XXV. SEGUNDO DÍA DE NOVIEMBRE (PARTE 3)

14 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

– Te envié una copia de las llaves para que vinieras por la noche –dijo Marwari.

Lucas miraba por la ventana del despacho.

– ¿Qué piensas hacer?

Encima del escritorio había un par de carpetas abiertas. Varios archivos de texto estaban abiertos, solapándose en el monitor del ordenador. Marwari había dejado a Lucas ojearlos durante un rato, apartada para no molestarlo. Eran la selección de la labor detectivesca que había estado realizando en el Centro desde que volvió del hospital. La conclusión: desde la Ciudad se había preparado la “fuga” de El Sauce. Tenía que ser antes de hoy. Muchos en el Centro lo sabían y habían participado. Algunos ya tenían un piso en la ciudad y, probablemente, hoy estaban en la Avenida de la Milla, festejando.

Yemina Marwari había sentido enseguida la necesidad de compartirlo con Lucas, pero viéndolo ahora, tan relajado, disfrutando tal vez, pensó que era posible que se hubiera equivocado. Era un hombre de decisiones justas. Y contundentes. Y había llegado en mitad de la mañana y los había encerrado a todos allí. Se había equivocado.

Lucas seguía mirando por la ventana. Ella se encogió de brazos. Tras la puerta, desde los pasillos, llegaba un rumor leve de voces. En ocasiones se escuchaban pasos discretos que se paraban al otro lado de la puerta cerrada y, después de unos segundos, volvían a alejarse.

Lucas se giró y se pasó la mano por la cara como quien se acaba de despertar.

– Las ventanas de los despachos de abajo se abren, ¿verdad?

Yemina no dijo nada. El exdirector la miró hasta estar seguro de que no iba a responder y entonces comenzó a andar hacia la puerta. Ella lo interceptó:

– ¿Qué piensas hacer?

Antes de recibir respuesta observó cómo los ojos de Lucas la pasaban de largo y se posaban de nuevo en la ventana. Ella se giró y vio dos coches patrulla detenidos junto a las escaleras de la puerta principal. Tenían las luces encendidas. Junto a ellos, tres policías esperaban tranquilamente mientras otro hablaba por el teléfono móvil.

Lucas volvió a encaminarse a la puerta.

– Oye, Lucas. ¡Espera! ¿Por qué no cogemos todos estos papeles y se los bajamos…?

Una carcajada que podía moler piedra. Yemina tuvo que callarse y seguir a Lucas Moreno, que salía del despacho.

A su paso se cruzaban empleados de rostro serio que miraban sin discreción a la pareja. Nadie, sin embargo, decía nada. Llegaron al ala donde estaba la mayoría de celdas de residentes. Ningún vigilante hacía la ronda; debía de haber bajado al vestíbulo para ver que, en efecto, la puerta estaba cerrada.

– Lucas, no puedes…

– Bajas a un despacho de abajo y te sales por la ventana -dijo él sin mirarla.

– Esto no es una solución. ¿Soltar a los monstruos? ¿Para qué? La gente no…

– Al final todos saldrán por la ventana. O romperán la puerta. Estos pobres no tienen fuerzas más que para dar algún susto.

– Lucas, te has vuelto loco. Así lo jodes todo.

– Pues que se joda. Se merecen un golpe. Se merecen una buena hostia. Que haya puertas cerradas aquí ya no tiene sentido.

Moreno encaró el primer pasillo de celdas con determinación. Sin atreverse a detenerlo, Yemina salió corriendo de vuelta hacia el despacho donde habían estado antes, haciendo caso omiso de las miradas de alarma que atraía. Entró derrapando. En el escritorio no estaba su copia de las llaves.

– ¡Mierda! -gritó.

Cuando bajó al vestíbulo, un grupo de ocho personas estaba alrededor de la puerta, empezando a forcejear con ella. Le hacían gestos resignados a los policías del otro lado.

– Yemina, tú has abierto hoy, ¿verdad? Tienes una llave.

Empujó a los que estaban más cerca de la puerta y forcejeó con violencia. El resto se apartó.

– Yemina, ¿qué narices…?

– ¡Hay que salir por las ventanas! ¡Todos! ¡Vamos! -Alrededor de ella había ya unas veinte personas, prácticamente todo el personal, mirándola con desconfianza.

¡Cling! La puerta del ascensor se abrió y de ella salió Lucas Moreno. Sereno. Mirando a todos con picardía. Desde las plantas de arriba llegó, reverberando, lamiendo las paredes, un quejido agudo y arrastrado. Uno que no era humano. Moreno sonrió.

Uno de los vigilantes se impuso y embistió la puerta principal acristalada con el hombro. Resistía más de lo que parecía. Dio un par de pasos atrás y lanzó una patada brutal que hizo resquebrajarse el cristal. No tardaría en abrirla, aunque algunos comenzaron a marchar hacia los despachos cercanos.

– Damas. Caballeros. -empezó a decir Lucas-. A veces, para que un acto tenga consecuencias, hay poner un poquito de parte de uno. No dudo de que no tardarán en escaparse como ratas, pero… -ahí se detuvo. Algo afuera había captado su atención.

La gente que no se había ido a los despachos y que lo estaba escuchando, como para ver cómo acababa el relato, pareció un poco defraudada. Entonces se oyó un alarido. Se giraron hacia el exterior.

Afuera, dos formidables moles antropomórficas, con músculos de piedra, jugaban a los peleles con los policías. Uno de los golems usaba a un agente como un trapo para sacudir el polvo de un coche patrulla abollado. Alrededor, unas criaturas como chimpancés mordían y arrancaban los neumáticos de los coches o saltaban sobre los cuerpos inmóviles en el suelo. Los que no estaban demasiado aturdidos pudieron ver también cómo algún licántropo se lanzaba a trepar una pared lateral del edificio.

Instintivamente, como los demás, Yemina se alejó del cristal fragmentado.

– Joder -masculló Lucas.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #26

 

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