“El día consiste de doce horas; durante las primeras tres horas Dios, alabado sea, Él se ocupa en la Torá, durante las segundas tres Él se sienta y juzga al mundo entero, y cuando Él ve que el mundo es tan culpable como para merecer la destrucción, Él cambia de sitio desde la silla de la Justicia hasta la silla de la Piedad; en el tercer cuarto, Él alimenta al mundo entero, desde el búfalo con sus cuernos hasta la progenie de la plaga; durante el último cuarto Él juega con el Leviatán. (…) Él juega con Sus criaturas, pero no se ríe de Sus criaturas excepto en ese día”.

Talmud (Avoda Zara 3b)

 

Cuando el agua retrocedió solo quedaron lazos de espuma blanca y piedras pulidas brillantes. Eva levantó la cabeza y encajó la mirada en la línea que separaba un azul de otro. Se preguntó si echaba de menos Antaviel o prefería estar así, frente al mar.

El día 3 de noviembre, los habitantes del barrio habían deambulado sin saber muy bien qué hacer. Algunos solo se asomaban a las ventanas. Otros hablaban en voz baja en los portales. Casi ninguna tienda abrió, y las que lo hicieron apenas tuvieron clientes. La familia de Eva era de las que se habían quedado en casa.

Los días siguientes hubo gente que se decidió a ir a la ciudad. A base de ir explorando, se dieron cuenta de que ya no había barreras ni metros cerrados. Pero al llegar allí, todos volvieron a Antaviel enseguida. Si les preguntabas negaban con la cabeza y no decían nada más.

El agua volvió a subir y ella se quitó el zapato y el calcetín. Estiró la punta de los dedos para mojarlos un poco. Estaba fría. Se subió la cremallera hasta que le tapó la barbilla.

El primero en marcharse de Antaviel, en dirección opuesta a la ciudad, fue aquel chico que se había peleado con un monstruo en la plaza. Se llamaba Jorge. Ella estaba paseando cuando lo vio marcharse, solo, con una mochila grande en la espalda.

Poco a poco el barrio se fue vaciando. Eva no sabía cuándo habría terminado de quedar totalmente desierto porque, como siempre, sus padres se movieron siguiendo la corriente principal, y no fueron los últimos en marcharse.

Sí supo que la mujer del Centro de Auxilio y Rehabilitación, Yemina, se había ido también. Creía que de vuelta a su país.

Se secó la punta del pie con la mano, se puso el calcetín y el zapato, y giró en redondo para irse. Era una playa pedregosa, y las ruedas de la silla hacían un ruido relajante al pasar sobre ellas.

Aquella noche, mientras cenaban, Eva preguntó a sus padres:

– ¿Por qué no nos fuimos antes de Antaviel?

Ninguno levantó la cabeza del plato.

– Hija, porque… Aquella era nuestra casa.

La televisión estaba puesta. Las noticias informaban sobre el calendario de festejos de Navidad, los eventos de asistencia obligada y las normas de celebración.

– ¿Y ya no lo es?

– Después de lo que pasó en la ciudad…

– Pero en Antaviel no pasó nada –dijo Eva.

– Ya, hija. Pero sin la ciudad… ¿Cómo íbamos a vivir allí?

– No nos dejaban vivir allí.

– Pero dependíamos de la ciudad para muchas cosas. Mira, hija, ¿de dónde crees que venía la comida que comíamos? ¿Y dónde estaban las tiendas de coches, las oficinas para hacer papeleos…?

– Además, hija -intervino el padre-, siempre estaba la posibilidad de que te dieran una plaza de vivienda en la ciudad algún día.

– Yo creo que en la ciudad no me hubiera gustado vivir.

– ¿Ah, no?

– No… -contestó Eva.

– ¿Y por qué no? –los padres se alegraron de que, al parecer, habían terminado las preguntas.

– Porque para ellos éramos un problema. Con los monstruos y eso. Pero vivimos mucho tiempo así, ¿no?

– Bueno… Sí, cierto.

– Y míralos a ellos –siguió Eva-. En cuanto los monstruos entraron en la ciudad, no duraron ni un día. Yo creo que ellos no estaban preparados para vivir.

Recordó a la chica que había visto volando, dirigiendo la horda monstruosa por la Avenida de la Bajada. Lo recordaba como una imagen bellísima. Le entró una punzada de hambre. Y ante la expresiva mirada de sus padres, pinchó con fuerza un pedazo de carne y se lo metió en la boca.

 

FIN.

Golpes: Semana #30

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com