Ya empezaba a hacerse de noche antes. Cuando el sol se iba, una luz baja, serena, impregnaba las aceras, los coches aparcados, las ventanas. El cielo estaba en un estado de transición, en un azul apagado y profundo. El aire era fresco y solo olía así en aquel momento. Al que salía a la calle lo pillaba por sorpresa. Mejor no decir nada, porque todo era muy frágil en ese momento. Como cuando se quita una venda de una herida fresca para poner otra.

Esmeralda inspiró profundamente al salir del portal. Caminó despacio. El fulgor anaranjado de una hilera de farolas recién encendidas le punteaba intermitentemente la comisura del ojo derecho. Iba un poco encorvada. Tenía miedo de estirar mucho la piel de la espalda. Nunca le habían puesto grapas y pensaba que tal vez se fueran a saltar. Sentía un escozor agudo, doloroso, entre los omoplatos, un poco más abajo. Su tía le había dicho: «Apunta», y unas horas después ya tenía cita en la clínica: un tercer piso donde también hacían curas y expedían certificados psicotécnicos.

En un cuarto pequeño, sobre un papel poroso verde con manchitas de sangre, habían quedado dos láminas alargadas que brillaban bajo la luz blanquecina del fluorescente. Había cambiado las alas por gasas y algodón, como para no hacer tan traumática la amputación. Notaba dos bultos en la espalda. Y el dolor agudo debajo. Cuando le preguntaron dijo que no. «¿Las meto en una bolsa o qué?». Tuvo que forzar un poco la ironía, porque la doctora trataba de naturalizarlo todo. Tener alas en la espalda no era normal. No quería más bromas privadas sobre hadas y ángeles. De pequeña siempre se ponía mala del estómago en Carnaval. No quería prepararse cada vez que alguien le tocaba la espalda. No quería ver una mirada como la que vio el otro día en una habitación compartida, en el cuartel del Cuerpo Especial de Cazadores.

Sin embargo, lo cierto es que su espalda dolorida no se sentía como algo natural ahora. No era el escozor de estar curándose una herida. El ardor llegaba más adentro, atravesaba la piel y excavaba la carne hasta el hueso. Y cuando se fuera, no iba a dejar alivio, sino un hueco. Aquel gesto agradable, ya inconsciente, de mover los hombros hacia atrás para notar las protuberancias, iba a resultar amargo hasta que se le quitara la costumbre de hacerlo.

Subió por el bulevar. Pasó la tienda de su tía, cerrada. Giró a la izquierda y después se desvió un poco para sentarse en un banco del parque, bajo una farola, antes de subir a casa. Enseguida volvió a levantarse porque le tiraba la espalda. Sacó un cigarrillo y se abrazó sin fuerza. Ya había anochecido completamente, y no había nadie en el parque. Recordó que debía tener un poco más de cuidado ahora. Se suponía que habían limitado la asignación de seguridad para la zona inestable que era Antaviel. Pero de momento, desde el episodio del hombre-árbol, no se había notado demasiada diferencia.

Una voluta de humo subió hacia arriba, perfectamente recortada contra el cielo oscuro. La vio elevarse flotando, oscilando levemente como una pluma a velocidad inversa. Se difuminó y desapareció, y Esmeralda comenzó a llorar. Era un llanto que salía directamente de la cabeza y arrugaba la cara. Una purga. Un vómito transparente. Ráfagas de presión que contraían primero y aliviaban después. Sin soltar el cigarrillo ni dejar de abrazarse, sin encorvarse demasiado, se fue vaciando sobre la arena del parque.

Y desde el mismo punto por el que había subido hasta desvanecerse la voluta de humo, bajó un zumbido. Esmeralda tardó unos segundos en escucharlo. Sorbió por la nariz y miró hacia arriba con ojos brillantes. Unas líneas grises fueron cogiendo forma, uniéndose unas con otras, hasta componer una silueta alargada y angulosa. Tenía unos ojos turquesa, protuberantes, dos hileras de patas que acababan en pinza, y unas alas transparentes que, cuando estuvieron a la altura de la farola, brillaron como un caleidoscopio.

Esmeralda emprendió un ascenso vertical. Por encima del banco y la farola. De la curva del camino de tierra flanqueado por césped. De las azoteas cuadradas y de la gruesa brecha del bulevar. Todo el tiempo fue mirando hacia abajo. Hacia el barrio. Hacia las ventanas. Y se acordó de un dibujo que había hecho una vez, de pequeña, de una niña-ángel con pecas enormes, el día en que a su madre se la llevaron volando también.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #18

 

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