Habían dejado suelto a El Sauce. Lucas Moreno lo había visto justo antes de que se escapara, y estaba sentado, relajado, meditando como una unión de Buda y el árbol. De nuevo, mientras revisaba las grabaciones de las cámaras de seguridad, recordó el gesto serio del empleado que se cruzó con él y entró en la sala justo después. El responsable de control esperaba detrás con los brazos cruzados, con mirada ácida, después de que Lucas le quitara de los mandos del reproductor de vídeo. No había nada. Imágenes plácidas. El Sauce sentado. Los vigilantes charlando en el pasillo. Ni siquiera se veía a aquel empleado entrar en la sala. Ni a El Sauce salir de su caja de cristal. Lucas saliendo de la sala. Tranquilidad. Corte a puerta abierta y caja vacía.

Yemina Marwari estaba llena de tubos en el Hospital General Metropolitano, en la ciudad. En Antaviel no había un centro médico equipado con UCI que fuera capaz de mantener a raya esa cara hinchada, esa piel embadurnada de manchas violáceas, esos huesos rotos. Lucas lo sabía porque se lo habían contado. Él no se había acercado al hospital aún. Y ahora lo iba a tener complicado, teniendo en cuenta que Antaviel estaba en cuarentena y nadie podía entrar ni salir. Especialmente salir. Marwari había tenido ese punto de suerte, quedándose en la parte buena de casualidad.

En el comedor del Centro de Auxilio era la hora del ruido y los olores. Cuando alguien llevaba pescado y sacaba el tupper del microondas era desagradable tener que abrir la boca hasta para hablar. A menos que te encantase el pescado. Si eras una foca, por ejemplo. En más de una ocasión el olor había llegado a poner nervioso a algún huésped: memorable fue aquella vez que El Pingüino se deshizo los dientes negros contra la puerta de su celda, un mediodía a las 2.

En la sala de control se había vuelto a quedar solo delante de los monitores el vigilante. El despacho de Lucas Moreno estaba vacío, la puerta abierta y en su escritorio faltaba un objeto, muy corriente por lo demás.

Si nos giramos dejando el escritorio a nuestras espaldas y atravesamos la puerta abierta, girando hacia la izquierda por el pasillo para seguir los pasos duros y rápidos, nos vamos encontrando que cada vez huele más a pescado. Tendremos que aumentar la velocidad para alcanzar los zapatos negros y la bata blanca de Lucas que ondea ostensiblemente justo cuando abre de un golpe con ambas manos la puerta del comedor. Protegidos por la espalda del director del centro, atravesamos el comedor y comprobamos cómo todo el mundo se gira hacia quien nos precede. Y se hace el silencio. Es mejor quedarnos parados en cierto punto, invisibles, y dejar que Lucas se acerque a una de las mesas llena de vigilantes, todos especialmente robustos según el perfil que requiere su cometido habitual. Lo siguiente que vemos es a Lucas barriendo la mesa con un brazo, lanzando al suelo cosas duras y blandas. Tres miembros del equipo de seguridad se levantan de su sitio, pero de momento no hacen nada más. El chico alto y serio, que Lucas recuerda del pasillo, se ha quedado congelado, sin levantarse. Lucas se estira para cogerlo por las solapas de la bata, apartando con el mismo gesto a todos los que estaban entre medias. Lo levanta de la silla y lo sienta al borde de la mesa, frente a él. El vigilante reacciona empujando hacia atrás a Lucas, pero antes de que se pueda incorporar, su director ya ha recuperado la cercanía y le da un puñetazo que lo tumba sobre la mesa, estirado, con las piernas en el aire. Lucas se sube encima de él, poniendo una rodilla en su pecho, y le agarra el flequillo. Le parece que tiene un pelo muy delicado cuando tira hacia sí y después lanza la cabeza contra la mesa.

El chico está aterrorizado. Algún compañero está muy tenso. Nadie se mueve, excepto Lucas Moreno, director del Centro de Auxilio y Rehabilitación de Especies, que se lleva una mano al bolsillo de la bata y saca una grapadora negra bien pulida. Cobertor de plástico, pero en apariencia de una calidad decente. Nadie se ha movido todavía cuando Lucas planta el artilugio en el pómulo de su presa. Lo planta con fuerza y del propio golpe ya le ha perforado la cara con la primera grapa. Mientras se revuelven debajo de él («¡Auxilio! ¡Auxilio!»), o intentan separarlo, Lucas demuestra que es un hombre vigoroso, mientras cose con grapas la cara que tiene sujeta por la barbilla. Una tras otra, en la mejilla, en la frente, alguna enganchando un párpado. Chac, chac. Por su mente pasa fugazmente Yemina Marwari, y fantasea con que le cierra las heridas. Al final no ve muy bien dónde pone las grapas, entre la sangre y las manos que tratan de detenerle, que también se llevan picotazos.

Al final lo agarran desde atrás y lo hacen volar al suelo. Todavía no ha soltado la grapadora cuando cae («Chac»).

El suelo del comedor está sucio y Lucas Moreno odia el olor a pescado. Sabe que a su centro ya no van a llegar fondos, teniendo en cuenta que la ciudad ha renegado de Antaviel. Que su director sea un psicópata seguramente tampoco ayude. Si lo piensa un poco, incluso puede que lo acusen a él de haber liberado a El Sauce. Y se convence de que alguien, en algún sitio con un despacho mucho más elegante que el suyo, quería que esto ocurriera exactamente como ha ocurrido. Apoya la cabeza en el suelo. Cierra los ojos. Deja que el olor a pescado le llene la cara por dentro.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #17

 

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