– ¡Vamos, Zahira! ¡Ve a buscar a tu madre!

Con esas palabras y un pequeño empujón la despiden y la bajan del coche. Zahira tarda unos segundos en orientarse pues la plaza a la que debe dirigirse se encuentra a una manzana del punto en que la han soltado. Pero la pequeña de 8 años es lista y ha prestado mucha atención a las explicaciones, así que en apenas en un par de minutos se encuentra frente al imponente hotel en el que Ashraf le ha prometido que encontrará a su madre.

Son las 10:30 de la mañana. Yusuf, vigilante del enorme aunque algo anticuado Hilton, está como loco por salir a fumar un cigarro y no ve el momento de que su compañero inglés, Jenkins, se acerque a cubrirle el puesto unos minutos. El hotel está hoy más a rebosar que de costumbre debido a un congreso mundial de algún tipo de cirujanos muy prestigiosos. Yusuf siempre confunde los nosequé-logos con los nosecuál-logos. Sea como sea hoy en los salones inferiores no queda un sitio libre y todo el personal del Hilton trabaja a un ritmo endiablado.

De pronto Mrs. Martin, la jefa de recepción se acerca a él con signos de evidente nerviosismo. Para Yusuf la hermosa rubia de origen neozelandés siempre ha sido demasiado paliducha para ser su tipo. Pero es que en aquel momento, Mrs. Martin ha perdido cualquier atisbo de color en su delicado rostro.

– Yusuf, ¿Dónde está Herbert? – le pregunta por su jefe, el responsable de seguridad del hotel.

– Ni idea Mrs. Martin, no le he visto desde que entré a trabajar a las 8… Seguro que está con lo de los congresos, ¿Ha probado a llama…?

– Sí Yusuf, ¡Claro que le he llamado a su móvil! Pero no coge. Anda que si no iba a preguntarte a ti.

Yusuf piensa dolido que no parece necesario que Mrs. Martin sea tan ofensiva, pero no la culpa, porque realmente parece desesperada de preocupación.

– Yusuf, anda, trata de localizar a Herbert. Hemos recibido una llamada avisando de que hay una bomba en el hotel y ordenándonos que lo desalojemos de inmediato. Seguramente será otra falsa alarma, pero por si acaso ya han ido a buscar al director… ¡Dios mío, yo ni siquiera estoy segura de cuál es el protocolo!

Yusuf sí conoce el protocolo de memoria, tanto su papel como el de todos sus compañeros. Como responsable de la entrada principal en ese turno, lo único que debe hacer es seguir en su puesto, abrir bien los ojos y la comunicación con el resto del operativo de seguridad y mantener la calma. Todo parece sencillo menos ese último punto.

Justo en ese momento, a unos 250 metros en el otro extremo de la inmensa plaza gobernada por el Hilton, Abdel Karim comprueba lleno de nerviosismo que gracias a sus prismáticos su visibilidad de la entrada principal del hotel es correcta. Está lo suficientemente  lejos como para ver sin ser visto. Recibe un whatsapp que no por menos esperado le deja más tranquilo.

“Rebaño a punto de ser soltado. Comprueba al perro pastor”.

Abdel Karim vuelve a dirigir su atención a la puerta del hotel en busca del perro pastor. Si en 2 o 3 minutos no hay contacto visual todo se complicará. Contiene el aliento y por enésima vez comprueba que el pequeño botón acoplado a su móvil esta ahí, correctamente instalado, a la espera de ser activado.

Zahira se distrae unos instantes viendo a una pareja de jóvenes turistas, cruzando la plaza por delante del hotel cogidos de la mano y con rostros pletóricos de alegría. Ella se gira y le regala a el un beso en los labios que a la pequeña Zahira se le antoja tan llamativo como provocador. No puede evitar fijarse en la ropa tan “cortita” que ella lleva, dejando la mayor parte de sus piernas y brazos al aire. Hoy va a hacer un calor extremo y Zahira envidia a la joven occidental durante un breve instante hasta que recuerda a mamá. En cuanto la vea se lo contará. Mamá prometió que huirían, pero antes hay que encontrarla. No importa el calor, ni lo molesta que pueden ser sus ropajes en comparación con los de la muchacha turista. Si al menos no le hicieran llevar debajo de la ropa ese cinturón tan pesado y tan molesto, que además la hace parecer tan gorda…

Tres minutos después del primer aviso Yusuf comprueba con orgullo como todo el sistema de evacuación del Hilton se ha puesto en marcha como un mecanismo perfectamente sincronizado. Casi le alivia que tantos y tantos simulacros hayan sido útiles cuando de los salones inferiores empiezan a salir riadas de nosecuál-logos en perfecto orden y manteniendo la calma, en parte por la magnífica actuación de sus compañeros y del personal del hotel, en parte porque desconocen el verdadero origen de la evacuación. En otros dos minutos el hall principal de entrada está abarrotado por cerca de un centenar de personas esperando instrucciones para salir del hotel, y otros dos centenares se acercan por los pasillos laterales hacia ese mismo punto. El papel de Yusuf es repetir una y otra vez en varios idiomas “mantengan la calma, todo va bien”, y no perder ojo del exterior del hotel, ni oído de lo que le indican por radio sus responsables. Así llega el momento en que su compañero Jenkins da el visto bueno desde la plaza y Yusuf hace un gesto para que abran las puertas principales y que ordenadamente todos los clientes de los salones de congresos comiencen a salir (los clientes de las habitaciones de las 30 plantas superiores tienen otros protocolos de evacuación por las diversas salidas y escaleras de emergencia del edificio).

A las 10:43 los primeros asistentes al Congreso Mundial de neurología salen a la soleada plaza en fila de a dos (con puntuales momentos de 3 o 4) y con un orden y calma verdaderamente notables. Yusuf, dentro del vestíbulo principal, pero a escasos metros de la puerta vigila la operación, mantiene la forma de las filas y transmite mensajes de calma a los inquietos clientes que buscan la salida, ,muchos de ellos preguntando por qué exactamente están siendo desalojados. Yusuf no puede pararse a responderles ni debe, bastante tensión hay ya, y es en ese momento cuando por el rabillo del ojo, entre tanta gente que va saliendo, cree ver una pequeña figura a contracorriente, abriéndose paso para entrar en lugar de buscando la salida.

En un primer momento Yusuf maldice a su compañero Jenkins, que debía haber visto desde el exterior a aquel pequeño intruso en dirección contraria y haberle impedido la entrada. Pero poco importa el porqué, Yusuf comprueba rápidamente que una niña pequeña, más bien regordeta, cubierta con un hijab se acerca confusa y visiblemente asustada al centro del vestíbulo sin saber si dirigirse a los mostradores de recepción ni cómo esquivar a la masa de gente saliente. Yusuf deja por un momento su puesto junto a las colas de salida y corre a por la niña.

– ¡Pequeña! ¡Niña! ¿Dónde vas? ¡Hay que salir! – la niña tarda unos instantes en localizar a la persona que se dirige a ella en árabe. Un joven ataviado casi como un soldado que parece muy asustado pero que aún así trata de sonreirle.
-Busco a mi madre. Está aquí dentro, en este hotel.

“Perfecto, justo lo que me faltaba”, piensa Yusuf, mientras con una rápida mirada comprueba como sin su presencia las colas de salida empiezan a desordenarse y amontonarse junto a la salida. Alguno de sus jefes no tardará en reñirle duramente por el “pinganillo”.

– De acuerdo pequeña. Si tu mamá está aquí estoy seguro de que va a salir en cualquier momento. Seguramente por esta puerta… ¡Todo el mundo va a tener que salir del hotel un momento! – Yusuf dice estas palabras tratando de sonreír a la pequeña y alargando su brazo para atraerla hacia sí. La niña entonces se echa bruscamente hacia atrás.
– Señor, quiero entrar a buscar a mi madre…
– De acuerdo, ¿cómo te llamas?
– Me llamo Zahira y mi madre Fátima. Está en este hotel, por ahí dentro…
Muy bien Zahira, quédate aquí a mi lado mientras esperamos a tu mamá. Estoy seguro que en seguida la verás pasar – dice Yusuf y a la vez consigue que Zahira se acerque algo más a él – Zahira, tú ve mirando a toda la gente que sale y cuando veas a tu mamá me lo dices y la paramos para que salga contigo, ¿Vale?

Sin dejar de vigilar las filas, Yusuf comprueba satisfecho como la niña asiente con la cabeza. Apenas le llama la atención que la pequeña no para de rascarse la cintura y la espalda. “¿Te ha picado una araña?” le dice sin mirarla, pero la niña no llega a contestar, absorta como está en vigilar que su madre no salga de aquel hotel sin ella y tratando de aflojar el molesto cinturón cuyos torpes remaches y cables se le clavan en la piel.

Son las 10:45 cuando Abdel Karim ya no aguanta más la tensión. La niña hace ya más de dos minutos que ha entrado en el hotel y no ha vuelto a salir. Sin embargo hace otro tanto que no han parado de salir infieles, y los primeros ya han empezado a ser ordenados en la plaza por un empleado de seguridad del hotel, a una distancia segura de la puerta principal. Superando sus nervios, Abdel Karim envió a las 10:43 el mensaje “entra perro pastor”, y justo ahora recibe la respuesta esperada.

“HAZLO LADRAR”

Abdel Karim vuelve a revisar el botón junto a su móvil. Sigue ahí. Hay que pulsarlo. La niña está rodeada de docenas, quizá cientos de infieles. Es el momento.

Por un instante recuerda que la bomba andante es una niña de apenas 8 años, de la que ni siquiera sabe su nombre. Su líder, Mohammed, solo le explicó que la pequeña creía que iba a encontrarse con su madre dentro del hotel, aunque desconocía que, en realidad, su madre había muerto hacía 3 días en el atentado de Islamabad, a miles de kilómetros de allí. Huérfana de padre desde hacía varios años y ya sin hermanos (al menos que se supiese), Mohamed defendía que a la niña se le estaba haciendo un favor dándole una misión digna de hacerla entrar en el Paraíso.

Pero, ¿qué placeres encontraría en apenas unos segundos una niña tan pequeña en el Paraíso si ni siquiera es consciente de su misión?. A Abdel Karim le resulta extraño, pues no encaja con lo aprendido tras años de estudio.

Poco importa todo eso ahora que está en aquella plaza, tiene el dispositivo en su mano, cuenta con la orden y con no más de dos minutos para poder llegar al vehículo de fuga a tiempo. Una última mirada a la puerta del hotel, otra al botón, a su dedo pulgar y a este presionándolo.

En el interior del vestíbulo, Yusuf trata de mantener el control entre la masa de clientes que tratan de abandonar el lugar y al mismo tiempo de no perder contacto con la pequeña Zahira que sigue estirando el cuello todo lo que puede y mirando todas las caras en busca de una mujer.

– Zahira, ¿tu mamá lleva hijab como tú? Aquí en el hotel no hay casi mujeres que lo lleven…
– No sé… ¡Hace mucho que no la veo!
¿Cómo? – Yusuf no se considera muy inteligente, pero aquello le resulta extraño, pues en todo momento ha pensado que Zahira era hija de alguna clienta del hotel o asistente al congreso, pero no tiene sentido que haga “mucho que no la ve”. La prudencia le apremia a avisar por radio a sus compañeros – Mr. Herbert, aquí Yusuf desde el punto de salida A, tengo a una niña pequeña extraviada. Mrs. Martin, alguien de recepción que venga a buscarla para no abandonar yo mi posición.

Abdel Karim corre por la plaza en dirección al hotel, sabiendo que serán sus últimos pasos, que el plan de fuga ya no existe para él. El cinturón no ha explotado, aunque el comprobó un millar de veces el dispositivo. Sin duda Ashraf, ese estúpido incapaz, instaló mal el cableado del cinturón, o a lo mejor la niña pudo soltárselo (aunque no parece probable, pues ella desconoce que se trata de una colección de explosivos capaz de volar la planta baja de aquel hotel y enviar a toda aquella gente al infierno; sólo le dijeron que debía llevarlo puesto, porque llevándolo su madre la reconocería mejor después de varios meses sin verla). Sin embargo aún queda una opción de lograr el éxito, y depende de que Abdel llegue hasta la niña y active la detonación manualmente pulsando un activador de emergencia en su espalda.

Pero Abdel Karim dista mucho de ser otra niña pequeña indefensa y poco amenazante y en el momento en que se encuentra a menos de una treintena de metros de las acristaladas puertas principales del Hilton, su desesperada carrera ya ha despertado la alarma entre los numerosos turistas que se encuentran desalojados en el exterior. El terrorista no se detiene, empuja a quien hace falta y continúa su carrera, penetrando en el hotel entre los gritos de la gente. Unos segundos de confusión, pero rápidamente localiza a la niña, de pie y de espaldas a la puerta principal, apenas a 15 metros de él. Le dará tiempo a llegar. Sólo cuatro o cinco zancadas más…

Yusuf y su rabillo del ojo vuelven a ser protagonistas en este momento, pues de nuevo algo trata de ir contracorriente. Y esta vez es un “algo” muy grande. Se gira solo para recibir un fuerte empujón que le desestabiliza y le tira al suelo de espaldas. Aunque reacciona de forma inmediata, antes de poder levantarse y comprobar cuál puede ser el objetivo del atacante, este ya ha llegado hasta Zahira y la ha agarrado por detrás.

Yusuf se pone de pie lo más rápido que puede sin perder de vista a Zahira que comienza a gritar cuando es consciente de ser agarrada fuertemente. ¿Qué demonios trata de hacer aquel tipo? ¿Tocar a la niña de forma impúdica o…?

De pronto Yusuf relaciona de forma instantánea ideas inconexas, como el aviso de bomba que le angustia desde hace varios minutos, la aparición de aquella niña gordita y ahora de este chiflado. La amenaza está ahí, aunque aún no sabe en qué consiste.

– ¡Quieto ahí! – grita de forma mecánica – ¡Atrás! ¡Suelte a la niña!
– ¡Alá es grande, muerte a los infieles! – le responde aquel tipo gritando en inglés con todas sus fuerzas mientras golpea con su puño la espalda de Zahira.

De pronto el caos se apodera de aquella sala, se produce una tremenda avalancha de personas que tratan desesperadas de superar las puertas de cristal del hotel y al mismo tiempo de alejarse lo más posible del desvelado terrorista. Yusuf salta hacia Zahira y mientras lo hace comprueba horrorizado que la gente le empuja en sentido contrario, pero ve como ella aprovecha el barullo y el golpe recibido en la espalda y logra zafarse por un instante de su agresor, que queda durante no más de un segundo solo y de pie en medio de aquella marabunta de gente enloquecida. Y efectivamente no dura ni un segundo aquella situación pues pasado ese instante fugaz e infinito a un mismo tiempo, la cabeza de Abdel Karim explota en sangre y este, en un último destello de consciencia, se maldice por no haber sido capaz de encontrar el maldito detonador manual… por no lograr su misión y quedarse sin acceso al Paraíso.

Zahira está salpicada de sangre pero indemne cuando Yusuf llega hasta ella y la abraza para protegerla. A su lado acaba de desplomarse el cadáver del agresor y al fondo, junto a la puerta principal, el bueno de Jenkins sostiene su pistola humeante y salvadora. Está claro que al inglés, la pequeña Zahira se le había pasado por alto, pero por suerte no la espectacular entrada de Abdul Karim.
Yusuf termina de atar cabos cuando al abrazar a la niña palpa en su cintura los explosivos que casi revientan a cientos de personas. Horas después, cuando relate por enésima vez lo sucedido, será consciente del peligro que corrió cuando se mantuvo abrazado a esa involuntaria bomba con piernas, asegurándole que muy pronto la llevaría con su mamá y tratando de calmar su inconsolable llanto. Los artificieros que desactivaron los explosivos aclararán más tarde a Mr. Herbert que uno de los cables estaba suelto y ello había impedido la activación. Yusuf estará entonces convencido de que Zahira logró soltarlos al tratar de eliminar aquel molesto arnés que incomprensiblemente su madre tenía que reconocer, en lugar de reconocerla a ella, a su querida Zahira.

Golpes: Semana #23
Tags: #ficción

Comentarios (4)

  • fisherwoman . 15 junio, 2017 . Responder

    ¡Bravo! Triste historia con final feliz y tensión hasta la última línea

    • (Autor) David Requena . 16 junio, 2017 . Responder

      ¡Gracias por leer! Me alegro que te gustase.

  • Sol . 21 junio, 2017 . Responder

    Vaya, qué pocas veces nos ponemos en el otro lado en estas historias, amarga bonita historia, gracias.

    • (Autor) David Requena . 25 junio, 2017 . Responder

      He intentado verlo desde varios frentes, los verdugos, los defensores y las víctimas inocentes, pero no hay forma (ni siquiera ganas) de ser imparcial. Gracias por leer.

 

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