Mi nombre es Carla. Nací en 2041 y fallecí en 2056 tras padecer una enfermedad degenerativa que fue paralizando mi cuerpo manteniendo intacta mi mente (una derivación muy agresiva de la ya extinta ELA). Cuando me fue diagnosticada, mi padre el doctor Daniel Galán, el gran neuroingeniero galardonado con el Premio Nobel en 2054, dedicó todo su esfuerzo y talento, así como el de los miembros de mayor confianza de su equipo, a conseguir primero mi curación, y una vez que quedó fatalmente claro que ésta era imposible, a perpetuarme en un Sintex.

Como todos sabrán, los Sintex o cuerpos artificiales, se desarrollaron en la década de los 40, fundamentalmente para la creación de órganos de repuesto para los seres humanos. A pesar de las reticencias de buena parte de la Comunidad Internacional, finalmente en varios países se les dotó de inteligencia artificial para la realización de determinadas actividades poco deseables, al modo de los míticos “replicantes” del cine. El Planeta entero se desvivió para regular legalmente las posibilidades que ello implicaba, con ánimo de evitar que se creasen esclavos y todas las implicaciones éticas que ello conllevaba.

Mientras tanto, mi padre triunfaba logrando grandes avances en su especialidad y aunque sólo mi madre y yo lo sabíamos, gran parte de su dedicación iba destinada a lograr mi salvación.

Los últimos años que pasé en mi cuerpo original fueron un tremendo suplicio, pero siempre mantuve la esperanza de que mi padre lograría su objetivo. Los pocos científicos con los que compartió sus intenciones lo tacharon de loco y hasta en un caso pudimos escuchar aquel tópico de “no se puede jugar a ser Dios” de uno de los miembros de su propio equipo, de su mejor amigo y hombre de confianza.

Finalmente, con mi cuerpo en siniestro total, mi padre logró perfeccionar lo suficiente su sistema de conversión de impulsos neuronales (lo que nosotros podemos entender como pensamientos y recuerdos) en señales eléctricas, susceptibles de traducirse en unos y ceros. Es decir, pocos días antes de mi muerte física, mi padre transfirió todo lo que albergaba mi cerebro orgánico a un cerebro artificial, instalado en un Sintex basado en mi propio cuerpo previo al deterioro sufrido por la enfermedad y con un desarrollo completo, simulando una edad de unos 18 años.

Para un profano en la materia el sistema de transferencia era aparentemente sencillo, puesto que previamente mi padre instaló un puerto en mi cerebro orgánico que envió mediante señales wifi de alta intensidad toda la información a otro puerto situado en mi nuevo cerebro digital. La transferencia era limpia, sencilla y rápida, pues los puertos wifi de alta intensidad transmitían millones de teras de información por segundo y eran del tamaño de un dedal. La parte más compleja, que ni quiero ni puedo explicar, es la instalación del puerto en el cerebro humano que transfiere, siendo este un proceso que en mi caso llevó varios meses y operaciones.

En cualquier caso la transferencia funcionó con un éxito que podríamos calificar de total. Cuando desperté en mi nuevo cuerpo, me sentí extraña, pero ERA YO. Pensaba como antes, reconocía a todos y mis sentimientos por ellos eran los de antes. Muy probablemente perdí recuerdos, pero ¿qué ser humano no pierde muchos de sus recuerdos? Sólo noté que la mayor parte de los alimentos me sabían diferentes, probablemente porque nadie se interesó nunca por que a los Sintex les supiesen las cosas igual que a los humanos. Dejó de gustarme el chocolate y llenaba las cosas de pimienta, pero ¿a quién podía importarle cuando volvía a ser joven, podía volver a caminar, a correr, conocer a chicos, bailar, tocar la guitarra…? Mi cuerpo Sintex, como el de cualquier otro Sintex, se deterioraría a un ritmo algo superior al de un humano normal, “envejecería” de una forma acelerada, pero ya me preocuparía de eso más adelante.

Para mi padre sin embargo todo aquello fue un gran quebradero de cabeza. La inmensa satisfacción del logro de la salvación de su hija se vio empañada por el tremendo revuelo mediático que se produjo cuando unos meses después de mi “resurrección” y hartos de mantener el secreto, mis padres y yo decidimos arriesgarnos y hacer público lo sucedido. Mi padre vaticinaba que sería muy discutido en el terreno científico, más aún en el ético y probablemente sería juzgado en el legal. Sus previsiones se cumplieron a rajatabla y durante cerca de dos años vivimos un verdadero caos de procesos legales, descalificaciones de colegas, inhabilitaciones varias e incluso amenazas de muerte. Me convertí en la persona más famosa del mundo durante unos meses y en la mayoría de los momentos no resultó agradable, pero estaba viva.

Hacia 2058, dos años después de la transferencia de mi mente, se dieron a conocer otros casos como el mío. Varios hospitales privados del mundo habían conseguido copiar las técnicas de mi padre (o quizá habían logrado desarrollarlas por su cuenta llegando a idéntico resultado). El dilema ético fue descomunal a nivel mundial cuando empezaron a coexistir Sintex “esclavos” con inteligencia artificial controlada y “capada” y humanos con cuerpo artificial como yo.

Fue por aquella época cuando sucedió lo terrible. Las consecuencias de la difusión de la tecnología de transferencia fueron enormes. El proceso era disparatadamente caro y sólo estaba al alcance de los más adinerados, pero lo cierto es que en definitiva lo que suponía era La Inmortalidad. Todo derivó hacia 2060 primero en protestas, revueltas populares, legislaciones confusas y superpuestas, prohibiciones ignoradas y finalmente en guerra en varias zonas sensibles del mundo.

Cierto día en que mis padres y yo tratábamos de alcanzar el edificio de la Opera, buscando un poco de normalidad en nuestras vidas más que asistir a una representación, todo volvió a cambiar para nosotros. Dado que nuestra popularidad había ido disminuyendo con el paso del tiempo y nuestros quince minutos de fama afortunadamente habían pasado, mis padres quisieron entender que ya no necesitábamos escoltas para pasear por las calles de nuestro lujoso e hipervigilado sector de la ciudad.

Nunca llegamos a tomarnos en serio las amenazas de muerte de grupos extremistas anti-Sintex que nos habían llegado durante los meses posteriores a mi salto a la fama. Está claro que debimos hacerlo, porque aquel día en que los tres caminábamos por aquella transitada calle dos tipos aparecieron de la nada y se lanzaron cada uno contra uno de mis padres inmovilizándoles por la espalda. Me quedé helada, sin saber a quién acudir o a cuál de los dos ayudar, mientras mis padres me gritaban que huyese. No lo hice, y así pude ver cómo uno de los atacantes comenzaba teatralmente a gritar

– ¡Por la pureza del ser humano libre! ¡Muerte a los científicos criminales!

Mientras el que sujetaba a mi padre soltaba aquella proclama, el agresor de mi madre sacó un enorme cuchillo con el que le rajó la garganta de lado a lado. Mi padre y yo chillamos horrorizados, y en ese momento un dron policial que sobrevolaba la zona abatió de un disparo certero al atacante de mi padre, que quedó libre. El asesino de mi madre, viendo que era imposible ya lograr el doble objetivo, salió corriendo y tras él salió el dron. Tengo entendido que le dio alcance poco más allá cuando se entretuvo en gritar otro mensaje a la gente que se agolpaba por la zona.

Mientras, nosotros vivíamos nuestro particular drama, con mi madre desangrándose a gran velocidad y nosotros tratando impotentes de cerrar su hemorragia y de buscar ayuda. Sin duda el dron había emitido un aviso para una ambulancia, pero los escasos minutos que tardaría en llegar eran a todas luces excesivos para mi madre.

Fue entonces cuando mi padre soltó a mi madre, sacó de su bolsillo su móvil y comenzó a dictarle unas órdenes incomprensibles así como una serie de claves alfanuméricas.

– ¡Papá! ¿Qué haces? – le grité desesperada, mientras veía como mi madre se retorcía en mis brazos chorreando sangre desde su garganta seccionada. El tardó en contestar aún después de completar su extraña retahíla de instrucciones.
– ¡Es una locura pero se muere… no se me ocurre otra cosa… y puede funcionar! – me dijo al final, mirándome con una mezcla de vergüenza y de decisión casi disparatada – Ella no quiso decirme nada, no se atrevió… pero yo lo sabía, lo sabía todo… Así al menos… al menos las dos…

Volví a mirar a mi madre y sus ojos desorbitados se cruzaron con los míos. Había terror en su mirada y lo último que pudo balbucear fue algo parecido a un “lo siento”.

Y en ese momento a mi mente empezaron a llegar imágenes, sentimientos, sensaciones, recuerdos… toda una casi infinita e inabordable avalancha de información entraba a través del puerto instalado en mi cerebelo.

– … las dos… sobreviviréis.

Mi madre había almacenado recuerdos de su juventud, de mi infancia y también de cómo llevaba años engañando a mi padre con aquel científico amigo que nos acusó de “jugar a ser Dios”. Mi madre había sido buena conmigo, pero terrible con mi padre y mantuvo una vida oculta llena de egoísmo e incluso maldad. Había permitido que su amante, ese hipócrita que renegaba de los descubrimientos de mi padre, usase su método de transferencia para instalarle a mi madre un puerto con el que pronto pensaba transferir su mente a un cuerpo Sintex más joven y diseñado por y para él. No fue hasta segundos antes de morir que mi madre descubrió que mi padre lo sabía todo y había recodificado las claves de su puerto para impedirle su loco plan. Mi madre murió llena de vergüenza y de arrepentimiento.

Y al final de todos esos recuerdos, la sensación de un dolor, una desesperación y un terror indescriptibles; pude sentir la muerte de mi madre y en ese momento, una orden que venía de mi mismo cerebro pero que sin embargo no había dado yo, me obligó a leer sus últimos pensamientos: “Carla, hija mía, cuando veas todo, cuando lo entiendas todo… ¡Perdóname!”.

Golpes: Semana #44

Comentarios (2)

  • Pablo Amor . 5 noviembre, 2017 . Responder

    Enhorabuena. Se lee genial de principio a fin (muy buen ritmo y mantiene el interés). Tienes aquí el germen de una película entera.

  • (Autor) David Requena . 7 noviembre, 2017 . Responder

    ¡Gracias muchas!

 

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