Era mi segundo viaje al estado de Maryland. Al contrario que en mi primer viaje, estaba más nervioso, era la primera vez que volaba.Ya había volado otras veces, pero eso fue cuando estuve enfermo, ahora ya estaba terminal, por eso era especial, el vuelo, digo, era el primer vuelo con las alas rotas y al máximo de queroseno.

Me tenían guardada la habitación de siempre en el vetusto hotelucho de Baltimore. “El vuelo dulce” se llamaba, creo. El gordo de recepción no me reconoció al entrar, claro, mi jeta había cambiado demasiado por la medicación, estaba desfigurado, solo me quedaban unas cuantas plumas, un 7 en el ojo que lo disimulaba con un parche y el pico partido en dos de tanto picar el fondo de mi corazón.

Me sentí incomodo al entrar en la habitación, demasiado limpia para mi gusto, necesitaba suciedad cuanto antes. Me arranqué las plumas mas gastadas y ennegrecidas del viaje, las desparramé por el suelo, me descalcé y la primera meada fue fuera de la reluciente taza.

Saqué el instrumental para suministrarme la última dosis de “ese compuesto” experimental con el que los hombres de blanco estaban probando conmigo. Me pinché en la pata que no tenía anillada y me quedé como un Flamenco durante 7 minutos. Bajé por la escalera de incendios y me quedé sentado junto a los cubos de basura. Ahora mejor, Ahora mas sucio, otra vez.

Me apetecía un trago, pero cuando te pinchas el “experimento” no puedes comer ni beber, solo puedes recordar. Cogí unas mondas de algo que alguna vez fue patata y me la restregué por el pico y ¡Zas!, empecé a recordar. Recordé la noche anterior en la que mi vuelo rasante iba cargado de suciedad y malas intenciones. Me encontré con una paloma, que también era “lumi”, creo. La cacé en el tugurio de Johnny el cuervo y me graznó que se llamaba Jane Lawere, que era su nombre de paloma y que era hispana. 3 picotazos más tarde, me confesó que su nombre de “lumi” era Juana La Guarra, pero que también era su nombre de paloma…

Yo, antes de pájaro fui un hombre bueno, tierno, listo y poco inteligente, aunque ya me gustaba volar. Ahora era un jodido pájaro “despeluchao” sin rumbo y terminal, Ah! y sucio, muy sucio.

Seguía haciendo rasantes por los basureros del amor y el odio, me había convertido en un experto revoloteador de los bajos nidos, especialista en desplumar pichones ingratos, en palomas cojas con nombres de estrella, pájaros de buen agüero y demás lumpen con plumas negras, pero en lo que era el rey era en malgastar vuelos…

Así que los hombres de blanco, los que cazan pájaros terminales, empezaron a experimentar conmigo para ver si podía recuperarme. Llevaba 11 meses volando de aquí para allá, intentando volar alto, tocar el cielo con mis garras, planear, cazar golondrinas e ir, de vez en cuando a ver a mi colega el “cuco”. Entonces, en un día de vuelo en picado, conocí a Set, un viejo Setter irlandés con cara de David Niven. Iba disfrazado de perro, pero en realidad era un “curador” de pájaros. Me dijo que se fijó en mi por lo bien que volaba y por mis ojos, uno de cada color. Decía Set, que los pájaros con esos ojos son los únicos que se recuperan, que se curan.

Lo primero que tienes que hacer es arrancarte las plumas que pesan y hacerte un nido nuevo.

Desde entonces, no he dejado de arrancarme plumas, ya casi no me quedan, estoy prácticamente desnudo y sucio y sigo volando bajo, esperando a que el “experimento” haga su puto trabajo.

Ayer maté una paloma.

Golpes: Semana #43

 

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