Como un gladiador recién salido a la arena del anfiteatro, El Sauce se plantó en mitad de la plaza del 13. Su irrupción había empujado a la gente contra las otras tres caras de la herradura de ladrillo. La criatura dedicó unos segundos a observar sombríamente aquella docena de siluetas apiñadas. Dos o tres se atrevieron a escurrirse por detrás y salir corriendo por la avenida.

Esmeralda tenía las palmas de las manos apoyadas contra la pared. El ladrillo era polvoriento y tenía granos. Su textura era mucho más tosca de lo que aparentaban serlo aquellos músculos duros, trenzados, bruñidos, del ser que dominaba la plaza. Al lado de ella, el joven cazador había sacado el móvil despacio. Pulsó un botón. Se llevó el aparato a la oreja. Miró brevemente a Esmeralda. «Informo de una situación de emergencia. Por favor, deberían enviar… ¿Dónde estamos? … … Plaza del trece… Eso es. ¿Lo tenéis ya…? Vale, vale…». Guardó el móvil en el bolsillo, lentamente.

Tras unos segundos flotantes, El Sauce reanudó la marcha con un paso que se hundió en los corazones. El pánico explotó y todos se desperdigaron, saltaron, se olvidaron los unos de los otros. A Esmeralda, sin embargo, la llevaban de la mano por el camino más largo para escapar de aquella trampa; haciendo pausas cada vez que el monstruo amagaba con cambiar de dirección. A veces retrocedían. Los pasos de la criatura eran profundos y la distancia que los separaba de ella, muy relativa. El Sauce se decidió finalmente por uno de los lados. Cayó la fortuna de ser el contrario al de la pareja. Él la agarró mucho más fuerte y salieron corriendo hacia la cara abierta de la plaza.

 

Un helicóptero de las noticias sobrevolaba la zona. Jorge, al nivel del suelo, corría avenida arriba. Ya casi estaba. Dio un salto para frenar y, al girar la esquina, chocó contra el hombro de una chica a la que llevaban en volandas. Se miraron brevemente, pidiéndose explicaciones por el golpe inesperado. Ella fue succionada por el chándal de un cazador, y Jorge encaró la plaza.

Allí solo quedaban cinco harapos acorralados en un rincón y un árbol ominoso que parecía estar explayándose en construir una jaula de raíces. Tenía los brazos abiertos e iba extendiendo su envergadura, mientras sus pies se bifurcaban en trenzas que creaban un cerco hasta las paredes rojas. Jorge se acercó despacio, aún inadvertido. A su derecha, un hombre de pelo canoso se apoyó en la presencia del chico para acercarse también, tímidamente. Estaba tenso. Sin duda, sus entrañas batallaban por hacer algo.

Jorge se detuvo a unos quince metros del monstruo. El hombre lo miró. Jorge apretó los puños, se volcó hacia adelante y lanzó un grito. Lanzó un grito en progresión que primero fue una línea delgada y serpenteante, y acabó ensanchándose en un río caudaloso y furioso, desquiciado. Al hombre de pelo blanco se le dilataron los ojos y se marchó corriendo tras dar dos torpes saltitos hacia atrás. La malla de raíces detuvo su crecimiento y el robusto cuerpo se giró.

Jorge se fijó en la caja torácica enhebrada de raíces. Y, en una brecha oscura, creyó ver refulgir un latido de color rojo intenso. Por su parte, el pecho de aquel muchacho de dieciocho años se transformó en un baúl. Un recipiente lleno de vacío, con espacio suficiente como para guardar una montaña de cosas inútiles. Sintió que flotaba, totalmente libre de cualquier cadena que hasta ese momento lo había sujetado al suelo. La plaza del 13 se volvió borrosa y lo único que había era El Sauce, delante, sin suelo ni bancos ni otra gente llorando. Sin sillas de ruedas ni reproches por teléfono. Las paredes del laberinto habían desaparecido de golpe. Jorge comprobó lo que es, realmente, dar un paso fuera del camino y ser consecuente.

 

La cámara que grababa desde el helicóptero captó cómo cinco manchas rodeaban la plaza como gotas escurriéndose por la pared de un vaso. En el coso, en su mismo centro, sólo quedaban otras dos manchas, una ostensiblemente más consistente que la otra.

«¡Baja un poco!», mientras las manchas se juntaban como dos gotas de agua muy próximas. A medida que el helicóptero iba reduciendo altura, la nueva forma fue adquiriendo detalles, líneas más nítidas y bordes que se estiraban  y contraían sutilmente componiendo una danza íntima, poco ruidosa. Para cuando las hélices sacudieron las hojas de los árboles de la plaza, el baile había terminado, y en el suelo había quedado impresa una mancha de Rorschach: dos siluetas equivalentes que salían de un punto central hacia una noble simetría.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #14

 

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