Entraron en la habitación del chico, Esmeralda y él. Su compañero de cuarto no estaba. Esmeralda estaba nerviosa. El chico le dijo que se calmara, que todo había pasado ya. Los cazadores se harían cargo de aquella monstruosidad, y ella allí estaba segura. Le puso la mano en el hombro.

Antaviel se había llenado de policías durante unas horas. Hubo mucho ajetreo, muchas sirenas y muchos reporteros. Medio barrio había quedado colapsado por el tránsito de lo extraordinario. Jamás se había producido una “incidencia” como aquella, solo algún episodio aislado de cuando en cuando. Un par de muertes al mes. Algunos heridos más. Nada que rompiese la normalidad como estaba sucediendo ahora.

El chico alto, moreno, fuerte, sentado en su colchón, se apretó un poco contra Esmeralda. Ella sintió su calor inesperado.

En Antaviel, aquella tarde, un niño se había encontrado con el cuerpo de tres ancianos apuñalados en los bancos donde jugaban al mus. Su madre lo había encontrado intentando despertarlos.

El chico moreno le decía palabras tranquilizadoras a Esmeralda. Muy bajito. Por momentos parecía jugar con la onomatopeya.

Por todo el barrio, El Sauce había dejado un rastro de cuerpos inertes.

Su dedo recorrió el hombro delgado de Esmeralda y subió hasta apartar la fina cortina de pelo castaño.

En las noticias de todas las casas se mostraba el caos, el protocolo y la seriedad de lo sucedido, dejando filtrarse de vez en cuando alguna imagen sensible. Mientras tanto, en un dormitorio pequeño con literas, una figura en penumbra trazaba una línea oblicua sobre otra, recta, que se estrechaba en los extremos. Imágenes de helicóptero, restos de sangre en un parpadeo, la policía tratando de contener a gente nerviosa. En el dormitorio, una cabeza se acercó a la otra.

El chico rozó la punta de la nariz contra la suave curva del cuello de una mujer que yacía en el suelo rodeada de bolsas de la compra destripadas. Esmeralda se apartó un poco, pero por el otro lado se encontró con la firme sujeción de la mano de un bombero que trataba de bajar de un árbol a un hombre vencido por el pánico. El chico moreno la atrajo hacia sí, aplacando su retirada, y una lágrima cayó de la cabeza de una madre sobre la niña que le agarraba la pierna. Esmeralda notó un beso cálido en el cuello mientras la puerta de la ambulancia se cerraba justo después de que le pincharan un brazo. Cerró los ojos y se dejó llevar, porque lo había deseado y el momento había llegado ahora, entre sirenas.

La cremallera bajó, dejando al descubierto dos tiras de sujetador negras que ataban a una joven inconsciente a una camilla. El guapo cazador mordisqueó el micrófono a las puertas del ayuntamiento de la Ciudad, mientras los flashes de las cámaras golpeaban sus párpados cerrados. Esmeralda suspiró y abrió más la boca para lanzar gritos de protesta contra el peligro que suponía Antaviel para los habitantes de la Ciudad. El chico posó su mano sobre el pecho izquierdo de Esmeralda, sobre el sujetador, presionó levemente y fue bajándola para pedir silencio a los reporteros y los protestantes que se agolpaban frente a él. Coló las puntas de los dedos por la cintura del pantalón vaquero, palpó el hueso de la cadera de la chica y siguió profundizando. Susurró unas palabras al oído que tenía a la altura de la boca: «En vista de los acontecimientos…». Mordisqueó el lóbulo. Esmeralda expulsó una bocanada con la primera caricia entre sus piernas y respondió: «Puesto que la demanda es unánime…». Con su mano libre, el chico arañó el hombro de Esmeralda y sus uñas continuaron el camino hacia abajo por su espalda. «He tomado la decisión…». Y justo con el primer gemido liberado por ella, la mano del chico que bajaba arañando la espalda se encontró con un obstáculo.

– ¿Pero qué coño es esto! – soltó casi gritando -.

Esmeralda miró hacia abajo.

– Lo siento. Tenía que habértelo dicho….

– ¿Qué? ¿Que eres un monstruo? – dijo él.

– Mira… es una cosa que tiene solución… – dijo ella.

– … la decisión de cerrar sin excepciones todos los accesos desde Antaviel a la Ciudad. Y de establecer un perímetro de seguridad que mantenga en cuarentena toda el área de dicho suburbio y alrededores, para evitar que catástrofes como la ocurrida hoy jamás tenga lugar sobre suelo metropolitano – le respondió el alcalde.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #16

 

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