La primer planta que nos compré cuando nos fuimos a vivir juntos es el denominado “Palo de agua”. Una planta de interior, que le gusta la luz, pero no en exceso, requiere poco riego y no tiene mayores complicaciones con respecto a macetas, tamaños, ni tierra fertilizada, etc.

Como primer planta me pareció adecuada para dar inicio a una convivencia que prometía buenos augurios… amor, cariño, un hogar.

Con un poco de cuidados básicos y amor la planta crecería. Los primeros dos meses, se mantuvo vital y hermosa como la había comprado, hasta parecía que me saludaba al entrar, prestaba atención todos los días cuando llegaba si estaba ahí, si tenía la tierra húmeda, si algo la había cambiado de lugar. Todo iba encaminado. Recuerdo hablarle y acariciarla varias veces a la semana.

Me hacía feliz contar la planta acompañándonos en nuestra experiencia.

Al poco tiempo después, sus hojas se pusieron amarillas, me resigné y no hice mucho por recuperarla en ese momento. El día que me separé me llevé mi planta, no podía dejarla morir allí.

Volvió conmigo a la casa de mis padres, a duras penas resistió el invierno con hojas partidas, y otras cortadas por mi, creyendo que era lo mejor para ella.

Luego me mudé  a un departamento y me la llevé. Fue mi primer vieja planta que venía conmigo. Era mi equipaje, mi recuerdo de pasado, mi esfuerzo por permanecer, mi cariño recibido, mi aire, mi tristeza, mi compañía.

Hoy, después de 5 años. Sigue viva.

Golpes: Semana #42

Comentarios (1)

  • Sol . 17 octubre, 2017 . Responder

    … y tú también.

 

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