XXVI. SEGUNDO DÍA DE NOVIEMBRE (PARTE 4)

21 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

El aliento. Era como si saliera de una caja grande cerrada durante décadas. Un olor con grano y estrías, áspero, que ocupaba las fosas nasales que lo recibían desde abajo.

La presión. Se transmitía como una corriente por todo el armazón de metal, desde las ruedas hasta los apoyabrazos. Una ligera vibración continua que se propagaba a los muslos, la espalda, las manos.

La mirada. Bajo la franja sombría de una capucha curtida, entre mechones quebradizos, un brillo pequeño y punzante. Sagaz. Brutal.

Eva miraba hacia arriba sometida. Espectadora de la inevitabilidad. Uno de los sauces se había desviado de la cabalgata que descendía por la Avenida de la Bajada. Ahora se inclinaba sobre ella; los brazos bajados; sus dedos, como raíces, extendidos por toda la silla de ruedas, serpenteantes, enroscados a lo largo de la estructura metálica.

La chica podía sentir la proximidad de la corteza, la intimidad de un ser vetusto pero extremadamente vigoroso. Los mechones de su pelo nudoso, acabados en punta, colgaban a pocos centímetros de su cara.

Tras unos largos segundos de mutuo reconocimiento, el sauce pareció respingar en lo más profundo de su tronco. Se irguió lentamente, como un brazo mecánico, y con ese movimiento fue levantando la silla de Eva en el aire. A merced del monstruo, que la miraba a los ojos, se encontró calmada.

El sauce se giró y comenzó a caminar llevándola en vilo, un nido en sus ramas. Poco después, Eva avanzaba entre la procesión de criaturas. Navegaba, flotando en los vaivenes del ser que la transportaba, sobre un río de espuma chisporroteante que se dirigía inexorable hacia la Ciudad, filtrándose por todos los resquicios posibles.

Se dejó llevar, rodeada de trotes que le rozaban los tobillos y zumbidos sobre su cabeza. Por encima de todas las formas, reconocía, mucho más adelante, la espalda delgada de la chica-jinete, que montaba sobre un enorme insecto y parecía dirigir aquel ejército. Al final de la Avenida, sin embargo, vio cómo su montura salía del flujo principal y se dirigía a una bocacalle. Allí la depositó, se desenmarañó de su silla, la giró en redondo y la dio un leve empujón el sauce. «Vete», estaba diciendo.

Eva giró la cabeza para mirar al ser que la despedía toscamente. Lo miró a los ojos, reprochándole. Él la alejó más de sí. Se dio la vuelta y se marchó lentamente, de vuelta al río, cubierto por su túnica apagada.

La chica contempló la marcha de los monstruos todavía unos minutos. No parecía que fuera a acabar. Después volvió la cabeza y recorrió el camino que le habían impuesto. Poco a poco retornaron a su cabeza pensamientos comunes: las calles desiertas del barrio, las razones de su excursión, su familia. En unos minutos estaba subiendo por el bulevar con la idea de volver a casa. A no saber qué hacer. Pero se detuvo cuando escuchó un alarido furioso. Como una ráfaga de rabia que venía por el aire, capaz de mover las hojas de los árboles. Miró en aquella dirección y vio, sobresaliendo tras los pisos bajos del bulevar, el cerro del parque, coronado por el Centro de Auxilio y Rehabilitación.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #27

 

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