Basilio visitaba a su madre como mínimo un par de veces por semana. Normalmente martes y viernes a la hora de la cena si nada se lo impedía. No es que fuera su momento favorito del día precisamente, pero entendía que era su deber como hijo. Basilio tenía ya casi 50 años que le hacían aparentar 70. Pero había más pesares en su vida: la pertinaz soltería, el mortal aburrimiento, la falta de objetivos… y que su madre siguiera restregándoselos en cada visita.

El viejo edificio de la calle Mayor donde vivía Doña Sagrario estaba en un estado aún peor que Basilio. Allí se había criado Basilio, en aquel último piso lleno de humedades. No obstante, recientemente la comunidad se había esforzado económica y anímicamente por primera vez en décadas, para instalar un humilde pero efectivo ascensor. Era lento y hacía más ruido de lo razonable, pero resultaba un logro emocionante cuando Basilio subía cargado con bolsas llenas de intendencia básica para su madre. Doña Sagrario se había negado repetidas veces a poner un céntimo para la instalación del aparato, sin duda porque ella no lo consideraba necesario, ya que su hijo subía gustoso los 6 pisos cada vez que la visitaba, y ella apenas salía 2 veces al año: para la misa del Gallo y para visitar a su difunto esposo el 1 de noviembre.

Aquel martes, Basilio portaba dos de aquellas pesadas bolsas del súper cuando afrontó el corto pero incómodo tramo de escaleras que partía el oscuro – casi tenebroso – portal hasta llegar al ascensor. Antes había cumplido un inexplicable ritual, llamar dos veces al timbre del telefonillo, con el único objeto de que su madre se fuera levantando de su butaca y abriendo la puerta de la calle para esperarle frente al ascensor (y en opinión de Basilio ganar así tiempo para poder criticarle). Resignado pulsó el botón del ascensor y casi de inmediato se abrió aquella puerta automática que a su madre y al resto de ancianos vecinos les había parecido la cumbre de la modernidad y el progreso. Basilio levantó las bolsas del suelo sin mirarlas y no fue consciente en aquel instante de que no era el único ser vivo que entraba en el ascensor.

Una vez volvieron a cerrarse las puertas tras él y mientras pulsaba el botón señalado con un 6 en relieve, algo llamó su atención casi subconsciente; algo que en el suelo se movió nerviosamente. Durante las décimas de segundo que tardó en bajar la mirada su cerebro procesó la posibilidad de que se tratase de un gato, pero cuando los ojos enfocaron, se cruzaron con los de una enorme y amenazante rata.

Basilio nunca se había vendido entre sus escasas amistades y conocidos como un Tarzán. De haberlo podido ver alguien, se hubiera sorprendido de la agilidad con la que trató de trepar por la pared del ascensor, que se movió de forma exageradamente amenazadora. Algo en la mente de Basilio le aconsejó que si saltaba de esa forma dentro de aquella máquina, su integridad física peligraba por algo peor que la rata. Otro fugaz instante de cordura le impidió pulsar el botón de emergencia, que hubiera detenido el ascensor prolongando aquel indeseado encuentro.

Pero el metro cuadrado en el que ambos seres compartían aquellos instantes se antojaba escaso tanto para el humano como para el roedor, que al contrario que Basilio decidió que la mejor defensa era un buen ataque y se puso a dos patas plantando cara a su enorme contrincante.

A la altura del tercero, Basilio ya había pasado a la actitud dialogante y poco antes del cuarto de su boca salían palabras como “vamos a estar tranquilos y a quedarnos quietos, ¿verdad?”. La rata no relajó su postura, pero tampoco atacó.

El paso del ascensor por los dos pisos restantes duró semanas en opinión de Basilio, pero finalmente las puertas volvieron a abrirse y la rata salió corriendo a una velocidad asombrosa casi derrapando escaleras arriba, por el tramo que conducía ya a la terraza.

Al fondo del pasillo Doña Sagrario ya se encontraba de pie junto a la puerta abierta de su casa.

¡Madre! ¿Ha visto a la rata? – su madre le miró de lejos pero fijamente, con aquellas gafas de culo de vaso que gastaba desde que Basilio apenas recordaba.
Soy vieja pero no ciega – dijo con su habitual tono cortante – ni sorda… ¡Menudo numerito ibas montando en el ascensor!
Si es que ha sido un susto…
¡Cagón! ¡Siempre has sido un cagón! Voy a avisar a la Eulalia – Doña Sagrario se dirigió a la puerta de su vecina de rellano.
¿A Doña Eulalia? ¿Para qué?
La mirada de su madre casi le dio miedo.
Llevamos tiempo viendo a ese bicho del demonio por la casa. Anda a sus anchas por las escaleras… ¡Y ahora hasta sube en el ascensor! Pero esta vez ha cometido un error, ayer el portero y el Eufrasio del quinto dejaron tapados los agujeros por los que se colaba hacia la terraza y la puerta siempre queda cerrada. ¡No tiene escapatoria!

Segundos después Doña Eulalia y Doña Sagrario 85 y 73 años respectivamente, encorvadas, medio cegatas, en zapatillas de andar por casa y mandilón a juego, se lanzaban decididas escaleras arriba hacia la terraza, armadas con sendas escobas.
¡Tú, vigila aquí! – le dijo su madre a Basilio como despedida, y mientras que ambas viejas subían el tramo de escaleras la oyó contar a Doña Eulalia “mi hijo es un cagón, mejor que no suba que le puede dar algo”.

Allí quedó Basilio, rígido como una estatua y no tardó en llegar a sus oídos un dantesco espectáculo de gritos y golpes seguidos de chillidos agónicos, adornados con expresiones del orden de “cagüensumadre” y “ojo que se escapa la jodía”.
¡¡¡BASILIO, agárrala que baja y se escapa!!! – gritó su madre desesperada desde arriba.

Antes de que nuestro héroe pudiese decidir cómo actuar apareció la rata. Esta vez, al cruzarse su mirada con la de Basilio, éste creyó ver desesperación y casi súplica. ¿Cómo detenerla si no tenía con qué atraparla (y además seguía aterrándole)? La rata pasó a su lado sin problema y siguió escaleras abajo dirección al quinto piso.

“Plas, plas, plas” resonaban las zapatillas de las dos viejas mientras bajaban de nuevo desde la terraza a una velocidad incomprensible para ellas que apenas salían de su casa. Y en ese momento, escaleras abajo, otros sonidos de guerra comenzaron a sonar.
¡Ahora sí que caes, hijaputa! – se oyó una voz de hombre.
POM, POM, POM, tres tremendos golpes y sólo un chillido agónico.

Doña Sagrario asomó por la escalera de la terraza y supuso en voz alta lo que había sucedido:
Eso es… El Eufrasio ha rematado la faena en el quinto.
Menos mal – dijo Doña Eulalia que le seguía escaleras abajo como podía – porque si llegamos a depender del inútil de tu hijo…
¡Siempre he dicho que era un cagón! – y añadió ya sin ni siquiera mirarle – y tienes razón, además es un inútil. ¡Vamos abajo a ver al Eufrasio… y el cadáver!

Mientras que Basilio cargaba de nuevo las dos pesadas bolsas de la compra y entraba en la vieja cocina de su madre, un fugaz pensamiento en el que las ancianas en plena batalla caían rodando las escaleras y la rata moría matando, pasó por su mente. Suspiró, revisó que ningún ser monstruoso le acompañaba y comenzó a vaciar la compra.

 

Este Golpe está lejanamente basado en una historia real. ¡Gracias a Luis por la inspiración!

Golpes: Semana #35
Tags: #ficción

Comentarios (4)

  • Nuria López Blázquez . 3 septiembre, 2017 . Responder

    ¡Genial! Me he sentido absolutamente ninguneada, mimetizada con Basilio…
    Gracias

    • (Autor) David Requena . 10 septiembre, 2017 . Responder

      Muchas gracias a ti por leer y opinar.

      La verdad es que pobre Basilio, bien pinta de ser buena gente.

  • Sol . 4 septiembre, 2017 . Responder

    Me dan ganas de compincharme con Basilio y tramar alguna caída accidental para las viejecitas, le paso teléfono por privado. Me ha encantado, ¡gracias!

    • (Autor) David Requena . 10 septiembre, 2017 . Responder

      Muchas gracias a ti por leer y opinar.

      Debo confesar que las viejecitas salvaron la vida de milagro durante la redacción de este cuento.

 

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