Bip. Bip. Bip. Varios tubos de goma penetraban en Jorge. Lo habían pescado justo antes de hundirse y ahora lo sujetaban para mantenerlo a flote.

Bip. Bip. Bip. La doctora entró en la habitación como cada día. Lo miró desde sus gafas de pasta negra, escudada en su carpeta. Apretó los labios. Cuando la llamase la familia, les contaría que seguía igual. Mal. Pero algo le decía que se iba a recuperar.

Bip. Bip. Bip. Alguien había dejado abierta la ventana. Entraba aire fresco. Se oía trasiego afuera, cláxones, motores. La esquina de la sábana azul era mecida suavemente.

Bip. Bip. Bip. Entraron una periodista y un fotógrafo. Hicieron unas fotos. Se quedaron un rato mirando, a ver si el chico se movía o apretaba los párpados. Se marcharon.

Bip. Bip. Bip. Una mosca se posó en la mano derecha, inerte. Sus patas se metieron en las hendiduras de los nudillos. Se frotó las de delante. Había mucha tranquilidad. Se quedó un rato.

Bip. Bip. Bip. La doctora llevaba un par de minutos largos mirando al joven con el torso vendado y la mascarilla de oxígeno en la boca. Parecía un piloto aventurero. ¿Sobre qué territorios estaría volando ahora? Entró el enfermero. Ella salió.

Bip. Bip. Bip. «Eres famoso, chaval. Cuando te despiertes vas a flipar. Aunque, la verdad, si yo fuera quien se encarga de cuánto tiempo se pone cada noticia, habrías salido bastante más en la tele. Pero vaya, te dará para ligar lo tuyo. Si te despiertas de una vez. Que estoy hasta las narices de limpiarte, macho».

Bip. Bip. Bip. Un calcetín que sobresale del extremo de una sábana; eso es algo considerablemente expresivo. Envuelve un pie que no suele enseñar su planta, sensible en su zona central. Que no está hecho para moverse en ese ángulo, con la gravedad girada. Cuyos dedos quedan expuestos, poco útiles, diminutos. De repente se mueve. Gira un poco hacia la izquierda, sin ninguna utilidad locomotora. Los pequeños dedos se encogen lentamente. El resto del cuerpo no se ha movido.

Silencio.

Jorge miraba por la ventana. Seguía siendo un títere de las sondas, pero ya no tenía puesta la mascarilla y estaba empezando a comer sólido (aunque cuando bajaba, le dolía). Entró la doctora con sus gafas de pasta negra.

– Buenas. ¿Cómo estás hoy? -le dijo, sonriendo.

– Eh… Bien. Duele, pero…

– La herida está curando bien. Tuviste suerte y esas cosas.

Jorge no respondió. Cada vez que recordaba la Plaza del 13 se sentía extraño. Nada de orgullo. Ni realización. Si acaso vértigo. Y un hueco vacío en un lado del estómago. Y miedo.

– Oye, tienes una visita.

– ¿Mi madre?

– No -la doctora frunce los labios-. Ya sabes que, por el momento, no está permitido el acceso a la ciudad desde Antaviel. Pero tu familia sabe que ya estás mejor. No te preocupes.

La doctora se sienta al lado del chico.

– Ha venido a verte alguien de Seguridad. Mira, si no quieres, puedo decirle que aún no estás en condiciones.

Jorge no sabe qué responder. Al final, pasa a la habitación un hombre de unos sesenta años, vestido de traje, que se sienta donde antes estuviera la doctora. Su gesto es afable, pero rasgos duros asoman por debajo.

– Desde luego eres un chico muy fuerte.

– Gracias… -contesta Jorge-.

– Mira, sé que necesitas descansar, así que no te molestaré mucho. Son solo dos cosas que me han pedido que venga a decirte, como subdirector general del Cuerpo Especial de Cazadores.

– …

– La primera es que has salido en las noticias. Ya te habrás enterado. Lo que hiciste fue admirable, realmente -aquí hizo una pausa-. Mereces cualquier felicitación y halago que escuches en los próximos días. Pero me voy a permitir un consejo: mantén los pies en el suelo. Verás, he visto casos parecidos y, a veces, uno puede llegar a creer que las cosas son más grandes de lo que son… Pies en el suelo. Es solo un consejo, chico.

Jorge asintió levemente con la cabeza, sin saber qué decir. Así, el subdirector continuó:

– Lo segundo es que, en cualquier caso, tienes madera -aquí hizo un amago de ir a palmearle el hombro, pero se detuvo al observar las vendas a las que iba destinada su mano-. Y por eso me gustaría, personalmente, invitarte a que te unas al Cuerpo de Cazadores. Como alumno de la escuela, de momento.

Jorge seguía callando.

– ¿Te gustaría?

– Oh… Sí, por supuesto -Jorge encontró que hubiera sido incoherente consigo mismo decir otra cosa. Aunque en ese momento se sorprendió al contestar sin demasiada convicción.

– ¡Muy bien! Me alegra oír eso. Pues nada más. Ahora recupérate y descuida. Cuando estés fuerte de nuevo, alguien te irá informando.

– De acuerdo. Gracias.

– A ti, hombre -el hombre miró su reloj-. Bueno, tengo que irme. Mejórate.

Antes de salir, el subdirector general de los Cazadores se giró por última vez.

– Por cierto… No es algo de lo que tengas que preocuparte ahora. Pero la situación… En fin, quiero decir que unirte a los Cazadores es una gran decisión -miró al suelo fugazmente-. Si volvieras a Antaviel, probablemente no podrías salir de allí por un tiempo.

Salió y cerró la puerta. Jorge se quedó allí, cubierto por una sábana fina y atado a unos cuantos tubos de goma.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #20

Comentarios (2)

  • fisherwoman . 25 mayo, 2017 . Responder

    Muy bueno, deseando que llegue el próximo capítulo!

    • (Autor) El Doble . 26 mayo, 2017 . Responder

      Muchísimas gracias. A punto está de caer…

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com