Viajo solo y tengo por delante un largo trayecto; unas nueve horas al volante, si me empeño y no paro más que a repostar podría lograrlo en ocho. Aprovechando que no llevo a la familia, esta vez podría finiquitar la ruta en tiempo récord. Me pongo a ello, con la confianza de quien tiene una tarea tan dominada que apenas tiene que pensar para realizarla.

Para amenizar el día me he currado una playlist infalible, de las que va subiendo y subiendo, con pequeños descansos para coger el aliento, pero sin parar de cantar (reconozcamoslo, sin parar de vociferar). Qué bueno es esto de no molestar a nadie y que nadie te moleste.

Van pasando las horas, se amontonan los kilómetros en el cuenta-idems, se suceden los paisajes anodinos de autopista, despojados de molestas poblaciones que te obliguen a frenar. Nada te impide afrontar una y otra vez y sin interrupciones aburridísimas rectas y poco motivantes curvas, siempre a la misma velocidad, no vaya a ser que te caiga una multa y te arruine la jugada.

Casi se agradece llegar a un peaje. Siempre paso por la vía automática en la que se paga con tarjeta, pero esta vez, quizá deseoso de algo de conversación, elijo el carril de la “alegre” cobradora. La muchacha probablemente tenga un ERE encima de su minúscula mesita y no se digna ni a mirarme, a pesar de que le he dado un incomodísimo billete de 50 para cubrir una tarifa de 11,90. Ni idea de dónde voy a meter todas estas monedas, oiga. Por primera vez uso un huequecito que tenía el coche al lado del botón que hace de freno de mano. Mira qué práctico. Luego dicen que los alemanes son austeros, pero lo tienen todo pensado.

Entre subidón y subidón musical me voy quedando afónico, pero nadie puede oír mis gallos, así que sigo berreando. No conozco mejor manera de entretenerme. Incluso me hago la ilusión de llevar algo parecido a un atento público durante un par de minutos, ya que un coche empeñado en adelantarme a 129 (cuando yo circulo a 128) recorre varios kilómetros a mi lado, y los niños que ocupan su asiento trasero me miran curiosos. Los imagino preguntando a su mortecino padre por qué ese señor va gritando si viaja solo. No sé si su padre les dará una respuesta satisfactoria, pero apuesto a que su madre no pasará de contestar con algún sonoro ronquido.

Siguen pasando las horas, las curvas abiertas, las rectas llanas. No hay ni un maldito bache, coño. Tanto decir que no hay presupuesto para arreglar carreteras, pero las han dejado impecables. Y como tampoco se puede ir rápido (ni despacio) ya no hay clásico musical que me resulte irresistible ni llamativo. Un rato antes hice una única parada para rellenar el depósito, aunque lo llevaba por encima de la mitad, por aquello de hacer algo. Echo cuentas y me quedan al menos 4 horas. Empiezo a pensar que tampoco hay necesidad de llegar tan temprano, que quizá fuera buena cosa parar en un área de servicio y comer algo y tomarme un café. A quién cojones va a importarle mi récord.

Venga, 100 kilómetros más y paro.

¿Cuánto rato lleva sonando esta canción?

Tengo la sensación de que se repite una y otra vez.

Espera, ¿qué canción? No está sonando nada ya.

Escucho el silencio.

El silencio lo rompe la voz de uno de mis hijos desde el asiento trasero.

“¿Papá, cuánto queda?”

“Poco, en un ratito ya hemos llegado”. Le contesta pacientemente mi mujer desde el asiento del copiloto.

Resulta reconfortante salir de vacaciones con la familia. Un viaje verdaderamente estupendo. La carretera serpentea entre enormes picos nevados, inmersos en un infinito mar de nubes. Escucho a los niños reírse a carcajadas mientras comento con mi mujer que al otro lado de esas montañas, está el mar y que cuando lleguemos al mas alto de aquellos riscos, la vista será extraordinaria.

 

Golpes: Semana #31
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Comentarios (5)

  • Johan Cladheart . 6 Agosto, 2017 . Responder

    Oh, Dios. Ya no sé si ves visiones o berreabas delante de tu familia. Ánimo con esos viajes, los conozco. Para mí, supuso un gran cambio aficionarme a los podcasts. Me pasaba lo que a ti, que me quedaba sin voz.

    • (Autor) David Requena . 13 Agosto, 2017 . Responder

      Temo que sea algo más siniestro, pero cada uno puede leer el final que quiera.

      Tengo que probar lo de los podcast para los viajes. No se me había ocurrido. Pero a la familia le puede dar un mal.

      Gracias por leer.

  • Pablo Amor . 6 Agosto, 2017 . Responder

    El eslógan promocional de la película Alien (la original) era “En el espacio nadie puede oir tus gritos”. Ahí lo dejo.

    • (Autor) David Requena . 13 Agosto, 2017 . Responder

      Ridley Scott se basó en mis viajes sin duda alguna. Pronto comprobaréis que de ellos también sacó Bladerunner.

  • Sol . 16 Agosto, 2017 . Responder

    Siempre he creído que el coche nos transforma, a algunos en asesinos potenciales, en soberbios emocionales, en cantantes espontáneos o hasta en aves libres. Gracias.

 

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