La plaza del 13 tenía uno de esos patrones de baldosas que te hacen medir la zapatilla.  En ella había ocho bancos, nueve árboles y una bola de piedra. Tres fachadas llenas de ventanas cuadradas la ceñían; la otra cara estaba abierta a la Avenida de la Bajada. Y un día cualquiera por la tarde se podía encontrar una cantidad razonable de gente usándola.

Esmeralda estaba sentada en un banco, al lado de una zapatilla. Miraba hacia arriba con media sonrisa y las manos comprimidas entre las piernas. El chico alto y moreno decía algo, reajustando su peso contra el pie apoyado en el banco. Gesticulaba con ligereza, movía las manos, nunca por encima de los hombros. No miraba mucho, directamente, a Esmeralda. Miraba más al fondo de la plaza. No se callaba, lo cual combinaba perfectamente con el dejarse llevar de la chica.

Era muy guapo. A pesar de no ser su estilo, a Esmeralda le gustaba el chándal de entrenamiento de los Cazadores que llevaba puesto. Habían quedado ya un par de veces. Él no vivía en Antaviel. Tenía una habitación asignada en el cuartel del Cuerpo Especial de Cazadores. Pero se pasaba mucho por el barrio para ver a su madre. Y ahora también a Esmeralda. Solía contar anécdotas de compañeros cazadores, o se repetía relatando aquella vez que se enfrentó él solo a un anfibio hasta que llegaron refuerzos. Parecía comprometido con su carrera y aquella cosa de subir de rango. Pero, ojo, también sabía divertirse. En cualquier caso, «tú tranquila, que conmigo estás segura».

La había invitado un par de veces a su habitación, prometiendo que su compañero no iba a estar. Pero Esmeralda tenía razones para no ir. De momento. Todavía tenía las alas en la espalda. Aparte de aquel grano de desconfianza que no podía dejar de notar.

 

Desde una de esas ventanas que daban a la plaza, Eva ahuecaba la mano contra el tubo de metal junto a su pierna. Miraba a aquella pareja. Ella era muy guapa. Él, el cazador, también. Pero no le caía bien. Se meció en su silla nueva. La gente seguía saliendo a la calle. El día se había puesto bonito, era normal. Algún día, ella tendría que bajar de nuevo, recorrer las calles, comprar algo. Le dio un golpe al escritorio y un bolígrafo saltó. La Cuesta de Caracol, todo aquello de romper algo. Y, sin embargo, ahora tenía miedo.

Se acarició su rodilla magullada. Se tocó el cuello. Se acordó de aquella garra de madera.

Algo dejó de escucharse en el salón. De esas veces que, cuando se baja el tono, el silencio se amplifica. Puso el oído y escuchó a su madre callar. Unos segundos más. Continuó aquel silencio escandaloso. Giró su silla y fue al salón, dejando a la pareja sola en la plaza. Su padre tenía los labios fruncidos. Su madre miraba a la tele tapándose la mano con la boca; cuando la oyó entrar, se le hicieron los ojos enormes. En las noticias, un monstruo atravesaba cuerpos con sus ramas y los objetivos temblaban. Antes habían avisado de que las imágenes podrían herir la sensibilidad de algunos (¿algunos?) espectadores. La de Eva se oyó crujir.

 

Jorge salía para su guardia. Se había echado la siesta y ahora se desperezaba con los rayos de sol que empezaban a atravesar el cielo gris. Tenía una sensación rara. Nada de aquel roce de orgullo que lo encaminaba normalmente a su puesto de vigilancia. Se acordó de la chica de la silla de ruedas cuando pasó junto al plátano de sombra.

Metió la llave, sonó el clic, respiró el olor familiar de la oficina. Seguro que ese olor era cosa de los utensilios de limpieza que se utilizaban por la mañana. Se sentó con pesadez y la silla se fue un poco para atrás. Puso los pies en el escritorio. En la ventana, una pareja mayor subía de la mano por el paseo arbolado. Cogió el móvil.

 

Esmeralda tuvo que mirar al suelo después del último comentario del chico alto y moreno. Por supuesto que le encantaría, pero… la gente empezó a correr. Él se giró hacia la cara abierta de la plaza. Había coches parándose en la avenida.

 

Eva y el silencio del salón fueron interrumpidos por la ventana entreabierta. Algo pasaba en la calle, y ella supo perfectamente lo que era. Despacio, se asomó. A la plaza del 13 le había crecido un nuevo árbol que se había emancipado de la tierra y la recorría a zancadas ostentosas. Las tres fachadas y todos sus ojos eran testigos. El Sauce era una gota de pintura tosca sobre las baldosas uniformes.

 

Jorge leyó un mensaje en el móvil. Un monstruo se había escapado y andaba por la zona de la plaza. La gente seguía paseando tranquilamente al otro lado de la ventana. Se puso de pie. Se quedó unos segundos pensando, apretando la mandíbula. Abrió la puerta y dejó la oficina vacía.

 

CONTINUARÁ…

Golpes: Semana #13

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com