Yemina Marwari se incorporó despacio sobre las sábanas azules. Se quedó unos segundos sentada, con las piernas colgando a un lado de la cama, sosteniéndose sobre sus brazos. Apenas tenía la cara hinchada, aunque todavía podían vérsele algunas manchas violáceas aquí y allá. Hizo un esfuerzo para alcanzar su ropa. Le habían dado quince minutos. Cada gesto le dolía.

Sobre la mesilla, a su derecha, había una postal. El texto “Asociación Deportiva Antaviel” atravesaba en diagonal una fotografía aérea de un estadio de fútbol humilde, rodeado de pisos de ladrillo rojo. Ya había leído lo que ponía al dorso: “Me pasé pero no quise despertarte. Espero que te mejores. Lucas M.”. Se rio con la nariz, asintiendo con los ojos cerrados.

Un rato después se cruzaba con batas blancas en el pasillo. Los golpes de la goma de las muletas se intercalaban con el arrastre de sus zapatillas de hacer deporte. Pasó delante de una puerta abierta. Dentro de la sala, un chaval estaba sentado en la cama, tapado hasta la cintura. Miraba por la ventana pensativo, tocándose el antebrazo. Clavó sus muletas un momento, tratando de descifrar por dónde habría pasado aquel joven preocupado. Este debió de percibir que alguien trataba de leerlo y miró hacia la puerta. Marwari parpadeó y puso las muletas a trabajar de nuevo.

Se detuvo delante del mostrador de recepción. Intercambió algunas palabras con el recepcionista y se despidió con una sonrisa cortés. Las puertas automáticas del hospital se abrieron y ya estaba fuera, en un día fresco y nublado. Quedaban dos semanas para noviembre y el otoño ya se dejaba sentir indiscretamente.

Puso dirección al metro. Los altos edificios y la gente apresurada de la ciudad la hicieron sentir que todavía no tenía la cabeza para esforzarse. Tenía ganas de volver a su calle pequeña, a su piso acogedor. ¿Cómo estaría? Seguramente tocaría recoger un poco, tanto como su dolor se lo permitiese. Tuvo una necesidad intensa de recogerse. Y, cuando llegó al país, fue Antaviel el sitio que la recogió, desde el primer día. Sin suspicacias. A pesar de todo.

Le costó bajar las escaleras del acceso a la estación de metro de Hospital. Cogió ambas muletas con una mano y fue descendiendo apoyándose con la otra en la barandilla. Hubo quien se molestó por tener que esquivarla.

Cuando metió el billete en la ranura del torniquete, notó cómo el vigilante de seguridad se quedaba mirándola.

– Disculpe. ¿Necesita ayuda para bajar al andén?

– No. Muchas gracias -contestó ella.

– De acuerdo… -el vigilante dudó un instante-. ¿Puedo preguntarle hacia dónde va?

No se esperaba esa pregunta, por lo que tardó en contestar.

– Voy a Antaviel…

– Ya veo -el vigilante parecía incómodo-. Bueno, debo comunicarle, como a todos los pasajeros que van hacia allí, que las comunicaciones desde Antaviel están temporalmente interrumpidas. ¿Lo entiende? Si se va, no podrá volver a la ciudad hasta que la política de seguridad cambie.

 

Sentada en un asiento, en un vagón vacío, Yemina Marwari recordó el momento en que le habían comentado en el hospital, de manera rutinaria, lo de irse a Antaviel. No le importó demasiado, sólo quería volver a casa. Tenía miedo. Le habían dicho que lo habían cazado, pero le flaqueaban las piernas cada vez que recordaba aquel torso de madera, alto, tan cerca. Por suerte podía sostenerse en las muletas.

Hasta ese momento, envuelta en un túnel subterráneo, no había pensado en volver al Centro. Ni siquiera cuando recibió la postal de Lucas. Entonces aún se estaba recuperando. Pensó en el campo de fútbol. “No quería despertarte”. El señor Lucas Moreno era un gilipollas, pero no era malo. Su resolución, dura, libre de contemplaciones sociales o estéticas, era algo que había admirado desde el primer día. No era amable. Pero fue él quien le dio las llaves para entrar en las áreas seguras del centro, donde no todos los vigilantes tenían derecho a entrar.

 

Cuando vio el Centro a lo lejos, rodeado de árboles, ya se arrepintió de no haber ido directamente a casa, donde no había aullidos, ni arañazos, ni golpes. Se le aflojaron los brazos y estuvo a punto de caer al suelo. Inspiró. Expiró. Volvió a empuñar las muletas y siguió avanzando. Una lágrima se le escapó cuando llegó al pie de las escaleras de entrada. Le vino a la cabeza una tormenta de flashes y obturadores. Y un golpe sordo. La fachada comenzó a desdibujarse. La boca segregó un sabor particular…

Ya estaba allí, así que superó las escaleras. Y superó los saludos del vestíbulo. Angustiada, se había anticipado a las preguntas y las manos compasivas en el brazo, pero no hubo nada de eso. Solo réplicas extrañadas a sus saludos y miradas desconfiadas.

Se metió en el ascensor y se dirigió al despacho de Lucas Moreno. A medida que se aproximaba a la puerta cerrada, sabía que no lo encontraría allí. Había algo distinto y extraño, y no le encajaba encontrarse a su jefe en este nuevo ambiente. En este Centro nuevo. En efecto, cuando abrió la puerta, el despacho estaba vacío.

Recorrió un par de salas más. Habló con algunos compañeros. Dejó de pensar en los monstruos detrás de las puertas y algo hizo que se enfadara. Algo que todavía no llegaba a racionalizar. Adela, la novata a la que un día pilló fumando marihuana en el baño, fue la única que se alegró de verla.

– Tía, es mejor que no preguntes. Aquí todo está muy raro.

– ¿Pero han comentado si van a cerrar el Centro o algo?

– No. O sea, se supone que todo va a seguir funcionando igual. Los huéspedes se quedan donde están y aquí nadie va a dejar de cobrar. Vaya, algunos incluso están cobrando más…

– ¿Entonces?

– Entonces no sé. Muchos vienen y parece que no vengan a trabajar. Como que se ríen de ti si preguntas si se ha hecho algún servicio o se ha limpiado alguna celda.

Yemina Marwari se sintió más amoratada según escuchaba a su compañera. Con los huesos más apretados. Un joven vigilante, alto y musculoso, con la cara llena de heridas, pasó junto a las chicas. Después se volvió, sin disimular una mirada reprobadora. Marwari agarró con fuerza las muletas y se las llevó, sin que tocaran el suelo. Todavía necesitaba recogerse en casa. Cojear un poco más. Pero ya había decidido que volvería al Centro. A cuidar de los monstruos.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #22

 

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