Desde la ventana, Eva lo había visto todo. Primero, los gritos y las carreras. Luego, el grupo apretujado bajo la sombra de El Sauce, que estiraba sus ramas para encerrarlos en el rincón opuesto de la plaza. Y después, cuando entró el chaval.

Lo conocía de vista y, por supuesto, del otro día. El árbol y el chaval, siempre aparecían juntos. Por un segundo volvió a sentir aquel aborrecimiento. Pero cuando lo vio caminar hacia el centro de la plaza, en lugar de huir de ella, suavizó la mano en su pecho.

A continuación, vio cómo Jorge aullaba, con los brazos tensos, erizándose. El grito se filtró por las dos capas de cristal de su ventana y se pegó en la parte de atrás de su cabeza.

El Sauce se giró despacio. Todos los pelos de Eva se erizaron; una lágrima le resbaló hacia la barbilla. Sintió la más absoluta tristeza y, sin embargo, no pudo dejar de mirar, clavada en su silla de ruedas. Se anticipó a la ejecución.

Como un resorte, el monstruo había lanzado un brazo acabado en ramas puntiagudas contra Jorge. El muchacho se encorvó, creando un espacio vacío debajo de su pecho, y lo agarró con las dos manos, tratando de evitar el aguijonazo. Eva no estuvo segura de si le había alcanzado el estómago, pero el chico mantuvo la tensión y acabó elevado por encima del suelo, abrazado a la extremidad como en una tormenta. El Sauce trató de desembarazarse del bulto, sacudiendo su brazo en todas direcciones. El jinete se abrazaba con obstinación enajenada. Miedo y reacción. Eva supo que allí no había decisión, y lo supo porque conocía perfectamente lo que era estar en ese punto. Los movimientos se fueron haciendo menos predecibles y estéticos. El Sauce tiraba con la otra mano de la sudadera del chico, tratando de despegárselo.

Tras otro par de forcejeos, hizo una pausa, manteniendo elevado delante de sí el brazo que tenía ocupado. El ruido de un helicóptero se hizo más fuerte. Las hojas de los árboles de la plaza se agitaron. Jorge levantó la cabeza y vio que el monstruo iba convirtiendo, sin prisa, su mano libre en otra rama afilada. Eva contuvo la respiración y, desde la ventana, observó cómo El Sauce atravesaba al chico como si tocara el violín, rasgando sus cuerdas a la altura de la cintura.

Sollozó. Sus padres estaban detrás. «Ay, Dios mío». El Sauce, en mitad de la plaza, se detuvo a observar su fardo colgante. Los mechones duros caían sobre el cuerpo del chico. Parecía que lo fuera a envolver y a hacerlo desaparecer. Lo acercó a su cuerpo como para darle un abrazo, aunque pronto estuvo claro que lo que buscaba era una resistencia para sacárselo y dejarlo caer al suelo. Entonces Eva se dio cuenta de que Jorge aún estaba vivo.

Al contacto con la caja torácica, pulida y brillante, el chico comenzó a palpar, mientras El Sauce lo apretaba contra sí e iba desensartándolo. A medida que el brazo salía de él, Jorge manoseaba más rápido el pecho de la criatura. La cabeza, ajena, le colgaba inerte, y su cuerpo giraba levemente a medida que el brazo estaba más fuera de su vientre y perdía sujeción. Pero las manos escarbaban con el brío de un gato ciego. Tras unos instantes, El Sauce levantó el brazo en vertical para permitir al cuerpo descolgarse por su propio peso. Y así fue, excepto porque el chico se le quedó colgando, con una mano metida entre dos de las fibras de madera de su pecho. Aquellos ojos negros parecieron hacerse grandes por primera vez, mientras sentían cómo una mano escarbaba en su pecho. Antes esbelto, El Sauce ahora se encogió y agarró a Jorge por la cintura para apartarlo de sí. El chico había levantado la cabeza, tenía los pies apoyados en los muslos del hombre-árbol y, con la mano derecha, tiraba de algún punto oscuro y recóndito, por debajo de la corteza. Con la izquierda agarraba el antebrazo que le sujetaba.

Un chasquido. Como cuando pisas una rama en el bosque. Las dos figuras se congelaron en un equilibrio circense, una de cara a la otra, antes de caer al suelo formando una única forma. La sombra del helicóptero echó el telón.

 

Quince minutos más tarde, una ambulancia se llevó el cuerpo del chico.

 

Dos horas después, la gente se asomaba mientras la policía pedía tranquilidad por favor.

 

No fue hasta cuatro horas más tarde que llegó un camión del Cuerpo Especial de Cazadores para retirar el cuerpo de El Sauce. Para entonces, todo el mundo había visto las noticias.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #15

 

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