo en la comisura de los labios. Pero era la única forma de ver si realmente estaba muerta. Y aquel día, cuando su boca tocó su frente, pensó que acababa de besar a un cadáver.

Mientras bajaba a la calle a toda prisa, Mara se acordó de la vez que se enfadó con su madre porque no le había comprado las deportivas que quería y, como castigo, ella le obligó a tomar nota de cómo tenía que ser su funeral. Le puso un cuaderno encima de la mesa y le hizo escribir punto por punto, como si fuera un dictado más de lengua.

-El tanatorio es mejor que esté en las afueras y la sala, muy pequeña, para que parezca abarrotada de gente. El ataúd tiene que ser grande y de madera, así me veré más delgada- hizo una pausa para que Mara terminara de apuntarlo todo. -Quiero que me entierren con mi vestido rojo de manga larga; ese color me favorece. Y que me maquillen como el día de mi boda, pídele una foto a tu padre. ¡Ah! Y que haya flores por todas partes. Girasoles, margaritas, petunias, lilas, rosas. Nada de coronas ni plantas de plástico. Que huela a primavera ahí dentro. ¿Has apuntado las margaritas? Me encantan las margaritas- se encendió un cigarro y siguió hablando durante otra hora, con la mirada lejana, brillante, feliz. ¿Dónde estaría ahora ese cuaderno?

Mara corrió hacia el súper porque fue lo primero que se le ocurrió. Cuando llegó, ya habían cerrado aunque las luces seguían encendidas.

-¡Pilar! ¡Pilar!- gritaba con la misma fuerza que golpeaba la puerta. Por suerte, Pilar salió enseguida alertada por las voces. -¡Está muerta, Pilar! ¡Muerta!

-Mara, ¿qué pasa? ¿Quién está muerta?

-¡Mi madre!- Mara estaba hiperventilando, no era capaz de sostenerse en pie. -¿Dónde está?

-En la cama.

-Igual solo está dormida, tranquila. Llévame a que yo la vea- Pilar la ayudó a levantarse y la cogió de la mano. Cruzaron la calle a toda velocidad, sin mirar si pasaba algún coche. Y pasó y se llevó a Mara por delante. No fue gran cosa, solo una pierna rota. Cuando se despertó en el hospital, su madre estaba allí, con ella. Pilar tenía razón, estaba durmiendo. Nunca le contó a su madre por qué bajó al súper a esas horas, pero de alguna forma lo supo, porque desde entonces cambiaron de tienda.

Mara no volvió a ver a Pilar ni a dar ningún beso de buenas noches. Su madre, por contra, sí que mantuvo sus costumbres, pero al final, como a todos, la muerte terminó pillándola por sorpresa.

Golpes: Semana #17

 

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