Lo leyó en el National Geographic. Que la mejor cápsula del tiempo eran las ruinas de la ciudad de Pompeya, sepultada bajo cenizas un día de repente, como si el Vesubio se hubiera despertado de un mal sueño. Sus habitantes fallecieron de la misma forma, justo donde estaban, y dejaron para el resto de la humanidad una fotografía exacta de sus vidas. Los templos, las casas, hasta el mercado, todo se conservó tal cual era durante miles de años, protegido por una piel volcánica.

A Manuela le atrajo la idea desde el primer momento, perpetuar un instante de la vida para que otro pudiera encontrarlo intacto, mucho tiempo después, y aprender de sus modos y costumbres. Ella vivía en Saz, uno de esos pueblos condenados a desaparecer, con apenas 8 habitantes en invierno y 12 en verano. Por eso, pensó que aquello era lo que tenían que hacer para sobrevivir al abandono y al olvido: una cápsula del tiempo que replicara exactamente sus existencias. Y aunque no había por la zona ningún volcán que les diera un sepelio gratuito e inesperado, disponían de una gran cantidad de tierras.

Esa misma semana, presentó su propuesta en el Consejo del Pueblo, que se celebraba una vez al mes de forma itinerante en cada casa. En el fondo todos eran familia, si no primos hermanos, primos lejanos, y a pesar de los lazos de sangre y las herencias injustamente repartidas, habían conseguido llevarse medianamente bien.

La proposición de Manuela fue aceptada por unanimidad. Todos se quitaron unos metros de sus terrenos para que la obra pudiera comenzar cuanto antes. Al final se prolongó algo más de tres años y fue llevada con absoluto secretismo, sobre todo con los foráneos del estío, pero vaya sí mereció la pena. Primero, excavaron un túnel ancho y profundo, y cuando llegaron muy muy abajo, sacaron la tierra de alrededor, hasta formar una cavidad diáfana con las mismas dimensiones de Saz. El alcalde, ya jubilado, trabajó muchos años en la construcción y sabía cómo hacer para que no se viniera todo abajo. Los demás no tenían ni conocimientos ni muchos medios, poco más que una pala por persona, pero aquella misión les llenaba de energía y arrojo y, como por arte de magia, la artrosis, el reuma, la lumbalgia y hasta la pena desaparecieron de aquella cuadrilla que en total sumaba más de 570 años.

El resultado final quitaba el aliento. Cinco casas, levantadas con piedras de pizarra, caliza, granito y neis, prácticamente del mismo tamaño que sus antecesoras, con mampostería de barro y cal, y las tejas rojas alrededor de la chimenea, que se alzaba a lo alto, orgullosa de lo que veía. El interior cada uno lo dispuso como estaba en su casa, generalmente, el salón y la cocina abajo y arriba el baño y las habitaciones. Hasta habían traído muchos muebles de sus casas reales, y cuadros, jarrones, sábanas, colchas… Algunos decían que pasarían allí el verano, aprovechando el fresquito.

Todos estaban absolutamente satisfechos, menos Manuela. Ella sentía que aún faltaba algo y en verdad así era, ¿pero cómo convencer a los demás? No le quedaba más remedio. Convocó un nuevo Consejo del Pueblo, esta vez en su casa, y les preparó un buen potaje para conquistar primero sus estómagos y horas más tarde sus vidas. Ninguno pudo sobrevivir al veneno para ratas, que extrañamente le añadió mucho sabor al guiso, al menos eso le dijeron.

Manuela temblaba de pura emoción. Uno a uno fue transportando los cadáveres hasta el túnel y allí los arrojó. Bajó las escaleras con mucho cuidado de no caerse y procedió a organizar la estampa final de cada casa. A Juan, el alcalde, le colocó en su sillón junto a la mesa camilla, con las cartas repartidas como si estuviera jugando al solitario. Era su pasatiempo favorito. A Luisa y a Mariano los arrastró hasta su sofá y los dejó viendo la tele. Ellos decían que no, pero era lo que hacían a todas horas. A Mercedes y a Justo los metió en la cama, uno encima del otro, desnudos. Para que quien los encontrara pensase que los viejos también follaban. Era cierto. A Julio lo sentó en el wáter, para darle al teatrillo ese toque de sorpresa. Y a su Emilio, también le acomodó en el sillón, con las piernas en alto y la radio de fondo, igual que cuando se echaba la siesta.

Después, se pasó días vaciando los cajones, armarios y armaritos de cada casa, y trasladando su contenido unos cuantos metros más abajo. Parecía que de una vez por todas los 8 se habían decidido a irse del pueblo. Nadie sabría su destino, hasta que algún intrépido aventurero descubriera sin querer la Pompeya española, a poder ser, pasados algunos miles de años.

Por último, Manuela cerró la trampilla del escondite, se sentó en la mesa de su cocina y se sirvió la última ración del potaje. La verdad es que tenían razón, el guiso estaba de muerte.

Golpes: Semana #16

Comentarios (4)

  • Sol . 24 abril, 2017 . Responder

    Qué fantástico! 13 negritos con un apetitoso cinismo, genial!

  • Johan Cladheart . 30 mayo, 2017 . Responder

    ¡Hostia! No volveré a comer potaje en el pueblo.

  • Quinnipak . 30 mayo, 2017 . Responder

    Me ha dejado de piedra el giro. Y he de decir que, si hubiese vivido en Saz, tampoco habría perdonado ese potaje.

    • (Autor) fisherwoman . 31 mayo, 2017 . Responder

      Ya os pasaré la receta 😉

 

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