Por la mañana aún hacía frío. Esmeralda salió del Centro de Auxilio y Rehabilitación de Especies a un día de cristal, claro, de luz filtrada por un velo fresco que solo le hizo entornar los ojos un poco. Lo justo para centrar la vista en los edificios y las calles de abajo, hasta ver sus líneas regulares definidas como en un plano. Se metió las manos en los bolsillos, hizo un círculo con los hombros para colocarse el cuello del abrigo y bajó las escaleras de aquel asilo para monstruosidades.

Fue hasta el bulevar dando un paseo. Allí, gente de barrio con abrigos gruesos abiertos caminaba llevando bolsas de plástico blancas. Una hilera de árboles flanqueaba el paseo a ambos lados. A través de sus ramas aún peladas se veía el azul pálido del cielo. Un hombre estaba sentado solo en un banco, algunos cierres estaban bajados y los coches cortaban la calle en transversal. Caminó a esas horas en que la gente aún tiene cosas que hacer con las que ocupar su día rutinariamente. Comprar, ir al médico, llevar un paquete, tomar el segundo café en el bar. Era ese momento en que está estipulado que todo tiene una utilidad: los trayectos, los gestos, las calles. Le gustaba la sensación de convertirse en espectadora de eso, aunque fuera como una concesión extraordinaria y breve. Aunque últimamente lo estaba repitiendo demasiado, y le preocupaba que perdiera el encanto. Finalmente ella misma llegó a su destino utilitario, la tienda de ropa infantil en la que trabajaba desde que su madre echó a volar y su padre comenzó con su hibernación. Al entrar en la tienda, su tía estaba doblando camisetas de tirantes.

– Esmeralda, llegas tarde –le dijo interrumpiendo su tarea–. ¿Ha pasado algo?

– Nada, tía.

La mujer se quedó mirándola con inquietud, mientras la chica entraba al cuarto del fondo para dejar sus cosas.

– ¿Te han parado otra vez?

Esmeralda hizo un gesto, pero no contestó. Se acercó al montón de camisetas de tirantes de colores que su tía había dejado a medias y continuó con la tarea. Camisetas de algodón muy livianas, diminutas, de colores puros. Una roja, con una cabeza de oso con coloretes. Doblada. A la pila. Una azul claro, con una oveja de lado que giraba la cabeza para mirar hacia ti. Casi con picardía. Doblada. A la pila. Una blanca, llena de caramelos de colores. Doblada. A la pila. Cambió la pila de lado para no tener que ver de reojo a su tía, de brazos cruzados, cada vez que colocaba otra camiseta.

– Esmeralda, hija… –hizo una pausa–. ¿Por qué no llamas a donde te dije?

Ahora estaba doblando una camiseta rosa que tenía estampada una niña-muñeca, con coletas que parecían rubios cabos marineros anudados. La muñeca tenía los ojos enormes y se llevaba una mano de trapo a la boca. Doblada. A la pila. Era más incómodo dejar las camisetas dobladas en el nuevo lado.

– Siempre va a ser igual. Lo sabes. Además…

Un castillo con dos torres en relieve sobre un fondo naranja. Doblada. A la pila.

– Además, ya te he dicho que me quedaría más tranquila –continuó la mujer. Su cara ya estaba bien surcada de arrugas–. Tu madre tampoco se las quiso quitar. Desde pequeñita dijo que no.

Una bola de pelos con cara o algo así. Sonreía mientras te sacaba la lengua. Doblada. A la pila.

– Quién sabe si no fue por eso que…

Una camiseta roja con un dragón echando fuego por la boca. Esta debía de ser de niño. ¿Se había colado una camiseta de niño en el montón de las de niña? La soltó sin doblarla. El dragón se quedó lanzando fuego a la tía de Esmeralda, que la vio salir apresuradamente de la tienda.

La chica atravesó el bulevar a paso acelerado, mirando al frente, más allá de las fachadas que marcaban el final de la larga calle. Otra gente la miró a ella, a esas horas. Estaba claro que no estaba siendo rutinaria, y llamaba la atención.

A Esmeralda le producía angustia pensar en quitarse las alas. No le servían para volar. Le daban problemas. Era muy desagradable cuando se giraba en la cama y una de ellas se doblaba y se tensaba como si se fuera a partir. Además, le impedían coger el metro. Podría cortar de raíz todo eso en una mañana no rutinaria. Pero había algo de irreparable en ello que le daba vértigo. Y el vértigo era algo que prefería evitar, de momento al menos. Pensó en si su madre habría sentido vértigo cuando se la llevaron.

Se alejó un par de calles, se sentó en un poyete y encendió un cigarrillo. Un chico alto, moreno, vino y le pidió fuego. Hablaron un rato y Esmeralda decidió que todo estaba más o menos bien.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #9

 

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