Las cosas nunca me resultaron fáciles. Jamás recuerdo que me hayan salido de buenas a primeras. Esta vez no tenía por qué ser la excepción.

El día que decidí dejar de verlo, no estaba segura, tenía mis temores rondando, las preguntas y el miedo a la soledad carcomiéndome todos los pensamientos. Es increíble cuando la mente se vuelve monotemática: escapar se vuelve un término sin sentido, sin rumbo, un término “sin”. Encontrar la salida en esta situación solo me ponía de cara al problema, por oposición, enfrentarlo era la única solución donde mi cabeza iba a dejar de pensar, ya que estaría viviendo el momento de la contienda, y todos los “sin” del término escapar se eliminarían por el solo hecho de ejecutar el antónimo: afrontar.

Pasaron un par de horas hasta que sucedió el encuentro. Ambos sabíamos que las cosas no daban para más, pero el cariño y la costumbre a veces se ponen más pesadas en esa maldita balanza donde hay que llevar todos los planos de la vida y optar por el equilibrio, porque sino… ¿sino qué?

Y así, dejé la balanza de lado. Hablamos y seguimos un tiempo más como si los problemas no existiesen.

Ser juez y parte complica siempre un poco más las cosas.

 

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