XXIV. SEGUNDO DÍA DE NOVIEMBRE (PARTE 2)

6 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Tenía el brik levantado por encima del hombro y era imposible estrujarlo más. Había salido de la cama con el único pensamiento de tomarse un zumo de naranja, pero estaba resultando imposible, más allá del escuálido chorro que había caído dentro del vaso antes de que únicamente saliera aire.

Eva miró al salón a través de la puerta de la cocina. En la tele había un reportero gesticulando con la mano agarrotada. «Ya pueden ver que la Avenida de la Milla está a rebosar. Y es que todo está listo para que por aquí desfilen (…)». Y por supuesto, el infinitivo chinesco: «Recordar a todos los ciudadanos, eso sí, que los accesos cercanos permanecerán cerrados (…)». Después miró a la puerta cerrada del cuarto de sus padres. Su madre llevaba varios días seguidos con migraña y, sin pastillas, prefería quedarse en la cama. Por último miró a través de la ventana. La plaza del 13 estaba vacía, como venía siendo costumbre. Aunque hacía ya bastante tiempo desde la última vez que alguien había tenido algún encontronazo. El último, probablemente, había sido el del golem. Cerró los ojos.

Pocos minutos después, Eva salía del portal con una bolsa de tela sobre las rodillas. Bajó su calle, vio cómo algunas tiendas tenían el cierre echado. Un perro corría persiguiendo una bolsa que el aire empujaba de un lado para otro.

Pasó junto a la Cuesta de Caracol y se detuvo un instante. Miró cómo subía, en una curva de asfalto rugoso. Observó las grietas, las piedrecillas negras sueltas. Se acarició suavemente las rodillas. Siguió.

A su izquierda apareció el pequeño edificio al borde del parque. Puesto que el servicio de limpieza había olvidado sus obligaciones con Antaviel, ahora se utilizaba a todas horas para labores de vigilancia. Dentro había un hombre serio, ya entrado en edad, que estaba enroscando un termo de café. Al advertir la presencia de Eva, se quedó mirándola fijamente, sin cambiar de postura.

Así pudo ver cómo la chica pasaba por delante de las ventanas de su oficina y se dirigía al parque. El vigilante arqueó las cejas. Ella condujo su silla hasta el paseo tras el cual terminaba Antaviel. Respiró el aire fresco. Olía realmente bien. Húmedo. Limpio. Desde donde estaba, el paisaje se extendía como una sábana que se hubiera sacudido al aire para que se posara lo más estirada posible. Una pizca de niebla difuminaba los detalles ocres, verdes y grises. A Eva le pareció que esa niebla se movía despacio, como una suave espuma de jabón que inflase un chorro de agua. En medio del silencio le pareció incluso escuchar cómo algunas pompas explotaban. Se acordó de seguir, le dio la espalda al parque y continuó su camino.

Zumo y las pastillas. Sabía que eran cosas que no iba a encontrar en Antaviel fácilmente y por eso se dirigió directamente hacia el metro. A medida que se aproximaba a la boca cuadrada de piedra gris, notó que le iba creciendo una bola caliente en la boca del estómago. Empujó las ruedas con indudable exceso de energía. Dos policías vigilaban el acceso. Uno de ellos se adelantó un paso cuando la vio acercarse.

– El servicio está suspendido.

Eva inspiró e hizo el amago de esquivarlo para continuar su camino, pero el chico uniformado se recolocó para bloquearla.

– Mira, aunque te dejase pasar ningún tren va en dirección a la Ciudad.

– Ya me imagino que hay un cementerio de trenes al final de la línea -Eva no levantó la vista mientras hablaba.

Al policía le hizo gracia el comentario.

– Los trenes que suben van vacíos y no paran. De verdad, date la vuelta. Entiendo que…

Mientras el muchacho se excusaba, rebosante de comprensión, un murmullo secuestró la atención de Eva. Vino desde detrás, un poco por el lado derecho, y se parecía al sonido del grifo abierto olvidado en otra habitación.

– … pero no podemos hacer nada hoy -decía el policía.

El rumor se hizo más presente, Eva se giró y hasta los dos agentes levantaron la vista, desconcertados.

Al fondo, el comienzo de la amplia calle que bajaba hasta el metro era un cuadro inestable. Se movía y se deformaba, revelándose contra los límites que le marcaban las paredes de ladrillo, los balcones, las aceras y el cielo. Reverberaba imbuido en neblina. Temblequeaba. Exhalaba un continuo flujo de aire. Se retorcía.

Eva percibió la calle desencajada antes de procesar la naturaleza real de los sonidos y las imágenes que venían contra ella. Ruidos de zancadas planas, de saltos contra las paredes, de trotes, zumbidos, gruñidos. Siluetas fugaces, grises, mechones de pelo, puños de piedra, alas de cristal.

Un golpe violento la sacó de su pasmo. Como una bala, un licántropo había saltado contra el policía con el que hablaba hacía unos segundos, tirándolo al suelo con el impacto. Agachó la mirada y vio cómo el animal atenazaba los brazos uniformados con sus garras y sacudía el cuello con sus mandíbulas. El otro compañero corría una suerte parecida, con la espalda arqueada de forma antinatural contra la piedra de la entrada al metro.

Eva comenzó a hormiguear, recuperándose para reaccionar. Otros licántropos pasaban junto a ella como ráfagas y bajaban las escaleras hacia el subterráneo. Más despacio les seguían otras figuras, angulosas, afiladas, de escamas, de pelo, de cuernos. También de madera: un par de “sauces” bajaban la calle con paso solemne.

Aspirando aire a bocanadas y soltando gemidos con cada brazada, Eva huyó. Dejó atrás aquella corriente densa que se metía en el metro, o que seguía su camino por la superficie. Siempre hacia el norte.

Ella se alejó, giró todas las esquinas posibles para llegar a calles más pequeñas, e ignoró los siseos y los aullidos que rebotaban por todas partes. Gritó. Se hizo daño en los brazos. Sus pensamientos eran papeles mojados.

Recorrió una última calle y se detuvo en seco cuando ante ella se abrió la Avenida de la Bajada. Encogida, observó cómo miles de criaturas la bajaban en comitiva, cada a un paso, pero todas en la misma dirección: el extremo norte de Antaviel. Cabezas gruesas, dentaduras toscas, colas arrastradas, brazos etéreos. La cabalgata había comenzado.

Y, como capitaneándola desde la altura, sobre un corcel volador alargado de patas de alambre, ojos esféricos y alas como caleidoscopios, cabalgaba majestuosamente una chica que ya había visto antes. Estaba más pálida y su gesto era más duro. Pero recordaba haberla observado un día desde su ventana, sentada tímidamente, con las manos metidas entre las piernas.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #25

 

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