XXIII. SEGUNDO DÍA DE NOVIEMBRE (PARTE 1)

4 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Lucas Moreno metió la llave en la cerradura anticipando todo lo que iba a encontrarse cuando abriese la puerta. Llevaba tiempo sin pasar por casa. Penumbra, formas, olor.

 

La casa estaba limpia, oscura y olía a cerrado. En la penumbra se dibujaban siluetas negras, de formas redondeadas (el brazo del sofá, a la derecha), cuadradas (la voluminosa librería de la pared izquierda) o sin definir (una silla se solapaba con un jarrón y algo de espacio vacío). El pasillo que llevaba hasta el dormitorio estaba vacío igualmente, excepto por aquel cuadro impersonal que a la baja luz servía de espejo. El dormitorio también vacío. Las cortinas pesadas corridas, la cama perfectamente hecha. El mármol del baño era lo único que no sumaba carga al ambiente, fresco, pulido, reluciente a pesar de la oscuridad. No obstante, que no tuviera un espejo le daba un punto inevitable de opresión.

Los agentes de policía recorrieron de vuelta el pasillo. Uno de ellos usó su teléfono móvil. «No está. Sí, hemos entrado pero no está».

Antes de irse, el otro se fijó en un paquete abierto, tirado sobre el sofá del salón. Dentro había varios folios que explicaban una historia en la que aparecía el nombre del alcalde, de varias personas más, del Centro para los monstruos de Antaviel y del espécimen que causó el caos aquel: El Sauce. No era un sobre, era un paquete, así que probablemente dentro había viajado algo más que aquellos folios.

 

Lucas Moreno metió la llave en el contacto del coche y el motor arrancó. Lo dejó ronronear, sin prisa. Intuyó que iba a disfrutar aquel paseo a Antaviel. Hacía muchos días que nada le producía un cosquilleo. Pisó el embrague y, con su pie derecho, hundió despacio el pedal del acelerador.

 

Otro policía entró en la sala de juicios y, tocándose la nariz, se dirigió hacia el juez. Mientras la recorría, observado sin discreción por todos los presentes, pensó que, qué hostias, parecía que el que le había grapado la cara a un tío hubiera sido él. Lo cierto es que apenas había dos personas sentadas en las bancadas del público, además de los abogados, el juez y el denunciante, un joven robusto que aún tenía la cara hecha un cristo.

Se acercó al juez y le comentó en voz baja. Mientras se suspendía la vista, el agente no pudo evitar quedarse observando la reacción del chaval: resoplido, manos a la cabeza, negación, manos a las rodillas, levantamiento rudo, «vaya mierda de justicia y de su p…», dejar la puerta de madera cerrarse con un portazo.

 

Lucas Moreno dio pocas explicaciones en el control de carretera. Salir de la Ciudad era fácil. Hoy más que nunca. Lo difícil era entrar. Bien es cierto que algunos minutos después alguien había avisado y un coche patrulla salió en la misma dirección que Moreno había tomado.

 

El chico, alto y serio, se encendió un cigarrillo y se acarició la cara palpando los desniveles lisos de las cicatrices, algo que ya se había convertido en un tic. Paseó un rato, callejeando, hasta que llegó a un nudo de calles en las que cada vez había más gente caminando en la misma dirección. Calada tras calada, y pensando que en esas podría hacerse el loco e ignorar la orden de volver a Antaviel y a su trabajo en el Centro después del juicio, llegó a la Avenida de la Milla, totalmente abarrotada de gente que daba la espalda.

Era 2 de noviembre. Quedaba poco para el mediodía, y el joven se animó con el ambiente festivo. La amplia avenida cortada, las banderas (“Ciudad abierta”), la expectación, el día soleado aunque fresco que había amanecido. Definitivamente se quedaría a comer por allí. Ya volvería más tarde al barrio.

 

Lucas Moreno metió la llave en la cerradura y la giró. Se dio la vuelta, sin poder contenerse una sonrisa. Los empleados tras el mostrador de recepción del Centro de Auxilio y Rehabilitación de Especies lo miraban embobados. ¿Aquel que acababa de echar el cerrojo en la puerta principal, desde dentro, no era Moreno?

Se abrieron las puertas del ascensor. Dentro la silueta de Yemina Marwari, inmóvil, erguida. Las puertas comenzaron a cerrarse de nuevo, pero la joven bloqueó el movimiento poniendo la mano en el sensor. Lucas fue hacia la abertura sostenida por Marwari, entró en la cabina y las puertas, ahora sí, se cerraron.

Como pajarillos a la espera de que se fuera la mano que había tirado unas migas de pan en el suelo, los pocos empleados que había en el vestíbulo se asomaron a la puerta metálica del ascensor, mirando al numerito rojo que crecía. Al poco fueron conscientes, con media sorpresa, de que la copia de las llaves de la entrada que siempre había bajo el mostrador, para que el último cerrase, había desaparecido.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #24

 

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