El Faraón era el ser más poderoso del mundo. Era un dios encarnado en un hombre. Alguien cuya voluntad era convertida en realidad costase lo que costase, por muy inverosímil que ésta fuese.

Sin embargo El Faraón cierta noche soñó con una niña pequeña. Él se encontraba en la sala del trono, donde nadie osaba contradecirle y aquella niña estaba frente a él. Entonces aquella niña se dirigía a él sin ningún tipo de respeto y le dijo:

“Faraón, no te temo y por ello no te obedezco”

El Faraón trató entonces de ordenar que se llevaran a la niña, pero nadie vino a ejecutar su orden y el sueño tornó en pesadilla. El Faraón había sido desobedecido y por ello se despertó sobresaltado e impotente.

Cada cierto tiempo el sueño se repetía y El Faraón sufría de forma desmedida por ello. Cuando se despertaba bañado en sudor era consciente de que aquello tampoco era para tanto. Al fin y al cabo era un sueño y la niña no era un peligro para él. No obstante aquello empezó a obsesionarle pues en sus sueños no era omnipotente. En sus sueños ya ni era un dios, ni era inmediatamente obedecido. Cuando el subconsciente de El Faraón tomaba el control, éste pasaba a ser esclavo.

Trataba El Faraón de recordar durante el día el rostro de la niña díscola. Quizá fuese alguna esclava de su corte que por alguna macabra maniobra de magia lograse aparecerse en sus sagrados sueños para importunarle. Si la localizaba, ordenaría su muerte y la de todos sus familiares por si acaso. Y su orden sería obedecida.

Una noche la niña volvió a aparecerse en sueños. El Faraón por fin fue consciente de que ya había soñado otras veces con ella y logró modificar el sueño.

“Faraón, no te temo y por ello no te obedezco”, volvió a decir la niña.

“¡Claro que me obedecerás!” dijo orgulloso El Faraón, “Soy tu Absoluto Señor, nadie puede osar desobedecerme”.

“Pero eso es porque te temen. Sin embargo yo no te temo y por tanto no te obedezco. Puedo hacer lo que quiera incluso delante tuyo”.

Y la niña pequeña, que como El Faraón pudo observar por primera vez no pasaría de 5 o 6 años y tenía la piel tostada y el pelo oscuro que le tapaba buena parte del rostro, escupió delante de él. El Faraón tuvo la sensación en medio de su sueño de que su saliva llegaba a tocarle. Su cólera era terrible.

“¿Dónde están mis hombres? ¡Llevaos a esta sinvergüenza de mi presencia! ¡Matadla y matad a toda su familia por haber deshonrado al Faraón!.

Y El Faraón se despertó entre terribles gritos y convulsiones, rodeado de varios soldados y con su hombre de confianza, el más importante y fiel de aquellos que sí le obedecían, a su lado.

Pero aunque los días fueron pasando y en el mundo consciente El Faraón seguía siendo omnipotente y venerado, su terror a las noches, al sueño y a perder dicho poder, fue creciendo. El Faraón envejeció años en apenas semanas, pues apenas dormía. Ordenaba a sus hombres que le despertasen cada poco, en cuanto viesen que su sueño era agitado. Ello suponía que volvía en sí profundamente enfadado y un par de fieles soldados incluso fueron ajusticiados por no haber sido lo suficientemente cuidadosos al despertarle, o por haberlo hecho cuando El Faraón tenía un sueño agradable.

Y por fin una noche en que El Faraón se atrevió a conciliar el sueño y la niña apareció de nuevo en su salón del trono lo que sucedió jamás pudo ser explicado.

“Faraón, no te temo y por ello no te obedezco” le dijo.

“¡Claro que me temes, porque mi ira es inmensa y todo ser viviente teme la ira de El Faraón! ¡Hombres llevaos a esta niña y matadla… a ella y a toda su familia!”.

“No Faraón, no te temo pero tú sí me temes a mí. Me temes tanto que ya no sabes cómo enfrentarte a mí. Pero hoy terminará nuestra lucha. Hoy serás tú el que me obedezcas a mí.”

El Faraón se volvió loco de angustia e ira. Gritaba rabioso ordenando que aquella mocosa fuera detenida y retirada de su vista. Que la despedazaran como merecía. Por primera vez El Faraón cambió su sueño y se levantó de su trono. El mismo acabaría con aquella insolente.

Pero entonces, también por vez primera la niña retiró la melena de su rostro y El Faraón pudo ver su cara con claridad, al tiempo que ella sentenciaba:

“Faraón, no vas a despertar de este sueño”.

“¿Qué?” gritó El Faraón intentando en vano acercarse a la niña, quien sabe si para estrangularla… lo que fuese que la eliminase. Creyó reconocerla, creyó…

“Faraón, te ordeno que no despiertes de este sueño”.

En el cuarto de El Faraón, su hombre de confianza y varios asustados soldados vieron como el gobernante dormido se convulsionaba más bruscamente que nunca. Trataron de despertarle, pero esta vez fue en vano y El Faraón, tras retorcerse violentamente sobre su lecho hasta golpearse la cabeza con la madera del cabecero, abrió los ojos de par en par una última vez y quedó inmóvil para siempre.

Quienes le vieron en aquella extraña circunstancia jamás se atrevieron a reconocer que habían visto el pánico y el terror más auténtico en la mirada de aquel dios hecho hombre. No podía ser, dado que El Faraón, no temía a nadie y era obedecido por todos.

Golpes: Semana #28

Comentarios (3)

  • Pablo Amor . 16 julio, 2017 . Responder

    ¡Muy entretenida fábula/parábola! El que no tiene problemas, se los busca.

    • (Autor) David Requena . 23 julio, 2017 . Responder

      Otra forma interesante de verlo. La idea inicial era más bien “todos tenemos debilidades”. Me gusta más tu lectura.

      Gracias por opinar y leer.

  • Sol . 10 agosto, 2017 . Responder

    Como para creernos un mar o parte del cielo y no somos más que esos granos de arena.

 

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