XXVIII. SEGUNDO DÍA DE NOVIEMBRE (PARTE 6)

10 agosto, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Una alarma penetrante sacudió el pecho de Jorge. Escuchó gritos sin entenderlos pero mímicamente se puso las botas, el peto y cogió un arma, como el resto de chavales que revoloteaban alrededor. Bajó las escaleras, cruzó tres puertas abiertas y tras la cuarta tuvo que fruncir los ojos para minimizar el golpe de luminosidad.

Alrededor, una pequeña explanada que acababa en una verja. Parpadeó. Notó un empujón y salió corriendo detrás de dos uniformes como el suyo. Uno era más pequeño. El otro mucho más grande, como para alguien mucho mayor, para un hombre. Sin embargo, él sabía que debería de tener más o menos su edad, porque todavía no habían salido de las instalaciones de la escuela.

Se agruparon en bloques frente a la puerta exterior y un oficial de los Cazadores les explicó que los puestos de seguridad de la ciudad habían sido rebasados. Que había que tomar medidas de choque. Que venían muchos. Que tenían que hacerse veteranos de golpe. Miró de nuevo a los dos muchachos que había seguido. El más bajo, vio ahora, tenía un desagradable lunar sobre el labio superior. Se le ocurrió que aquel lo iba a pasar mal.

Con la cabeza envuelta en una nube, como un turbante que burlara los límites duros del casco, Jorge salió del recinto de la escuela siguiendo una fila que recorría a la carrera calles en dirección al centro de la ciudad. En un momento dado la fila fue dividida («¡Tú, derecha!») y pasó a formar parte de un grupo de unos ocho chavales más un cabo mayor que se asomaba a una esquina. También vio que el chico corpulento y el bajito del lunar estaban en el mismo grupo.

Avanzaron calle a calle, asomándose en cada esquina. Para cuando se vio la Avenida de la Milla cortando al fondo, empezaron a escuchar gritos.

 

Eva se encontró a cuatro policías destrozados frente a las escaleras de acceso al Centro de Auxilio y Rehabilitación. Se obligó a continuar, subió una rampa lateral y atravesó las puertas automáticas que ahora estaban abiertas y quebradas. Como si se hubieran dado tanto de sí que hubieran perdido elasticidad. Decidió no pararse a utilizar símiles para los cuerpos desperdigados por el suelo o sobre el mostrador de recepción. Se miró el regazo y escuchó.

«Tap tap tap». Y ráfagas de arañazos. Venían de arriba. El resto del edificio estaba totalmente en silencio. El ascensor todavía funcionaba, así que lo llamó y el sonido del motor se sumó al íntimo trasiego que se oía arriba.

Cuando, en la planta superior, se descorrió el telón metálico del ascensor, Eva se encontró con un pasillo seco. Como una garganta que se hubiera desgastado de gritar. Una bata blanca, que no estaba vacía, se encogía contra una de las paredes. Un cuadro aséptico estaba tirado en el suelo. La luz estaba baja. Del fondo, más allá de ese pasillo, llegaban siseos y gruñidos.

Eva empujó sus ruedas sin prisa, pero con determinación. Atravesó el pasillo. Pasó sin mirar junto al bulto blanco. Salió a una sala distribuidora y observó, a su izquierda, una puerta de dos hojas, una de las cuales estaba abierta. También había un vigilante muerto. Definitivamente, los gruñidos venían de aquel pasillo. Y hacía allí se dirigió, sin prisa.

 

La fiesta en la Avenida de la Milla se había convertido en una matanza. El desfile había sido asaltado, desde los flancos, como un tren en marcha. Los hombres-lobo volaban de acera en acera. Libélulas gigantes, con patas acabadas en hoces, amerizaban sobre el asfalto. Sobre una de ellas iba montada una pálida chica humana. Un bosque de sauces apuñalaba con ramas afiladas a todo el que tenía la mala suerte de meterse en él.

«Fila cerrada. ¡Fila cerrada!». Jorge se vio convertido en una pieza más del muro de contención que se estaba formando. «¡De aquí no pasan! ¡Con vuestra vida!». No conocía a quien gritaba apasionado esas órdenes. Tampoco conocía a ninguno de los hombres y mujeres, absurdamente acicalados, que tenía a sus espaldas, asomando de coches negros, con móviles en la cara. Un pequeño segmento de la Avenida de la Milla se había convertido en un improvisado refugio, rodeado de vehículos y cazadores, para esas tres docenas de personas, entre las que estaba el alcalde.

Miró al frente. Venía un golem. Comenzaron los disparos.

 

Yemina Marwari observaba el cuadro de cristal de la puerta como si fuera una pantalla en la que se desarrollaba un teatrillo abstracto. Lenguas. Saliva. Uñas. Pelo. Las formas se transformaban unas en otras como en una lámpara de lava. Los sonidos, sin embargo, sí atravesaban la puerta. Se paseaban por la reducida celda, le hacían un guiño socarrón y volvían a salir.

La pared opuesta a la puerta no quería ceder, por mucho que la empujaba con su espalda. Se había hecho a la idea hacía un rato. Todo lo que había ido pasando aquel día se había solidificado en su estómago con retraso. El encierro. La resolución de Lucas. Los policías. El primer cuerpo inerte. Las ventanas traicioneras. El pasillo. Las puertas. El cerrojo. La mirada de Lucas. El otro lado de la puerta. Sabía lo que iba a pasar. Y era lo normal.

Entonces los ruidos dejaron de entrar. El cristal de la ventana estaba sucio pero transparente; ya no había dientes tratando de morder la superficie lisa. Marwari escuchó el chirrido del cerrojo corriéndose. Aguantó la respiración. Se preparó. Y se avergonzó del ridículo sollozo que soltó sin abrir la boca cuando vio la silla de ruedas enmarcada en la puerta abierta.

– Hola.

 

La línea defensiva de los Cazadores era cada vez más delgada. Jorge apuntaba sin disparar. El chico del lunar estaba muerto, un poco más adelante: se lo estaban comiendo por debajo del peto. El grandullón disparaba en primera línea. Jorge se miró la mano. Se miró la manga del uniforme. Apretó con los codos para sentir el peto blindado. Era un cazador. De la espalda del chico corpulento brotó una rama goteando una flor roja. Hecho un bulto voluminoso cayó al suelo, y por detrás emergió el resto del árbol. Junto a él se posó con una elegancia frágil una chica desnuda. Jorge la reconoció. Estaba en la plaza aquel día. Era de Antaviel. Mientras caminaba, ella lo miró. Él bajó el arma y cedió el paso. Siguiendo a la joven, los monstruos atravesaron la última barrera.

 

Marwari lloraba cuando recorrió el pasillo, empujando la silla de Eva, flanqueada por hombres-lobo inmóviles. No se atrevió a mirar el cuerpo de Lucas Moreno, pero sabía que estaría haciendo guardia junto a la puerta de su celda. Utilizaron el ascensor para bajar. Salieron a la calle por las puertas automáticas inutilizadas. Desde el alto donde estaba el Centro de Auxilio y Rehabilitación de Especies se veía todo el barrio. Antaviel estaba vacío.

 

El peto cayó haciendo un sonido hueco. Atrás quedaron las protestas del alcalde, los empresarios extranjeros y demás promotores del día de la “ciudad abierta” cuando los monstruos irrumpieron en su redil. Jorge abandonó una ciudad sin vida.

 

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #29

 

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