La petición, aunque inusual, era sencilla: dejar dentro un vaso con agua.

Así lo hizo. Lo puso con cuidado en el hueco que quedaba entre el codo y las costillas. Aún lo giró un poco sobre su eje, como buscando la orientación perfecta. El agua tembló levemente.

Se irguió y observó desde arriba. Ya estaba listo. Bajó la tapa doble con mayor cuidado del habitual, pensando en que había llenado el vaso casi hasta el borde. Mientras lo hacía se acordaba de las monedas en los ojos de los antiguos muertos griegos y de otros caprichos reconfortantes. Un vaso con agua no era el objeto más raro que había tenido que meter en un ataúd en cualquier caso.

Despacio, dirigió la camilla hacia fuera, donde esperaban la familia y el coche fúnebre. Con la ayuda del chófer introdujo la caja en el vehículo, manipulándola como si el muerto pudiera despertarse. El chófer apoyó su lado un poco antes, lo cual le mereció un pequeño reproche.

Ocupó su lugar en el asiento de copiloto y la comitiva puso rumbo al cementerio, que estaba en las afueras del pueblo.

Al llegar, saludó a los sepultureros como de costumbre, se interesó cordialmente por su estado y, cruzando los brazos, les señaló el especial cuidado que debían tener al hacer descender ese féretro. Arqueó las cejas con ellos, cómplice, y fue hacia el coche.

A una distancia respetuosa encontró un punto desde el que podía observar cómo la caja era colocada sobre dos cuerdas, suspendida sobre la cavidad rectangular. Los sepultureros se movían despacio, pero este era su proceder habitual, conocedores del valor que su público le daba al objeto que manipulaban. Vio cómo agarraron las cuerdas, desde ambos lados, e hicieron descender el ataúd a un ritmo solemne. Había elegido un vaso ancho, definitivamente estable, y la superficie mullida sobre la que reposaba no era especialmente resbaladiza. Aquellos pequeños vaivenes no deberían hacerlo volcar. En un momento determinado, la inclinación fue más acusada y se pudo imaginar el nivel del agua rebosando por encima del vaso, salpicando el traje negro del difunto. Se convenció de que aquello no habría sido suficiente para tumbar el vaso. El féretro bajo hasta perderse de vista. Los dos hombres echaban todo el peso de su cuerpo hacia atrás y clavaban los talones en la tierra. Sus antebrazos se tensaron en un último instante que fue acompañado de un golpe sordo, nada agresivo, pero que hizo que se le encogiera el estómago. Cuando los sepultureros se relajaron se dio cuenta de que él todavía tenía los músculos tensos.

Por la noche, durante una cena silenciosa, no pudo dejar de mirar su vaso de vino. Lo movía, lo giraba, poniendo a prueba su capacidad de contención. No era una comprobación válida. Para eso tendría que desnivelar la mesa tantos grados como se inclinó el ataúd en aquel momento puntual. La agarró por los bordes y tan pronto como comenzó a levantar las patas decidió bajarla de nuevo. ¿Qué era lo peor que podía haber pasado? Que el vaso se hubiera volcado en algún momento desde que salió del velatorio hasta que echaron la última palada de tierra sobre la tapa que lo cubría. ¿Y qué? ¿Habría condenado a alguien a defenderse con la boca seca en el Juicio Final? Bebió un trago de vino.

Veinticinco minutos después estaba introduciendo la llave en la cerradura de la puerta principal del cementerio. Abrió el cuartito de trastos y cogió una pala. Se encaminó hacia la sepultura más reciente del camposanto, mirando entre tanto las otras lápidas que resaltaban en la oscuridad como dientecitos.

Se remangó, apoyó la linterna  y cavó. Normalmente ya no se hacía todo con pala, pero quería ser discreto e iba sobrado de determinación. No tardó demasiado en raspar la tapa del féretro; los sepultureros no trabajaban para impedir que los muertos se escapasen del suelo.

La superficie de madera pulida que asomaba bajo la tierrecilla y las hojas secas enroscadas devolvía los destellos de la linterna. Pasó la mano para limpiar la última capa de grava y abrió la tapa superior.

Allí estaba, con los brazos cruzados sobre el pecho, pálido y en paz. Y, en el hueco entre su codo izquierdo y las costillas, el vaso. Perfectamente en pie. Deslizó el dedo por el cristal para comprobar si algo del líquido se había derramado. No lo parecía. El agua seguía allí, impecable. Y el muerto no se la había bebido.

Efectivamente, se sintió ridículo. Pero la constatación de que había cumplido con su trabajo le supuso una satisfacción superior. Observó al difunto. El que, en su carta de despedida inminente, había pedido por favor que se dispusiera un vaso de agua para el viaje. Lleno, por supuesto. Quien piensa en algo así es porque no desea la nueva aventura. Es alguien que tiene miedo del viaje que viene. De los que se preparan en exceso, quizá para posponer el comienzo de algo que sin embargo tendrán que afrontar inexorablemente.

Tal vez, pensó incluso, estaba tan poco seguro de su partida que había previsto este momento. El momento en el que alguien todavía comprobaría, una vez más, que estaba realmente muerto. Que no se había despertado del mal sueño y todo había sido un error. Miró la cara y vio paz. Pensó en esa parte en la que ya se empieza a disfrutar del viaje, después de aterrizar, deshacer el equipaje y tal vez darse una ducha.

Por segunda vez aquel día cerró con cuidado la tapa del ataúd, dejando el vaso dentro, lleno de agua.

Golpes: Semana #35

Comentarios (2)

  • Zamoranita . 16 septiembre, 2017 . Responder

    Cuanto menos curioso

    • (Autor) El Doble . 18 septiembre, 2017 . Responder

      Cuanto menos, gracias por leer y comentar. Saludos!

 

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