En el límite sureste de Antaviel hay un parque alargado. En él, uno más dentro de una hilera, se yergue un plátano de sombra debajo de un cielo nublado.

Como los demás, empezó a palidecer hace unas semanas. Sus hojas puntiagudas se han ido desinflando. Ya no sobresalen tersas y ahora penden de un tallo débil como un hilo. Forman una red de anémicas manchas doradas, marrones y verdes, que se descuelga de las ramas.

A los pies del árbol ya hay algunas hojas aplastadas. Su forma y su tamaño recuerdan a los de una mano extendida, que ha sido pisoteada tantas veces que se ha quedado pegada al suelo. Hay también una bola con pelillo, aún unida al tallo, seca, medio abierta, destripada, con las semillas ya estériles esparcidas.

Cae la primera gota. Estalla en el centro de una de las hojas del suelo. Varias veces cada noche una sacudida despierta a Eva y después tarda un buen rato en dormirse de nuevo.

El viento sacude la red lánguida del plátano de sombra, y se oye un siseo progresivo. Las hojas de las capas superiores hacen de membranas amplificando la percusión de la lluvia que comienza. Una hoja dorada, movida por el aire y las gotas, da palmadas a la que tiene justo debajo, que conserva su tono aún verdoso. Jorge hace estiramientos sentado en el suelo de una sala blanca, supervisado por un fisioterapeuta. Solo va algunos días. El resto los pasa ya en la residencia del Cuartel del Cuerpo Especial de Cazadores, y haciendo el preparatorio para el curso que comienza pronto.

La tierra al pie del tronco se prepara para mojarse. Una palma puntiaguda se desprende de una de las ramas y planea en descenso, empujada por el golpeteo de diminutas gotas de agua. Lucas Moreno está viviendo algo así como una prejubilación. Vive en su apartamento de la Ciudad. Está esperando un juicio por agresiones. Sale a caminar de vez en cuando. Pasa de largo carteles en los que pone “Ciudad abierta”.

Otra hoja cae despacio, chocando intermitentemente con el tronco desconchado del plátano de sombra. Acaba posándose justo al lado de la anterior. Sus puntas se tocan. Yemina Marwari está yendo cada día a trabajar al Centro de Auxilio y Rehabilitación de Especies. Silenciosa. Diligente. Observada. Revisando archivos. Tomando notas. Buscando.

El silbido del viento sube un tono y medio. Todo se arremolina hacia el este. Se escucha un trueno y la lluvia rompe del todo. Un pequeño torbellino revuelve y levanta las hojas que no están demasiado pegadas al suelo. El plátano de sombra pierde de golpe varios pedazos de su red, que salen volando por encima del tronco desamparado. Una de ellas, dorada impoluta, vuela más lejos que el resto, transportada con violencia. Se pierde hacia arriba, más allá del parque. De Esmeralda no se sabe nada desde que perdió las alas.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #23

 

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