El bar de José y Lucía rezuma años, casi tantos como sus dos dueños juntos. Por sus baldosas han pasado intelectuales, políticos y artistas, mezclados con la gente del barrio del momento. Ellos son el bar, su ambiente y esencia, y así lo llaman, sin importar el nombre escrito en el toldo. “El bar”. Su primera opción cualquier día de la semana, su segunda casa, su tercera o cuarta vida. El sitio donde ponen un pie cuando se levantan y justo antes de meterse en la cama. 73 m2 de barra, mesas y sillas para compartir, al menos por una noche. Y si quieres, tú también puedes entrar, con una sola condición. No juzgues sus historias, no cuentes los chupitos ni las copas. Lo que pasa en El bar, se queda en El bar.

A las 8 de la mañana José levanta el cierre. Con suerte, habrá dormido unas 5 horas. Otras veces la madrugada se le echa encima y duerme dentro, en un colchón en el suelo. Doña Ana ya le está esperando en la puerta. Siempre se sienta en la mesa del fondo, junto a la ventana. Desde fuera, parece un maniquí que ha pasado por muchas manos. Nadie sabe cuántos años tiene con exactitud, ni de dónde saca el dinero. Las malas lenguas dicen que fue amante del rey, que incluso aún siguen viéndose.

Hace ya algún tiempo, apareció una Harley Davidson roja aparcada frente al bar justo como la del monarca. ¡Se montó una! Todo el mundo salió y se arremolinó a su alrededor para conseguir el mejor sitio para hacer la foto. ¡Cuánto pagarían las revistas por ella! ¡Y si encima le acompañaba Doña Ana! A eso de la 1, los curiosos más madrugadores empezaron a marcharse. Pero los que aguantaron hasta el final no tuvieron mejor suerte: a las 6 de la mañana se presentó una grúa y se la llevó, así, sin más. Casi pegan al pobre operario, que no sabía más que la dirección del taller donde la tenía que dejar.

Cuando Doña Ana llegó al bar, la estaban esperando para hacerle un millón de preguntas. Ella no dijo ni mú. Ocupó su lugar con las ojeras bien frescas y las piernas colgando de la silla. Qué poquita cosa parecía entre tanta gente. ¡Y qué desayuno más multitudinario!

Muy diferente al de hoy. Después de servir a su primera acompañante, José friega los últimos resquicios de la noche y despierta al bar poco a poco. Los azulejos aún rezuman a tabaco y a alcohol, quién sabe por cuánto tiempo, y las dos tragaperras empiezan a llamar a los marineros a bordo con su música de sirenas. No tardan mucho en encontrar el primero dispuesto a tirarse al mar a por ellas.

A las 11 los de la consultora bajan con puntualidad. Algunos ya tienen su cara de rigor mortis y eso que el día no ha hecho más que comenzar. Los cafés salen disparados y las cañas llegan para los atrevidos que necesitan saborear un poco de fin de semana en la boca. Unos cuantos repiten. Claramente, hoy no ha bajado el jefe.

-Os digo que tengo razón- el que discute es Al, ese chico siempre está discutiendo.

-Sí, sí, cuánta razón tienes- al habla su archienemigo Héctor. Si uno dice A, el otro dice B.

-Qué sí, joder. Todo lo que gastas en lotería en un año lo inviertes en algo de tecnología. En cuanto suben las acciones, vendes. Y luego apuestas todo el dinero en cosas absurdas. Como el número final de temporadas de Cuéntame cómo pasó. O que Trump ganará las elecciones de EE.UU.

-Igual que lo de la Quiniela, ¿no? ¿Cómo dijiste Al? –imitando su voz. –Es una jugada maestra. Hago una cuádruple triple doble combinada esta jornada y fijo que me la llevo. ¡Y claro que ganaste! 10 € después de dejarte 3.000 €. En serio, dedícate a otra cosa que ganar dinero no es lo tuyo.

-¿Quieres que apostemos algo?

-¿El qué?

-Una partida de futbolín. 5-2. ¿Qué me dices?

-Que te voy a meter 7-0.

-100 pavos

-Hecho.

La jauría de chiquillos con cuerpo de hombres se mueve de la barra al susodicho futbolín. Al enfunda los puños del Madrid y Héctor los del Barça. Parece que a los blancos les tiemblan las piernas por arriba. 1-0. 2-0. 3-0. Para los culés está siendo un camino de rosas. 4-0. 4-1. El gol de la honra. 5-1. Y como si le poseyera el espíritu de Di Stéfano, Al mete el último en una jugada maestra. 5-2. Héctor levanta los brazos igualmente, proclamándose vencedor absoluto.

-Me debes 100 pavos- le dice Al entre risas.

-Pero si he ganado yo.

-5-2 idiota. Yo te dije que quedaríamos 5-2. En ningún momento salió de mi boca a favor de quién tenía que ser el resultado.

Héctor se abalanza sobre él. Al le esquiva y deja que se choque contra una mesa. Mágicamente, el reloj marca las 11:30 y todos recuperan la compostura. Hora de regresar a la sala de tortura. Los trajes van saliendo y abandonando el local como si fuera un simulacro de emergencia.

-Luego vuelvo- grita Al. –Que tengo 100 € con los que no contaba.

José se ríe. La verdad es que el chaval le cae bien y mira que se la lía la mitad de las veces.

Lucía aparece 5 minutos más tarde arrastrando la compra y se mete de la misma forma en la cocina. Ni una mirada, ni un beso, ni un saludo. El bar es lo primero.

A mediodía por fin llegan los refuerzos. Julia, Fran y Raquel. Otras seis manos para calmar la sed. Es así: bebemos mucho más de lo que comemos. Cañas, dobles, jarras, copas. Se acaba el barril, y el siguiente, y el siguiente. Los menús también salen y los móviles escapan de bolsos y bolsillos para apoderarse de las mesas y conversaciones. Hay proyectos que nacen y mueren antes del postre. Y amigas que llevan meses sin verse y solo hablan del trabajo. Menos mal que en la barra aún queda una pareja que quiere salvar el mundo.

-Atracamos un banco ¿y luego qué?- en sus labios la palabra atracar suena mucho más excitante. Marcos la responde, divertido porque ella le siga el juego.

-Luego huimos, nos quedamos con una parte del dinero y el resto se lo damos a gente que no puede pagar su hipoteca.

-Entonces, el dinero volverá a su lugar de origen.

-Exacto. Solo que de una forma más justa. Nadie podrá decir que estamos robando. Si lo piensas, sería el método que utilizaría Robin Hood para blanquear dinero en nuestros tiempos.

-No tenemos armas.

-En el chino venden pistolas de plástico.

-¿Crees que nos tomarán en serio?

-Estoy convencido.

-¿Y a qué esperamos?

-A que te acabes el vino.

Aura se lo bebió de un trago. Con la adrenalina disparada, los dos salieron del bar en busca de un todo a 100 que pusiera a punto su primera misión humanitaria.

A escasos metros, una muchedumbre hace cola para entrar al teatro. Dos horas más tarde, lo abandonan en masa, como si algo oliera muy mal dentro. La prisa madrileña. Unos se dirigen directamente al metro, asustados porque la noche se les echa encima un día entre semana. Otros, aprovechan no estar en su zona de confort para arriesgarse a conocer un sitio nuevo. En el bar coinciden con todos los actores, que los sacan a bailar sin música como si aquel fuera el verdadero final de la obra.

José atenúa las luces, consciente de que la oscuridad alargará la caja y la noche. Ahora es el turno de los gintonics, de los mojitos y del tan temido jägger.

Al vuelve con Héctor en son de paz. Han llegado al acuerdo de beberse los 100 € entre los dos. Se suman al baile, que termina en una conga infinita, parecida a la serpiente del Nokia cuando ya no cabía en la pantalla. Al acabar, la mitad de las copas están en el suelo y la mayoría vuelve a la barra. Allí donde todos quieren estar. Allí donde Julia no le quita el ojo a Fran. Él preferiría que le mirara otra, pero de vez en cuando la roza, o la llama, para nada. Le gusta gustar. ¿Qué más da si ella siente algo más?

Lucía se marcha a medianoche, cuando la cocina queda oficialmente cerrada. Extraoficialmente, José hace bocadillos para los valientes que se quedan, ya con el cierre bajado. Podría echarles, pero elige unirse a la perdición. En los baños pasan cosas. En el futbolín se resuelve la Champions. En la barra cualquiera sirve para poner las copas. Y en sus vidas queda mucha menos vida aunque, quien sabe, quizá sea mejor vivir así.

Golpes: Semana #14

 

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